Casados por el bar (Las del bar 3) Capítulo tres — Entonces me caso yo #2
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Capítulo tres — Entonces me caso yo #2

—¿Y el plazo? —preguntó Genaro—. Eso del treinta de noviembre, ¿es en serio?

—El plazo es una táctica —dijo Hugo—. Si ustedes necesitan más tiempo, entonces hay que pedir más tiempo, y hay que pedirlo con algo encima de la mesa que lo justifique. Un plazo no se contesta con una queja; se contesta con una alternativa.

—Pues no hay alternativa —dijo Sandro, con franqueza de recién llegado—. Lleváis una hora demostrándolo.

Nadie le llevó la contraria. Ni siquiera Irene, que estaba detrás de la barra con los puños apretados y la mandíbula haciendo horas extra. Y en aquel silencio de derrota educada, doña Pilar dijo la pregunta que faltaba:

—¿Y no hay más? —con la voz de quien pide un postre sabiendo que no hay.

—Hay una observación —dijo Hugo, y se permitió una pausa que en él era casi un adorno—. Si dentro de la sociedad hubiera un matrimonio, entonces la cosa cambiaría. Un matrimonio crea afinidad. Una socia casada con… en fin. Pero no lo hay, así que…

Se encogió de hombros, medio en broma, medio despidiéndose de la idea, que era la manera más limpia de no haberla dicho.

Y entonces pasó la cosa. Pasaron tres segundos enteros, de esos que se cuentan solos, y en esos tres segundos yo hice el inventario más rápido de mi vida: Irene tenía a Daniel, Lucía tenía a Álvaro, y yo no tenía a nadie, ni deudas, ni horarios que romper, ni a nadie a quien pedir permiso. Tres socias. Una sola columna libre.

Hay decisiones que se toman despacio porque son grandes, y decisiones que se toman deprisa porque llevan años tomadas. La mía salió sola, con la voz de todos los días, la de los pedidos y las cuentas:

—Entonces me caso yo —dije.

El bar entero se volvió hacia mí como se vuelve la gente hacia un plato que se cae: antes de saber si se ha roto.

—¿Cómo? —dijo Irene.

—Que me caso yo —repetí, y mi voz salió tan llana como cuando digo que se ha acabado el rioja—.

Es una lista de requisitos, ¿no? Pues vamos por requisitos.

De las tres socias, soy la única sin pareja.

No tengo deudas con nadie que pueda reclamar nada.

Mi horario es el más estable de los tres.

Y soy, con diferencia, la persona de esta sala con menos probabilidades de tomarse un matrimonio en serio.

Se hizo un silencio distinto, de peor calidad.

—No era una propuesta —dijo Hugo, despacio, desde la pizarra, y era la primera vez que le oía la voz sin ninguna cláusula dentro—. Lo que he dicho era una observación técnica. No estaba proponiendo…

—Ya lo sé —le dije—. Por eso la propuesta la hago yo. Que conste en acta.

—¡Que no hay acta! —gritó Irene—. ¡Que esto es un bar y mi mejor amiga acaba de ofrecerse a casarse por una ordenanza! ¡Que esto no es una propuesta, Blanca, es un secuestro con papeles!

—Es una figura jurídica —dije.

—¡Es una locura!

—Las dos cosas —dijo Lucía, que ya había sacado la libreta—.

Y antes de que nadie se emocione, la lista de costes: uno, matrimonio tiene implicaciones fiscales.

Dos, tiene implicaciones patrimoniales. Tres, tiene implicaciones de todo tipo que no me da la vida para enumerar antes del viernes que viene.

Cuatro —levantó la vista—: coste emocional, incalculable, y lo digo como contable: hay partidas que no entran en Excel, y esta es la primera.

—Con todo respeto a la contabilidad —dije—, el coste emocional de perder el bar tampoco entra en Excel, y está en la columna de enfrente.

Lucía me miró, hizo una mueca de contable derrotada por una partida viva, y escribió algo en el margen. Años después me diría que lo que escribió fue: «ha contestado demasiado rápido».

Hugo seguía junto a la pizarra, con la tiza baja en la mano, mirándome como se relee una cláusula buscando el error.

—Si me permite —dijo al fin—, hay objeciones. Varias, y serias.

—Objete —dije.

—Primera: la ordenanza exige que el negocio sea familiar «en funcionamiento» y que el vínculo sea real y acreditable. Un matrimonio reciente, contraído en plena disputa, va a ser examinado. Si la administración sospecha, entonces pedirá documentación.

—Que la pida —dije—. La documentación existiría. El matrimonio sería real: dos adultos, consentimiento, registro. Los motivos no se registran, señor Mendieta. Usted mismo lo ha dicho hace diez minutos.

—Segunda objeción —siguió, sin inmutarse—: usted estaría asumiendo un riesgo patrimonial y personal desproporcionado por un local que ni siquiera es suyo.

—El bar es mío en un tercio —dije—. Y la calle es mía en todo lo demás. No es desproporcionado; es aritmética de barrio.

—Tercera —dijo, y por primera vez le tembló el condicional—: si esto se hiciera, que no se está diciendo que se haga, necesitaría un acuerdo previo por escrito, completo, que protegiera a las dos partes de todo lo que un matrimonio arrastra. Y dudo que exista redacción suficiente.

—Esa objeción no es jurídica —dije—. Es usted pidiéndole perdón por adelantado a su propia profesión. Si la redacción es el problema, entonces redáctela usted, que es lo que mejor hace. Yo la firmo y la cumplo.

La sala contuvo la respiración. Fue Beni, desde el palco de la ventana, quien la soltó:

—Cuatro estrellas —dijo, solemne, como quien declara ante notario—. La escena. Cuatro estrellas, y la quinta la reservo para el final.

—¿De qué habla, Beni? —preguntó Marisa.

—Del argumento —dijo Beni, y le dio un sorbo a su taza con la satisfacción de los críticos jubilados.

—Yo lo escribo —dijo una voz desde la esquina. Álvaro tenía el portátil abierto y los ojos brillantes: le acababa de caer un meteorito en la mesa—. Esto. Esto es una novela. Esto debería ser mi novela. Dos personas que firman un papel para salvar un bar y…

—No —dijimos Lucía y yo a la vez.

—Es que es buenísima —insistió él—. Tiene un tema, tiene un límite de plazo, tiene un dilema… Tiene todo lo que le falta a la mía, que de momento ni siquiera es novela.

—Ya lo apunto yo —dijo Lucía, y escribió algo en la libreta que no era una cifra, cosa rara en ella.

Después, cuando le pregunté qué había escrito, me enseñó la página: decía «la novela de Álvaro ya existe, solo que todavía no lo sabe».

A veces Lucía escribe cosas que no son cifras, y siempre son las que más tardan en cuadrar.

El móvil de Irene sonó con el tono del grupo, y ella lo leyó en voz alta porque la indignación le impedía la lectura en silencio:

«Daniel: “Si el proyecto matrimonio sigue adelante, adjunto lista de viabilidad preliminar. Uno: definir objeto. Dos: definir duración. Tres: definir criterios de éxito. Cuatro: no lo hagáis. Cinco: si lo hacéis, que firme un abogado.”»

—Que firme un abogado —repitió Felipe desde su sitio—. Pues ya está el abogado. Anda, hombre. Qué cosas.

—Yo no he firmado nada —dijo Hugo.

—Todavía —dijo Beni desde la mesa de la ventana, sin levantar la vista de su libro, y el bar se rio por primera vez en toda la noche, y la risa lo cambió todo, porque la risa es la manera que tienen las salas de admitir que una idea imposible ya tiene silla.