Capítulo tres — Entonces me caso yo #3
Lo que pasó después fue una hora de ruido ordenado.
Doña Pilar preguntó si aquello era legal, y Hugo dijo que un matrimonio entre dos adultos que consienten es legal desde antes de que existiera la ordenanza, y que la ordenanza no preguntaba por los motivos, sino por el parentesco, y que él no estaba recomendando nada, que constara.
Concha preguntó si eso pararía la oferta, y Hugo dijo que si la protección reforzada se concedía, entonces la operación perdía interés comercial para la cadena, y que eso era un condicional y no una promesa.
Genaro preguntó si no había otra manera, y nadie le contestó, que fue la contestación más clara de la noche.
Paco y Marisa, desde el palco, hicieron su aportación a la democracia local.
—Yo les he visto discutir —dijo Paco, señalándonos a Hugo y a mí con la barbilla—. El lunes, en la barra. Discuten muy bien. Hay matrimonios de verdad que no discuten así.
—¿Eso es a favor o en contra? —preguntó Felipe.
—Es una constatación —dijo Marisa—. Cuarenta y dos años de casados me avalan: la mitad de los matrimonios empiezan por menos que una ordenanza. Y la otra mitad, por una hipoteca, que es peor.
Se rio hasta doña Pilar. La noche iba tomando esa textura rara de las decisiones históricas de barrio: medio velatorio, medio verbena.
Irene se declaró en contra, a favor y presidenta del comité en una sola frase: —¡Que nadie se case sin mí!
Si mi mejor amiga se casa para salvar el bar, entonces yo organizo la boda, y no admito discusión, que para eso llevo años organizando cosas que no me dejan organizar.
Presido el comité. Se acabó. Democracia.
—Esto no es una boda —dije yo—. Es un trámite.
—Los trámites se celebran igual —dijo Irene—. Lucía, presupuesto.
—Cero —dijo Lucía—. Presupuesto cero. Y si alguien mueve un euro, que sea por transferencia y con concepto claro.
A las diez y media la junta se levantó sin acuerdo formal, que es como se levantan las juntas que ya han decidido todo. Doña Pilar se fue la última, y en la puerta me apretó la mano con las dos suyas.
—Hija —me dijo—. No sé si sois la salvación de esta calle o su última locura. Pero el viernes que viene tengo que darle una respuesta a mi hija, y ahora ya no sé cuál.
—No la dé todavía —le dije—. Espere a vernos hacer el ridículo. Es gratis.
Se fue riéndose y llorando un poco, que es la manera de irse de la gente que lleva cuarenta años en una calle.
Irene y Lucía se quedaron a recoger, y me hicieron el interrogatorio suave de las amigas: que si lo había pensado, que si sabía lo que hacía, que si quería que llamaran a alguien.
Les dije que sí a todo, que es más rápido.
Álvaro se fue con Lucía, mascullando que aquello tenía estructura de tres actos y que él era incapaz de escribirlo, lo cual, viniendo de él, era casi una bendición.
Beni se fue declarando que aquello superaba al libro de la semana, que ya era decir.
A las once y media el bar se quedó en silencio, y en el silencio se quedó Hugo, recogiendo sus fotocopias con lentitud deliberada, esperando a que se vaciara la sala.
Yo recogía vasos. Él apilaba papeles. El bar hacía sus ruidos de después: la cámara, la nevera, el reloj con sus tres minutos de ventaja.
—¿Por qué tú? —dijo, de repente, a mi espalda.
Me volví. No era una pregunta difícil; lo difícil era que no venía con condicional. Ni «si me permites», ni «entonces». Solo tres palabras, desnudas, como una silla en medio de una sala desmontada.
—Porque soy la única que puede —dije—. Irene tiene a Daniel y un compromiso que va en serio.
Lucía tiene a Álvaro y una vida que acaba de empezar a ordenarse.
Yo no tengo a nadie a quien explicarle nada, ni nada que se rompa si esto sale mal.
Es logística, señor Mendieta. Si una sociedad necesita un matrimonio, entonces se asigna el recurso disponible.
Me miró un momento largo.
—Has dicho «si… entonces…» —dijo.
—Se pega —dije—. Es una construcción muy contagiosa. Debería venir con advertencia.
—Viene —dijo—. En la primera página de todos mis contratos.
Guardó la última fotocopia, se puso la carpeta bajo el brazo y se quedó quieto un instante más, mirando la pizarra de los menús, donde todavía se leía NEGOCIO FAMILIAR por encima del borrado a medias del cocido de los jueves.
—El lunes —dijo— traeré un borrador de lo que habría que firmar, si esto siguiera adelante. Que quede claro que traer un borrador no es dar el visto bueno. Es… higiene profesional.
—El lunes —dije—. Y que quede claro que leer el borrador no es aceptarlo. Es higiene de encargada.
Nos separamos sin estrecharnos la mano, que habría sido el gesto correcto y por eso mismo imposible.
Recogí su vaso, lo puse en la rejilla, y solo cuando se hubo ido me di cuenta de lo que había pasado con mi respuesta: que era perfecta.
Cada razón en su sitio, cada cifra cuadrada, ni una fisura.
Tan perfecta que no parecía una respuesta.
Parecía un documento. Y yo llevaba años sabiendo exactamente qué clase de persona redacta sus respuestas antes de darlas: la clase que no quiere que le pregunten dos veces.
Apagué la luz de la barra y bajé la persiana despacio. El viernes siguiente había otra junta, y entre medias quedaban siete días para que alguien se echase atrás. Nadie se echó atrás.