Capítulo seis — Vermut de domingo #2
—Las puntuaciones se escriben detrás de la carta de vinos —dijo—. Las lleva Marisa, que tiene mejor letra. Los criterios son míos. Y no se admiten reclamaciones, salvo que sean en verso.
—¿En verso?
—Todo lo que se reclama en verso se atiende —dijo Beni—. Es una regla que inventé yo en los sesenta y que nunca ha tenido que usarse. Nadie reclama en verso. La gente ya no se esfuerza.
—¿Y si la escena es mala?
—Si la escena es mala no se puntúa —dijo—. Se lamenta. Hay una diferencia, y es toda la diferencia que hay entre un jurado y un verdugo.
El domingo, La Media Naranja montó el vermut más concurrido que le recuerdo.
Irene había convocado «vermut de compromiso» sin consultar a nadie, que es su forma de gobernar, y el bar respondió como responde siempre: con más gente de la que cabe.
Las mesas de fuera estaban llenas, el sol de octubre daba de lado y de derecho, y la sala olía a aceituna, a limón y a tarde buena que se acaba.
Eran las tres de la tarde y ya estábamos todos.
Irene y Daniel en la mesa grande, él con una carpeta que me daba escalofríos por costumbre; Lucía y Álvaro en la de al lado, ella con las cuentas del domingo entre sorbo y sorbo y él con la libreta que le quitaron tres veces antes de las cuatro; Beni, Paco y Marisa en la ventana, con las cartulinas del jurado al alcance de la mano, sobre la mesa, como se dejan las gafas de sol: sin intención aparente y con toda la intención del mundo.
Blanca estaba a mi lado, y yo estaba descubriendo que aquello era lo más difícil que había hecho en semanas: estar a su lado en público, sin ensayo, con todo el barrio mirando.
—Sonría —me dijo ella, muy bajito, sirviéndome el vermut—. No la sonrisa de cláusula. La de domingo.
—¿Cuál es la de domingo?
—La que no sale en los contratos —dijo—. Esas salen solas.
Llevaba puesto un jersey color mostaza que yo no le conocía —nueve días de noviazgo documental me habían dado un catálogo limitado de su armario— y le sentaba de esa manera injusta en que le sientan las cosas a la gente que nunca parece haberse mirado al espejo.
Se lo iba a decir. Lo descarté tres veces.
En la cuarta me salió solo, que es lo que les pasa a las frases descartadas:
—Ese jersey es nuevo.
—¿Notable? —dijo ella, mirándose los hombros.
—No. Es que… le sienta bien.
—Gracias —dijo, y sonrió de la otra manera, la de los bordes—. Era de mi madre. De los ochenta. Se lo quedó todo bien, mi madre, menos la cadera.
Y así, con dos frases de jersey, el ensayo se deshizo: ya no estábamos actuando, estábamos hablando, que en mi experiencia es la manera más difícil de mentir.
Me preguntó por Marta, y le conté la reunión entera, incluido el consejo final, y ella escuchó con la cara que pone para los relatos largos, la de saber ya el final y querer oír cómo lo cuentas; yo le cogí la aceituna del palillo que se le había caído al plato sin pensarlo, y ella me acercó la servilleta antes de que lo necesitara, y cuando terminé el cuento ella dijo «esa mujer juega limpio, me cae bien» y me dio un sorbo de su vermut sin ofrecérselo, que es el gesto más doméstico que existe.
Debajo de la mesa, sin que el jurado lo viera, su rodilla había quedado contra la mía durante el cuento entero.
No la aparté. Tampoco la apartó ella, que era el dato que importaba, y el dato que decidí no anotar en ninguna libreta, secreta o no, porque hay cantidades que se apuntan con el cuerpo o no se apuntan.
Desde la ventana, tres cartulinas se alzaron a la vez.
—Siete —dijo Paco.
—Ocho —dijo Marisa.
—Seis y medio —dijo Beni—. El sorbo compartido estaba bien, pero el aceitunero ha sido puro instinto, que el instinto no se puntúa: se da por supuesto. Sigan.
