Casados por el bar (Las del bar 3) Capítulo cuatro — Cláusula séptima #2
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Capítulo cuatro — Cláusula séptima #2

—Me gustan los formularios —dijo, sin levantar la vista—. Y la letra pequeña. Usted ya lo sabe: soy un imán.

—Eso era yo —dije.

—Lo sé —dijo—. Me gustó la frase.

En la cláusula sexta se detuvo más. La leyó dos veces, subrayó «residencia compartida» y escribió: «Entonces su traslado a mi casa, que tiene segunda habitación, es una obligación contractual y no una cortesía.

Conviene que quede claro para los dos.» Me lo tendió sin ninguna teatralidad, como quien pasa la sal.

—¿Está segura? —pregunté—. La convivencia es la parte más… invasiva.

—Si la convivencia no es real, entonces esto no es verosímil —dijo, devolviéndome mi construcción con la misma naturalidad con la que me sirve el café—.

Y si no es verosímil, no vale el papel. Mi casa tiene segunda habitación, despensa grande y un bar debajo, que es lo único que usted necesita para vivir.

Está decidido por la cláusula, señor Mendieta. Yo solo obedezco.

En la séptima no escribió nada. La leyó, y juraría que sonrió, y al margen puso solo una línea: «Se ruega definir 'enamorarse' a efectos del presente acuerdo.»

—Es una broma —dije yo.

—Ya —dijo ella—. Por eso le pido la definición. Las bromas sin definir son las que más pleitos dan.

—Se la puedo dar —dije—. Desviación afectiva no contemplada en el objeto del acuerdo.

—Esa definición es un círculo —dijo—. Define «enamorarse» como «enamorarse». La dejo, pero que conste mi voto particular en contra.

—¿Por qué en contra? —preguntó Lucía, desde su rincón.

—Porque es la única cláusula del documento que regula algo que no se puede regular —dijo Blanca, y lo dijo tan bajo y tan de pasada que casi se me escapa—. Lo demás es dinero y horarios. Esto es otra materia. Pero firma igual, tranquilos. Yo firmo hasta las bromas.

La octava la leyó sin anotar nada, y fue la única que leyó tres veces. No dijo por qué, y yo no pregunté, porque las cláusulas octavas no se comentan: se firman.

Firmamos. Primero ella, con su bolígrafo bueno; luego yo; luego Lucía como testigo, con una solemnidad exagerada y una foto de la firma para «el archivo», que supe que acabaría en el grupo de las tres con algún comentario que prefería no conocer.

Y entonces hice la cosa. Saqué la última hoja, la que había añadido por la mañana después de la visita de Sergio, aunque entonces la atribuí a la costumbre profesional: el anexo con el calendario de disolución de mutuo acuerdo, fechas orientativas, trámites enumerados, todo ordenado para que, cuando el expediente terminara, aquello se cerrara como se cierran los expedientes.

—Un anexo —dije, tendiéndolo—. Costumbre del oficio. Si todo sale bien, entonces esto se cierra limpio.

Blanca lo leyó. Noté —o creí notar, o reconstruí después— que el bolígrafo se le quedó quieto medio segundo sobre la firma, y le busqué una explicación banal, que es lo que se hace con los silencios ajenos: pensé que sopesaba el bolígrafo, que le gustaban los buenos.

Firmó. Me tendió mi copia. Lucía guardó la suya en la carpeta azul de las cosas graves, y al verla entrar allí dentro entendí, un segundo tarde, en qué carpeta acababa de dormir mi matrimonio.

El extracto que quedó sobre la mesa, y que Lucía fotografió también, decía así:

«…Cláusula sexta: las partes mantendrán una convivencia verosímil durante la vigencia del presente acuerdo, con residencia compartida y conocimiento mutuo suficiente de la vida cotidiana…

Cláusula séptima: ninguna de las partes se enamorará de la otra, entendiéndose por tal cualquier desviación afectiva no contemplada en el objeto del acuerdo…

Cláusula octava: el presente acuerdo no constituye promesa afectiva alguna, ni genera obligación distinta de las aquí enumeradas…

Anexo primero: resuelto el objeto, las partes tramitarán la disolución de mutuo acuerdo conforme al calendario que se adjunta… »

—Me gusta la octava —dijo Blanca, doblando su copia—. Es la más corta.

—Es la más importante —dije.

—Eso se dice siempre de las cortas —dijo Lucía, cerrando la carpeta.

