Casados por el bar (Las del bar 3) Capítulo seis — Vermut de domingo
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Capítulo seis — Vermut de domingo

La oficina de Fika ocupaba la quinta planta de un edificio de la calle de la Princesa, uno de esos inmuebles que huelen a madera nueva y a obligaciones trimestrales.

Marta Rovira me recibió en persona en la recepción, cosa inusual: las directoras de expansión reciben al abogado contrario en sus despachos, no en la puerta.

Ella lo hizo como se hacen las cosas en los sitios donde la gente trata a la gente bien por estrategia y por costumbre, y no siempre en ese orden.

—Mendieta —dijo, estrechándome la mano con firma entera—. Me alegro de que haya venido. Quería mirarle a los ojos antes de que empecemos a mirarnos los papeles.

El despacho era ordenado sin ser frío: dos pantallas, una planta de la calle del Pez enmarcada en la pared —mi calle, puesta en marco, con sus siete locales marcados con chinchetas de colores— y, en la estantería, detrás de las carpetas, una hilera de tazas de porcelana gorda con el logotipo de la cadena en versión minimalista.

Me ofreció café. Dije que sí sin pensarlo, que en mi oficio nunca se rechaza el café del adversario: es información.

—Voy a ser directa —dijo, sirviéndolo ella misma, de una jarra—.

Quiero su calle. No me voy a hacer la interesante con eso: la quiero, la he pedido y pienso conseguirla si puedo.

Pero le he pedido la reunión para otra cosa: para que me diga usted, de abogado a directora, qué está pasando ahí dentro, porque esta semana he dejado de entender los ritmos de la operación, y los ritmos son lo único que entiendo bien.

—¿Los ritmos? —dije.

—Los ritmos —repitió—. Una operación de agregación tiene un sonido.

Primero llegan las cartas, que es un zumbido.

Luego las llamas dudosas, que es un tamborileo.

Luego las visitas de abogados, que es un redoble.

Y después los silencios largos de quien ya está contando el dinero.

En su calle hubo un redoble, Mendieta, el de usted, y en vez de silencio largo hay ahora un redoble nuevo: una boda.

Yo trabajo con plazos, no con bodas. Las bodas me desajustan el calendario.

No dije nada. Bebí café, que estaba bueno, y dejé que el silencio trabajara por mí, que es la primera lección del oficio.

—Quiero que conste una cosa —continuó, y entonces hizo algo que ningún adversario me había hecho jamás en una primera reunión: giró el portátil hacia mí y me enseñó fotos—. Esta es mi calle. Bueno, mi calle de antes. Mira.

Eran fotos de un barrio cualquiera de Madrid, de los de antes: la frutería con las cajas de madera en la acera, la mercería con el hilo en bobinas, una barbería con el poste giratorio.

Y una foto de una niña con trenzas delante de una tienda de ultramarinos, apuntando con orgullo a un letrero escrito a mano.

—Mis padres tenían esa tienda —dijo—. Ultramarinos de toda la vida, los dos detrás del mostrador desde antes de que yo naciera.

Cuando cerró, no vino nadie. Ni una cadena, ni un banco, ni un fondo de inversión con apellido nórdico: nadie quería aquel local por nada.

Mi madre se jubiló con un sobre y una depresión, y el local sigue cerrado veinte años después, con la persiana oxidada. Mira la fecha de esta foto.

La vi. Veintitantos años atrás.

—Yo no vengo a arruinar barrios —dijo Marta Rovira, cerrando el portátil con suavidad—.

Vengo a ofrecerles a caseras cansadas y a dueños sin relevo una salida con dinero delante y con contrato serio.

Y le voy a decir otra cosa que no dice nadie de mi lado: cuando un barrio de verdad no quiere, mi cadena no gana nada metiéndose donde no la llaman.

Un local odiado desde el primer día es un local que se paga dos veces. Lo sé porque lo he visto.

—Entonces ¿por qué el plazo? —pregunté—. El treinta de noviembre no es un plazo, es una presión.

Me miró con una media sonrisa de profesional a profesional.

—Porque tengo un calendario de consejo que no escribí yo —dijo—. Y porque el treinta de noviembre se lo han ganado: la oferta es buena y no se aguanta eterna. Pero le diré lo que le diría a cualquiera: si hay motivos serios para retrasar, dígamelos y los estudiaré. No prometo nada. Estudio.

—Si hay motivos serios —dije—, entonces los conocerá cuando los presentemos, conforme al procedimiento.

—Conforme al procedimiento —repitió, y soltó una risa corta—.

Anda. Habla usted como los de los papeles.

Pues conforme al procedimiento, Mendieta, y una cosa más, de directora a abogado, fuera de acta: si eso del bar es un negocio familiar de verdad, se notará.

Se notará en el expediente, se notará en la audiencia, se notará en la cara de la gente cuando pregunten.

Y si no lo es… también se notará. Yo no hago trampas ni las denuncio por deporte.

Pero mi trabajo es saber distinguir, y distingo.

Ahí estaba. No era una amenaza; era algo peor para mí, porque era una predicción profesional hecha por alguien competente.

