Capítulo cuatro — Cláusula séptima
El lunes dieciocho de octubre redacté el documento más raro de mi carrera, y digo esto habiendo redactado una vez un contrato de compraventa de un palomar.
Llegué al despacho a las ocho, cerré la puerta, puse el móvil boca abajo y abrí una plantilla de capitulaciones que no pensé que fuera a usar nunca fuera de los cursos de práctica.
El encabezado me costó veinte minutos. «Acuerdo prematrimonial» sonaba a boda de verdad.
«Pacto de colaboración» sonaba a despacho de abogados, que es lo que era.
Al final escribí «Acuerdo previo y anexos», que no sonaba a nada, y con eso pude trabajar.
Sergio entró sin llamar a las diez, que es la hora a la que Sergio empieza a necesitar público.
—¿Qué es eso? —preguntó, leyendo por encima de mi hombro sin permiso, que es como lee Sergio todo.
—Un acuerdo.
—Ya veo que es un acuerdo. ¿Para quién?
—Para un cliente.
—Hugo —dijo, sentándose en la esquina de mi mesa—, tienes cara de redactar tu propio testamento. ¿De qué va esto?
Se lo conté. No todo: lo justo, que con Sergio es la medida correcta, porque lo justo ya es demasiado.
Le dije que la asociación de la calle del Pez tenía una sola vía legal, que la vía exigía un vínculo de afinidad, y que una de las socias se había ofrecido a crear ese vínculo conmigo.
Sergio escuchó en silencio, cosa rara, y al final dijo la frase más sensata que le he oído en once años:
—Si vas a hacer esta tontería, entonces hazla con el mejor papel que sepas escribir.
—Esa es la idea.
—No —dijo—. No me has oído. El mejor papel no es el que te protege a ti. Es el que la protege a ella de ti.
Se fue y me dejó pensando en eso más tiempo del que pienso concederle a Sergio.
Volvió a la una, con dos bocadillos y cara de haber dado una vuelta a la manzana para decidir una frase.
—Una cosa más —dijo—. ¿Por qué tú?
—Porque el vínculo tiene que ser con alguien de confianza de la asociación, y el abogado de la asociación soy yo —dije—. Es logística.
—Ajá —dijo Sergio—. Logística. Pues dile a la logística que se te ha quedado escrito en la cara desde el viernes. Y no me preguntes qué cara es, que no sé describirla; solo sé reconocerla, porque no la habías traído nunca a este despacho.
No contesté. Los silencios también son respuestas, y el mío era: anotado, archivo, ya hablaremos nunca.
Al mediodía tenía ocho cláusulas.
Las primeras cinco fueron casi mecánicas: independencia patrimonial absoluta, separación de bienes, gastos comunes prorrateados por ingresos y no al cincuenta por ciento (los porcentajes muertos son la manera que tienen los números de hacer trampas), duración vinculada al expediente y no al calendario, y un mecanismo de salida que cualquiera de las dos partes podía activar sin dar explicaciones, porque las explicaciones obligatorias son la tumba de los acuerdos limpios.
Dediqué un rato a la lógica interna, que es mi deporte: cada cláusula tenía que poder leerse dos veces, una vez por un técnico municipal y otra vez por nosotros dos en la cocina dentro de un año.
La primera lectura tenía que decir «esto es serio»; la segunda tenía que decir «esto es justo».
Los documentos que solo dicen una de las dos cosas son los que acaban en los juzgados o en los cajones, y yo no quería ni lo uno ni lo otro.
Quería que aquel papel estuviera vivo el tiempo justo y bien muerto después, que es la definición exacta de un buen instrumento jurídico y, según me temía empezando, de algunas otras cosas.
La sexta la redacté despacio: las partes mantendrían una convivencia verosímil durante la vigencia del acuerdo, con residencia compartida, horarios compatibles y conocimiento suficiente de la vida cotidiana de la otra parte.
Escribí «verosímil» y me quedé mirando la palabra.
Era la palabra honesta. Las ordenanzas no protegen el amor; protegen la verdad documentable, y la verdad documentable de un matrimonio es la convivencia.
La séptima la escribí casi sin pensar, que es como se escriben las mejores bromas y los peores presagios: «Cláusula séptima: ninguna de las partes se enamorará de la otra.
» La leí dos veces, me pareció la precisión cómica exacta que el documento necesitaba para no tomarse demasiado en serio a sí mismo, y la dejé.
La octava fue la más fácil de escribir de todas. Ahí está el problema, pero entonces no lo sabía.
A las siete de la tarde bajé a la calle del Pez con dos copias, tres bolígrafos (porque los bolígrafos fallan en los momentos importantes, como los testigos) y la sensación absurda de ir a una primera cita con una demandada.
Blanca me esperaba en el almacén-oficina, con la mesa despejada, dos vasos de agua y una lámpara que hacía que aquel cuarto con olor a patata pareciera un despacho de notario de barrio, que era exactamente lo que aquella noche necesitaba ser.
Lucía estaba allí también, con su portátil y su carpeta azul.
—He venido de testigo —dijo—. Y de auditora. Y si hace falta, de pañuelo.