—¿Qué son esas cartulinas? —le preguntó Daniel a Irene, señalando la ventana.
—El jurado —dijo Irene, con la naturalidad de las cosas aceptadas—. Beni puntúa las escenas de los dos, con criterio literario. Es el sistema de Beni: puntuar. No hay apuestas, que Beni dice que las apuestas son para los que no saben puntuar.
—Hay registro —dijo Marisa, levantando un dedo—. Yo lo llevo. —Y sacó de detrás de la barra la carta de vinos, que tenía la contraportada llena de números pequeños y ordenados, con fechas y rúbricas de cada uno—. Se anota todo aquí atrás. El día que nos pidan la carta, lo llevamos con calma.
—¿La carta de vinos es el acta? —pregunté.
—Es el mejor sitio —dijo Beni—. Nadie lee la contraportada de la carta de vinos. Los secretos mejor guardados de España están en las contraportadas.
—¿Dónde está la tabla? —preguntó Daniel, levantándose con su carpeta—. He hecho una tabla de riesgos del matrimonio de convenio. Tres columnas: probabilidad, impacto, mitigación. ¿La queréis ver?
—No —dijo Irene, Lucía, Blanca y yo, a la vez, por lo cual el bar se rio.
—Trae, trae —dijo Álvaro, que había perdido su libreta por cuarta vez—. Es material.
—Tú no tienes material —le dijo Lucía, guardándosela—. Tú tienes un contrato con una editorial y un plazo. El material eres tú.
Se lió la guerra de sexos del vermut, que es un clásico del local: los hombres, por boca de Daniel y con asistencia técnica de Álvaro, sostuvieron que el matrimonio de convenio tiene en el cine una tasa de éxito del cien por cien, muestra estadística enorme; las mujeres, por boca de Irene y con asistencia de Lucía, sostuvieron que el cine es un sitio donde nadie friega, y que por tanto su estadística no es extrapolable a la vida, que es un sitio donde se friega mucho.
—¡Punto! —gritó Marisa desde la ventana, como juez de línea.
—No ha sido punto —protestó Daniel—. Ha sido una generalización.
—Ha sido un punto con falda —dictaminó Marisa, y la discusión quedó archivada, que es donde discuten las cosas que Marisa dictamina.
Felipe llegó a las cinco, como siempre tarde y como siempre declarando que él no vendía ni en lingotes, y la mesa le hizo hueco con la obediencia alegre de las mesas que quieren a su gente.
Traía noticias del estanco, que en un barrio son las noticias: que Concha había preguntado por un tasador; que Genaro había llamado a su hijo de Alicante dos veces en una semana, que era récord; que su cuñado del banco decía que la oferta de Fika era «de manual, de las que no vuelven».
Las noticias del estanco bajaban por la mesa como el vino, de mano en mano, y yo las escuchaba haciendo cuentas: amarillo, amarillo, amarillo, con un solo rojo y un «esperar» que yo sabía que costaba dinero.
—A ver —dijo Felipe, clavando la aceituna en el palillo como se clava un banderín—. Los de la cadena, ¿son mala gente?
—No —dije yo, y lo dije sin pensarlo, y lo pensé después: no eran mala gente. Eran gente con un calendario.
—Entonces qué coño quieren mi calle —dijo Felipe—, que no es mala, ni grande, ni tiene nada que no tengan otras.
—Quieren que sea suya —dijo Beni desde la ventana, sin levantar la vista del libro—. Es lo que siempre quieren los que quieren una cosa: que sea suya. Llevo setenta y un años viéndolo.
—¿Y eso qué se le contesta?
—Eso no se contesta, Felipe —dijo Beni—. Eso se aguanta. Se aguanta, se trabaja y se le echa gente alrededor, que es lo único que funciona desde siempre.
Hizo una pausa, miró las cartulinas que tenía al alcance de la mano, y las miró a ella y a mí con cara de puntuación guardada para más adelante.
—Hoy no puntúo más —dijo—. Hoy hay cosas que no se puntúan.