Capítulo siete — Firmar aquí #2
Celebramos en el bar, porque el bar era la casa donde cabían las cosas.
Irene había montado la mesa grande con el mantel bordado de Concha y había colgado, con cinta adhesiva y sin permiso de la licencia de actividad, un cartel de tiza en la pizarra de la entrada: HOY SE CELEbrA, QUE LO DEMÁS YA SE ARREGLARÁ.
Comida de mediodía para los de siempre: los tres de la ventana, Felipe con su «yo no vendo ni en lingotes» de bienvenida, Concha que vino con el mantel bordado «para la mesa de los novios» y se fue sin decir el precio de nada, y doña Pilar, que bajó del ático con una botella de cava de las de antes y un brindis escrito en una servilleta.
El brindis de doña Pilar fue el mejor de la comida, antes de que nadie lo supiera. Leyó la servilleta con la voz un poco alta, como se lee en los áticos:
—«Que este bar sobreviva a todo, como ha sobrevivido ya a todo. Y que vosotros dos —y aquí me miró por encima de la servilleta— sepáis siempre qué es lo que estáis firmando.»
La mesa aplaudió el final; yo aplaudí la mitad. Esas frases de doña Pilar tenían la costumbre de quedarse flotando sobre las comidas, como las moscas de octubre, y aquella se quedó flotando sobre la mía entera.
Brindó ella primera. Luego Irene, que había preparado el suyo con notas. Y entonces llegó el turno de Daniel, que se puso de pie con la copa y cara de frase técnica definitiva.
—Por Hugo y Blanca —empezó—. Que han demostrado que un contrato bien redactado puede con todo, incluso con…
—y aquí hizo una pausa dramática, miró a Irene, e ignoró la señal de socorro evidente— …
incluso con la cláusula séptima, que estadísticamente es la cláusula más incumplida de la historia del género, y que hoy, a efectos de este brindis…
No llegó a terminar. Irene le tapó la boca con la mano; Lucía le quitó la copa; yo le puse delante un pincho, y Hugo, muy serio, dijo «procedente pero improcedente», que fue la frase más de abogado que se ha dicho jamás en un brindis.
El bar entero se rio, Daniel se sentó vencido y feliz, y yo pensé que aquel absurdo colectivo era lo más parecido a una familia que había visto nunca en una mesa de restaurante.
Hacia las cinco, con la comida ya en su hora dulce, doña Pilar se llevó las manos a la boca y gritó, como se grita en las bodas desde hace mil años:
—¡Que se besen! ¡Que se besen!
La mesa entera se sumó. Los de la ventana, los del fondo, Felipe, Concha, hasta Daniel por la pantalla del móvil, que nadie sabe cómo seguía allí.
Hugo me miró. Yo miré a Hugo. Y había un protocolo para aquello, claro: dos segundos, un gesto teatral, risa, fin.
Pero lo que hicimos fue lo otro, lo que no estaba en el diagrama de flujo: se acercó despacio, sin teatro, me puso la mano en la mejilla con la precisión de quien maneja documentos antiguos, y me besó delante de todo el barrio.
Duró lo justo. El barrio entero aplaudió, Beni levantó una cartulina que decía nueve, y doña Pilar se sonó las narices con la servilleta del brindis.
Cuando nos separamos, Hugo tenía las orejas rojas, y yo tenía, lo supe de inmediato y lo cuento aquí con exactitud de inventario, el corazón en una cláusula que no existía.
—Nueve —dijo Beni, alzando la cartulina—. El nueve es el techo de las escenas. El diez no se da. Casi nunca.
—¿Y si mejoran? —preguntó Hugo, recuperando el oficio como se pone uno el abrigo.
—Entonces el sistema falla —dijo Beni—. Que para eso lo inventé yo.
La comida siguió su curso de comidas de boda de barrio, que es el mejor curso que conocen las comidas: el cava de doña Pilar bajó, las anécdotas subieron, y en un momento dado Irene contó la de la fiesta de la reforma, la noche de septiembre, y todos bebieron por la reforma y por el tío Ramón, que no estaba pero que Beni aseguró que «habría aprobado la boda con dos estrellas, que era su nota máxima para todo».
Hugo escuchaba con la atención de quien llega tarde a una historia que le pertenece, y yo vi el momento exacto en que dejó de escuchar con atención y empezó a escuchar con otra cosa.
Fue Marisa quien plantó la semilla, al recoger, mirando a Irene y a Daniel cogidos de la mano frente a las copas vacías:
—Y vosotros, ¿para cuándo? Que lleváis más tiempo que ellos y todavía no habéis tenido la excusa de salvar un bar.
—Nosotros no necesitamos excusa —empezó Daniel, en modo proyecto.
—Nosotros vamos a nuestro ritmo —dijo Irene, pisándole el pie con una precisión que solo las parejas antiguas dominan—. Que para algo hice una vez unas bodas de práctica. Ya llegará. Con fecha y con diagrama.
—¿«Ya llegará»? —dijo Paco, desde la ventana, alzando las cejas con el entusiasmo de los casados veteranos ante la materia—.
Cuarenta y dos años, chica. Cuarenta y dos años llevo yo oyendo «ya llegará» en bodas ajenas, y te digo una cosa: llega.
Siempre llega. Lo que pasa es que llega con la cara que quiere él, no la del diagrama.
—Todo llega con la cara que quiere él —dijo Marisa—. Hasta los nietos. Mira el caso: pedisteis tiempo, y os han dado tiempo; ahora el tiempo os va a pedir a vosotros, y veréis qué prisa.
Irene hizo el gesto de barrer el tema de la mesa, pero lo hizo despacio, y la miró Daniel de una manera que a mí, que llevo años catalogando miradas ajenas por oficio y por costumbre, no se me escapó: era la mirada de los proyectos que llevan mucho tiempo en fase de estudio.
Lo apunté donde apunto todo, en la libreta de las cosas que las amigas guardan para el día que haga falta.
Lucía y Álvaro bailaron una después, con la radio de la barra puesta en la emisora de las tardes, una de esas canciones que los bares ponen sin elegir.
Álvaro la llevaba con torpeza de escritor —que es la torpeza de la gente que mira demasiado sus propios pies— y, a mitad del pasillo entre las mesas, dijo, para Lucía pero en voz alta:
—Esto no me lo invento. Llevo meses queriendo escribir una escena así y no me sale. Y está pasando aquí, gratis, sin permiso.
—Escribe las cuentas —dijo Lucía, con la cara contra su hombro—. Las cuentas también son literatura. Mira las mías: llevan diez años siendo un best seller del agujero.
Yo los miré desde la barra, donde recogía copas para no pensar, y pensé igualmente: esa era la escena que no se podía redactar, dos personas que se aguantan el uno al otro en medio de un pasillo estrecho, y ninguna cláusula del mundo la cubre.
El sábado por la mañana, Hugo se mudó.
Llegó a las diez en punto, con un taxi, dos maletas que parecían haber sido medidas con regla para caber exactamente en el hueco de la escalera, y una caja de cartón que pesaba lo que pesan los libros cuando se ha estudiado de verdad.
Yo bajé a ayudarle; me quitó la caja de las manos con una cortesía que me impedía discutir; y subimos.
En el rellano se detuvo con las maletas en la mano y miró el número de la puerta un momento más de lo necesario, y comprendí —o creí comprender— que estaba haciendo lo que yo hice la noche anterior frente al espejo: tomarle la medida a la decisión.
No le dije nada. Hay ceremonias que solo se pueden hacer a solas, aunque haya testigos.