«Se notará en la audiencia.» Anoté mentalmente la palabra audiencia.

No supe entonces por qué me quedó dando vueltas; solo supe que las palabras que se quedan dando vueltas en una primera reunión suelen ser las que importan.

—Le agradezco la franqueza —dije.

—Le agradezco el café bebido sin preguntar de dónde viene —dijo ella—. La mitad de los abogados contrarios lo dejan enfriar por principio. Los que se lo beben son los que luego negocian bien.

Negociamos cuarenta minutos más, que en realidad fueron cuarenta minutos de sondear sin mover ficha ninguna: ella quiso saber si la asociación iba a presentar alegaciones formales; yo quise saber cuántos locales tenía ya encaminados; ninguno de los dos contestó del todo, y los dos salimos sabiendo lo que veníamos a saber, que en mi oficio se considera una reunión de éxito.

Antes de levantarnos, Marta señaló la planta enmarcada de la pared.

—¿Ve las chinchetas? —dijo—. Azul, encaminado.

Rojo, reacio. Amarillo, dudando. Su calle es mi tablero de la temporada, Mendieta, y la tengo entera en amarillo salvo una en rojo: el estanco, que ese no vende ni en lingotes.

Su bar, en cambio, figura en amarillo con una anotación mía: «esperar» ¿Sabe lo que cuesta un «esperar» en mi tablero?

Es la casilla que más dinero me cuesta de todas.

—El amarillo dura hasta el treinta de noviembre —dije.

—El amarillo dura hasta que yo diga —dijo ella, sin aspereza—.

Y aun así, le voy a decir la verdad: este año hay calendario de consejo, y el calendario de consejo no tiene casilla «esperar».

Lo tiene «cerrar». Por eso mi plazo no es una crueldad: es mi calendario.

El suyo, ¿cuál es? ¿El expediente municipal?

¿La boda? Dígame cuál es su calendario y le diré cuál es mi margen.

—Mi calendario es el procedimiento —dije—. Y el procedimiento no se negocia en despachos: se tramita en plazos.

Se reclinó en la silla y me miró con el respeto específico que se concede a los obstáculos bien puestos.

—Usted sí que sabe —dijo—. Lástima que estemos en tableros distintos.

—Si estuviéramos en el mismo, señora Rovira, entonces usted no necesitaría distinguir tanto —dije—. Y a usted le gusta distinguir.

Se rio de verdad, una risa de directora que no usa mucho.

—Tocado —dijo—. Me gusta distinguir. Y le advierto que distingo usted, Mendieta, que no es lo mismo que distinguir su caso: usted habla en condicional hasta para pedir sal, y sin embargo el lunes pasado firmó un matrimonio con condiciones que ya han llegado a mi tablero por tres vías distintas, todas de boca de su propia calle, en versión resumida y decorada.

Se lo digo como entre profesionales: en esta operación, el papel más difícil de mantener cerrado no es el expediente. Es la calle.

No supe qué contestar, que me pasa pocas veces por temporada. Se lo agradecí con la cabeza, que era lo único disponible.

En la puerta, Marta me dio la mano otra vez.

—Un consejo que no me ha pedido —dijo—. Si esa boda es de verdad, felicidades sinceras. Y si no lo es… cuídela bien, que estas cosas, cuando salen mal, salen mal en el papel, y el papel siempre queda.

Bajé a la calle con la sensación rara de haber perdido una partida que nadie había jugado. Porque era cierto lo del papel: el papel siempre queda, y yo tenía uno firmado el lunes que empezaba a parecerme, en los detalles, menos protector que exhibicionista.

El sábado lo pasé en el despacho, porque los sábados son los días en que el trabajo por fin habla bajito y uno puede oírlo.

Preparé la solicitud formal de acogimiento a la figura de negocio familiar en funcionamiento: la práctica de la sociedad, los certificados de empadronamiento de las titulares, el certificado de matrimonio…

el certificado, en su caso, que todavía no existía, la memoria del negocio, el calendario.

Fui apilando papeles con la mano izquierda mientras con la derecha, en la libreta secreta, apuntaba lo que Marta me había dicho y no quería olvidar: «amarillo = esperar.

El amarillo dura hasta que ella diga. El calendario de consejo dice cerrar.

» Debajo escribí, y me costó escribirlo: «La calle habla.

La calle habla mucho.» Los expedientes dependen de papeles; los papeles dependen de bocas; y las bocas, en la calle del Pez, eran muchas, amables y libres.

Anoté también, en letra más pequeña: «¿Quién contó lo de la boda?

» Y lo dejé en interrogante, porque el interrogante, en mi oficio, es la forma que tiene la duda de pedir cita.

El domingo llegué al bar antes de la hora, con la excusa de ayudar a montar las mesas, que es una excusa que no le colaba ni al gato de la calle.

Blanca me puso a colocar sillas, que la mano de obra disponible no se desperdicia, y Beni, desde la ventana, donde ya estaba instalado con su libro, me miró trabajar y me informó de las reglas: