Capítulo tres — Entonces me caso yo
El viernes amaneció con olor a reunión. Las reuniones tienen olor, igual que los lunes: huelen a café de más, a sillas arrastradas y a esa electricidad baja que ponen las personas cuando saben que por la noche van a tener que decidir algo en voz alta.
Doña Pilar había pedido celebrar la junta extraordinaria en el bar, después del cierre, «en terreno neutral», dijo, y todos fingimos creérnoslo: el bar no era neutral, el bar era el cuartel general sentimental de la calle, y ella lo sabía mejor que nadie.
Pero también era el único local con sitio para veinte personas y café para veinte más, así que la neutralidad se aprobó por unanimidad y por pereza.
A mediodía llamó Hugo para lo que él llamó «coordinación logística» y lo que cualquier otra persona habría llamado «preguntar si hace falta algo».
—Si la junta es a las ocho —dijo—, entonces conviene que las fotocopias del extracto de la ordenanza estén repartidas antes, para que la discusión sea sobre el contenido y no sobre la letra pequeña.
—Estando usted —le dije—, la discusión va a ser sobre la letra pequeña igualmente, señor Mendieta. Es usted un imán para la letra pequeña.
Hubo una pausa en la línea, de esas que en otra persona serían una risa.
—Concedido —dijo—. ¿Y hay café?
—En esta casa siempre hay café. Es casi lo único que garantizamos por contrato.
—Entonces nos vemos a las ocho —dijo, y colgó, y yo me quedé un momento con el auricular en la mano, preguntándome en qué punto de la semana habíamos empezado a hablar en cláusulas los dos.
Por la mañana, en el almacén-oficina, hicimos consejo de guerra las tres, que en nuestro caso consiste en que Irene declara la guerra, Lucía le presupuesta la guerra y yo le busco a la guerra un sitio donde sentarse.
—Hay que ir con una propuesta —dijo Irene, andando de punta a punta del almacén en cuatro pasos, que es lo que cabe—. Si llegamos solo con «no vendamos», perdemos. El «no» sin alternativa es una queja, no una propuesta.
—De acuerdo —dijo Lucía—. Propuesta: resistir. Presupuesto: el fondo está en un mes y medio de gastos fijos y bajando. Siguiente punto.
—Blanca —Irene se paró delante de mí—. Dinos algo.
—Que el abogado de la asociación es serio —dije—. Y que la carta de Fika está escrita por alguien que sabe lo que hace. Y que Pilar lleva toda la semana diciendo «hay que escuchar» con la misma entonación con la que se dice «ya está decidido».
—Eso no es una propuesta —dijo Irene.
—Es inventario —dije—. Las propuestas se hacen sobre inventarios, no sobre banderas.
Me miró con esa mezcla de respeto y desesperación que me dedica desde hace años, y salió a abrir dando un portazo suave, que en ella equivale a un abrazo.
Lucía se quedó un momento más, cerrando la carpeta azul de las cosas graves.
—¿Tú estás bien? —me preguntó, sin levantar la vista de la carpeta, que es como se preguntan las cosas grandes.
—Estoy bien.
—No te he preguntado cómo está el bar —dijo—. Te he preguntado a ti.
—El bar y yo llevamos juntos muchos años —dije—. Lo que le pase a uno le pasa a la otra. Es más barato así.
Lucía me miró con su cara de leer entre líneas, que lleva años leyendo mis márgenes, y no insistió, que es el lujo que solo te dan las amigas de verdad.
Preparé el bar para la junta como se prepara un bar para todo: mesas juntas en dos alas, la pizarra de los menús borrada por discreción, café en la cafetera grande, vasos de agua, y una botella de vino dulce por si la noche se ponía amarga, que es un recurso hostelero anterior a la democracia.
Beni se ofreció a quedarse «de público», con su libro y su taza, y Paco y Marisa consultaron sus agendas de jubilados y descubrieron, para sorpresa de nadie, que estaban libres.
Los tres se instalaron en la mesa de la ventana con la solemnidad de un palco.
—¿Hay programa? —me preguntó Marisa.
—Hay junta —le dije—. Lo más parecido a un programa es la pizarra, y la he borrado.
—Pues muy mal —dijo ella—. En el teatro siempre hay programa.
Durante la tarde pasaron cosas pequeñas que no parecían parte de nada y luego resultaron ser el prefacio.
La tostadora doña Elvira me llamó para preguntarme, con demasiada casualidad, si era verdad que «iban a cambiar la calle entera».
El repartidor de la cerveza dejó las botellas y se quedó diez minutos opinando.
Una clienta de toda la vida me apretó la muñeca al pagar y me dijo «que no os lo quiten, Blanca», sin que nadie le hubiera dicho aún qué era lo que no nos tenían que quitar.
Los barrios saben las cosas antes de que pasen; las saben por las rendijas de las persianas, que es donde vive la verdad.
A las ocho menos diez empezaron a llegar los propietarios.
Genaro Cuesta, el de la ferretería, con su chaqueta de los domingos y una carpeta de la que no salió ningún papel en toda la noche.
Concha, la de la mercería, que entró mirando el suelo como si el suelo pudiera delatarla.
Felipe, el del estanco, que llegó declarando que él no vendía ni aunque le pagaran en lingotes, y se sentó con los brazos cruzados antes de que nadie le preguntara.
El de la frutería, Sandro, que llegó tarde y sudando y dijo que su contestador ya lo había dicho todo.
Doña Pilar cerró la fila, con su abrigo bueno y su cara de presidenta, que es una cara que ella se pone encima de la otra, como un mantel de los de fiesta.
Hugo Mendieta llegó a las ocho en punto, ni antes ni después, con la carpeta de siempre y una pila de fotocopias. Me pidió permiso con la cabeza para usar la pizarra de los menús; se lo di con la cabeza también. Nos estábamos entendiendo por gestos de gestoría, y ninguno de los dos parecía notarlo.
Irene abrió la sesión de pie detrás de la barra, porque hay cosas que solo se pueden decir desde detrás de una barra.
—Gracias por venir —dijo—. Sabéis por qué estamos aquí. Han puesto un precio a esta calle y un plazo para venderla: el treinta de noviembre. Nosotras no vendemos. Pero no hemos venido a decir solo eso. Hemos venido a escuchar qué se puede hacer. Hugo, te toca.
Aplaudieron flojito, como se aplaude al dentista.
Antes de que Hugo hablara, doña Pilar pidió la palabra en calidad de presidenta, y la usó para lo que la usan las presidentas de verdad: para mojarse.
—Yo voy a decir una cosa y no quiero que nadie se me eche encima —anunció—.
La oferta me gusta. Me gusta el precio, me gusta la seriedad de la carta, y me gusta que por primera vez en años alguien quiere algo mío.
Tengo la hija en Valencia y la cadera mala y el ático grande.
No digo que venda. Digo que el que me venga con un «no» pelado se puede ahorrar el viaje, porque escuchar no es traicionar.
Se sentó. Nadie se le echó encima, que era lo que ella esperaba, y por eso mismo dolió más: la sala entera entendió que la traición, en los barrios, nunca llega gritando. Llega diciendo «es que hay que escuchar», con buena letra y mejor precio.
Hugo se puso junto a la pizarra borrada y habló durante un cuarto de hora con la claridad terrible de los hombres que han estudiado el desastre antes que nadie.
Explicó la oferta: honesta, conforme a mercado, sin trampas.
Explicó la ordenanza: qué protegía, qué no.
Y explicó las tres vías legales que había estudiado, una por una, con un humor tan seco que la sala se reía y luego se quedaba más quieta que antes.
—La primera vía —dijo— es la oposición urbanística por cambio de uso.
Problema: el uso no cambia. Un bar que pasa a ser una cafetería de cadena sigue siendo, urbanísticamente, hostelería.
Si el uso no cambia, entonces no hay vicio de uso.
Esta vía es como pedir la baja por una enfermedad que no se tiene: la administración te mira con cariño y te da el alta.
Rieron. Siguió.
—La segunda vía es el derecho de tanteo concertado: que los propietarios se organicen para igualar la oferta.
Problema: hay que igualar la oferta. Si no hay fondos, entonces no hay tanteo, y esta sala, con la reforma recién pagada, tiene los fondos que tiene.
Lo digo con cariño y con extracto bancario.
Rieron menos. La tercera la dejó respirar un momento.
—La tercera vía es la única con dientes: la protección reforzada de la ordenanza de comercio de proximidad.
Si un negocio acredita la condición de negocio familiar en funcionamiento, entonces la administración puede parar la operación.
¿El problema? —Se volvió hacia la pizarra y escribió dos palabras: NEGOCIO FAMILIAR—.
El problema es el adjetivo. La ordenanza exige vínculo de parentesco entre los titulares.
Consanguinidad o afinidad. Y las titulares de La Media Naranja son tres socias sin parentesco alguno.
Salcedo, Fernández y Roldán: una alineación excelente y un expediente imposible.
El silencio que siguió tenía textura de lana mojada.
Se lió entonces la que se tenía que liar.
Genaro habló de sus hijos de Alicante y de los tornillos por internet.
Felipe volvió a declarar que él no vendía ni en lingotes, y que si alguien vendía, que lo dijera a la cara y no por el contestador, mirando a Sandro, que se encogió en su silla.
Concha dijo, muy bajito, que ella no era nadie para dar lecciones, que la ciática no entiende de romanticismos, y que si una cadena le daba una salida digna, ella quería al menos saber cuánto.
Y doña Pilar, con la cara de presidenta puesta encima de la otra cara, dijo lo que llevaba toda la semana diciendo sin decir:
—Yo no quiero vender. Que conste que no quiero. Pero tengo sesenta y ocho años, una cadera mala y una hija en Valencia que me dice mamá-vende-mamá-vende todos los domingos. La oferta es buena. Nadie me va a decir aquí que la oferta no es buena, ¿verdad, Hugo?
—La oferta es buena —confirmó Hugo, y la sala entera se hundió un centímetro, porque la esperanza, en las juntas, vive de que alguien desmienta las cosas buenas.