Salimos juntos a la calle, porque Lucía se quedó a apagar el almacén y porque la acera era la misma para los dos hasta la esquina. Octubre había bajado de verdad; el aire olía a castaña del puesto de la plaza y a noche pronta.

—Ha redactado usted un buen documento —dijo Blanca, con el abrigo cruzado y las manos en los bolsillos—. Se nota la experiencia.

—Lo ha mejorado usted —dije—. Las anotaciones eran mejores que el texto.

—Eso dígamelo mañana —dijo—. Hoy es el día de la firma y las frases amables hay que administrarlas.

Nos separamos en la esquina sin ceremonia, cada uno hacia su casa, suya y mía todavía, porque la cláusula sexta solo empezaría a correr después del registro.

Caminé tres manzanas antes de darme cuenta de que llevaba la carpeta en la mano en vez de bajo el brazo, que es donde la llevo desde siempre, y de que caminaba despacio, que es como no camino nunca.

El martes por la mañana, en el bar, descubrí que el documento ya no nos pertenecía. Irene había convocado a su comité —que era ella, más Daniel por videollamada, más autoridad moral— y recibió la noticia de la firma con una mezcla de duelo y euforia que solo ella sabe modular.

—Perfecto —dijo—. Firmado. Entonces ahora hablamos de la boda.

—No hay boda —dije—. Hay un acto registral el viernes veintinueve, que era el primer hueco que tenía el juzgado… el registro. Y la cláusula octava regula…

—La cláusula octava —me interrumpió, con el dedo en alto— dice que esto no constituye promesa afectiva alguna. Exacto. Por eso el arroz se paga a medias y las flores las pone el bar como gasto de representación. Lucía, presupuesto.

—Cero —dijo Lucía, sin levantar la vista del portátil—. Sigue siendo cero. Le he hecho un diagrama de Gantt al acuerdo, ¿quieres verlo, Hugo? Tiene hitos y todo. La «ceremonia» es un hito de cuarenta minutos. Eres el hombre mejor planificado de España.

Miré el Gantt. Era bueno. Eso fue lo peor: era bueno.

—Y ahora, el punto importante —dijo Irene, golpeando la barra con la palma—.

El relato. Si esto va a ser verosímil, necesitáis una historia: cómo os conocisteis, quién se lo ha pedido a quién, desde cuándo.

Y tiene que ser la misma historia los dos.

En mi boda que no fue boda aprendí que los relatos se ensayan o se rompen, no hay término medio.

—La cláusula sexta regula la verosimilitud de la convivencia —dije—. El relato es un anexo verbal.

—El relato es TODO —dijo Irene—. La gente no pregunta por las escrituras, Hugo. Pregunta «¿y cómo os conocisteis?» con la cara del interrogatorio. Daniel, dime que me estás oyendo.

«Os oigo —dijo Daniel desde el portátil de Lucía, pixelado—. Definición de relato de pareja: narrativa única, repetible, resistente a la presión. Propongo que ensayéis. Grabación y revisión. Como los simulacros de incendio.»

—¿Veis? —dijo Irene, triunfante.

—Mañana —dijo Blanca, recogiendo tazas—. Mañana ensayamos el relato. Hoy el bar cierra a las once, que también está en el Gantt.

—Todo está en el Gantt —confirmó Lucía—. Incluido un hito que dice «Irene deja de hablar de arroz». Está previsto para nunca.

A la hora de comer, el documento ya había colonizado la vida del bar, que es lo que hacen los documentos buenos y los resfriados.

Oí a Irene decirle a un proveedor por teléfono «conforme a la cláusula cuarta, el jueves me traes el pedido entero o lo considero desistimiento».

Oí a Lucía contestarle a Álvaro, que pedía un zumo fuera de hora, que «la cláusula sexta de convivencia verosímil no cubre los zumos a las cinco».

Y en el grupo «Las del bar», que me habían añadido sin consultarme en aplicación, supongo, de alguna cláusula imaginaria, Daniel mandó un mensaje que releí dos veces:

«Confirmado por tres fuentes: el acuerdo tiene ocho cláusulas y una es “no enamorarse”. Estadísticamente es la cláusula más incumplida de la historia del género. Lo digo con cariño y con bibliografía.»

Irene contestó con siete emojis de fuego. Blanca contestó con una sola línea: «La cláusula séptima es de obligado cumplimiento y está bien redactada. Firmado: la parte contratante.» Yo no contesté nada; mi participación en los grupos es de naturaleza contemplativa.