—No hará falta —dijo Blanca.
—Eso se dice siempre —dijo Lucía—. Todas las veces que luego hace falta.
Le di el documento a Blanca y me preparé para una lectura cortés de diez minutos.
La lectura duró cincuenta. Leyó con un bolígrafo propio en la mano, de esos de tinta fina que dejan una letra pequeña y bonita, y anotó en los márgenes con la caligrafía más educada que he visto destruir un texto mío.
Cada anotación era una frase amabilísima.
Cada frase amabilísima era una corrección quirúrgica.
En la cláusula tercera escribió: «Se ruega reconsiderar la base de reparto: los gastos de la vivienda compartida no son un gasto del acuerdo, son un gasto de la verosimilitud; propongo prorratear también los suministros.
» En la cuarta: «La duración vinculada al expediente es correcta, pero falta un suelo temporal mínimo para la credibilidad; propongo noventa días.
» En la quinta, junto a mi mecanismo de salida: «Bien redactado.
Falta la contrapartida: quien active la salida asume los costes de la desactivación. Firmado así, es equitativo.»
—Noventa días —dije—. ¿Por qué noventa?
—Porque un matrimonio que se disuelve a los treinta días no engaña ni a una fotocopiadora —dijo—.
Noventa es el número que parece una decisión y no un trámite.
Y porque el treinta de noviembre es el plazo de la oferta, y noventa días desde el veintinueve de octubre nos llevan con holgura a final de enero, que es cuando todo esto, si sale bien, habrá terminado de verdad.
Hizo la cuenta en el aire, sin papel. Yo la comprobé mentalmente y cuadraba, con días de sobra antes de febrero. Lo anoté. Anoté también, en mi columna interior, la que no sale en ninguna libreta, que aquella mujer calculaba plazos mejor que la mitad de los letrados de mi escalera.
En la primera cláusula, la de la independencia patrimonial, solo puso una tilde de aprobación. En la segunda escribió: «Añadir: cada parte conserva la titularidad exclusiva de sus deudas previas.» Me lo tendió para que lo leyera.
—Es redundante —dije—. La separación de bienes ya lo cubre.
—La separación de bienes cubre lo que se tiene —dijo—. No cubre lo que se debe. Yo no tengo deudas; quiero que conste. Y usted, si tiene alguna, querrá que conste que son suyas. Las cosas que constan no se discuten después.
—No tengo deudas —dije.
—Entonces la cláusula le sale gratis —dijo—. Las mejores cláusulas son las que salen gratis.
Lucía asistía a todo esto con la cara del espectáculo que no ha pagado entrada. En un momento dado levantó una mano.
—Pregunta de la auditora —dijo—. ¿Qué pasa si la cadena o la administración investigan? No digo que vaya a pasar. Digo: ¿qué pasa?
—Que tienen derecho a pedir documentación del vínculo —dije—.
El certificado de matrimonio existe y es auténtico, porque el matrimonio lo será.
Si preguntan por la convivencia, entonces la convivencia existirá: misma dirección, horarios compatibles, testigos cotidianos.
No estamos fabricando nada que no vaya a ser literalmente cierto.
—Eso, dicho despacio, suena inquietante —dijo Lucía.
—Es inquietante —dijo Blanca—. Por eso se firma todo. Las cosas inquietantes con firma encima son solo cosas.
Había una segunda cláusula que había redactado casi en automático y que resultó ser la que más discusión dio: el relato común. Las partes se comprometían a mantener una versión única y coherente sobre el origen y la naturaleza de la relación. Blanca la subrayó entera.
—Esto hay que ensayarlo —dijo—. Una versión. La misma. Si a usted le preguntan cómo nos conocimos y a mí me preguntan a mí, y las respuestas no se parecen, esto dura dos días.
—Nos conocimos aquí —dije—. Es verdad y está lleno de testigos.
—¿Y quién se lo pidió a quién? —preguntó Lucía, con una sonrisa de contable maligna.
Nos quedamos en silencio los dos. Fue el primer silencio de pareja que compartimos, y fue, técnicamente, por culpa de una cláusula.
—Eso se decide mañana —dijo Blanca—. Hoy se firma.
Hubo una última cosa antes de firmar, y fue la que más me costó, aunque no costaba nada: la lectura en voz alta.
Lucía la impuso, con la autoridad de las testigos: «Los documentos que se firman se leen en voz alta.
Si no, no valen.» Y leyó ella, cláusula a cláusula, con su voz de cuentas, y Blanca y yo escuchamos sentados, con las manos quietas, oyendo nuestra propia letra convertida en ceremonia.
Cuando Lucía llegó a la séptima —«ninguna de las partes se enamorará de la otra»—, hizo una pausa profesional de dos segundos, levantó la vista, y dijo: «Esta es una tontería.
Consta que lo he dicho. Seguimos.» Y siguió.
Y aquella pausa de dos segundos fue, de todo lo que pasó aquella noche, lo único que ninguno de los tres anotó en ningún margen, y la que más tiempo me duró después.
—¿Dónde aprendió usted a redactar así? —pregunté, antes de decidir si quería preguntarlo.