Casados por el bar (Las del bar 3) Capítulo dos — El expediente de la calle del Pez #3
12%

Capítulo dos — El expediente de la calle del Pez #3

—Perdone. Si me permite la puntualización: el arrendamiento de industria quedó fuera del Código de Comercio en la reforma del noventa y cuatro; desde entonces se rige por el Código Civil y por la voluntad de las partes, salvo lo que diga la Ley de Arrendamientos Urbanos en lo accesorio.

Lo digo solo porque si lo cita así delante de doña Pilar, que fue secretaria de juzgado, le va a corregir ella, y con menos cariño que yo.

Hubo un silencio pequeño y afilado.

—Tiene razón —dije, porque la tenía, completa y con jurisprudencia implícita.

—Suelo tenerla en cosas pequeñas —dijo ella, que era una manera exquisita de no decir nada más.

Lucía miraba la escena como se mira un partido. Yo anoté en la libreta, delante de las dos, algo neutro sobre el contrato, y cambié de tema con la elegancia de quien pisa un charco sabiendo que es un lago:

—El plazo de la oferta termina el treinta de noviembre. La junta del viernes es el único acto formal previsto. Si la asociación quiere articular una respuesta, entonces tiene que salir de esa reunión con una línea común.

—¿Y si no sale una línea común? —preguntó Blanca.

—Entonces cada propietario decidirá solo, y la cadena comprará por orden de debilidad —dije—. Empezando por el que más necesite el dinero.

—Genaro —dijo Lucía, bajito.

—Concha —dijo Blanca, más bajito todavía, y no era una corrección: era una lista alternativa, y el hecho de que las dos tuvieran lista me dijo más de aquella sociedad que todas las carpetas.

—¿Y ustedes? —pregunté—. ¿Qué harán si doña Pilar vende el bajo?

Blanca se quitó una mota invisible de la manga. Pensé que iba a decir algo rotundo; dijo algo mucho peor, dicho con toda la amabilidad del mundo:

—Si doña Pilar vende el bajo, entonces usted tendrá un cliente satisfecho y nosotras tendremos un casero nuevo.

Le pongo el café como a usted le gusta, señor Mendieta: si la leche está fría, con leche; si no, solo.

Los bares aguantan muchas cosas. Lo que no aguantan es que les cambien el techo de casero. Eso no lo arregla ni la mejor cláusula.

No había reproche en la frase. Eso era lo inquietante: estaba construida sin reproche, como esas puertas que no hacen ruido al cerrarse porque alguien las ha engrasado para no despertar a nadie.

Yo he oído a abogados contrarios desearme la ruina con menos educación.

Y lo que más me quedó dando vueltas no fue la advertencia, sino la gramática: había usado mi construcción.

«Si… entonces…», con mi ritmo y mis pausas, devuelta como se devuelve un plato: caliente.

—Apuntado —dije.

—Apunte —dijo ella, y sonrió, y fue la primera vez que le vi la sonrisa con la guardia baja, y descubrí dos cosas: que tenía una sola, y que prefería no haberla visto.

Y cuando salí a la calle, ya de noche, anoté en la última página de la libreta, la que no enseño a nadie: «La encargada sabe demasiado.

» Lo miré un momento, y lo taché. No era una observación profesional; era otra clase de observación, y las otras clases de observaciones no se anotan, se archivan mal y reaparecen a deshora.

En el despacho, con la calle ya apagada, puse la pizarra contra la luz y escribí los tres caminos que le había dado vueltas toda la tarde.

Uno: oposición urbanística por cambio de uso; inviable, el uso no cambiaba, solo la bandera.

Dos: ejercicio concertado de tanteo; inviable, no había dinero ni consenso.

Tres: protección reforzada de la ordenanza.

Viable sobre el papel. Inviable sobre la sociedad.

Antes de ponerme con ella hice una cosa que no hago nunca con una corrección ajena: comprobarla dos veces.

El arrendamiento de industria, reforma del noventa y cuatro, Código Civil, LAU en lo accesorio.

Blanca Roldán lo había citado bien: no bien de barra de bar, bien de examen.

Ni una fecha bailada, ni una remisión de más.

En mi oficio, cuando alguien sin título cita así, hay dos posibilidades: que lo haya leído esa semana, o que lo haya estudiado en serio alguna vez.

La primera posibilidad era la cómoda. La segunda era la que cuadraba con la precisión, con la entonación, con la manera de decir «cosas pequeñas» refiriéndose a algo que a tres de mis compañeros de promoción les costó un suspenso.

Borré el primero. Borré el segundo. El tercero lo dejé escrito, y debajo escribí «negocio familiar en funcionamiento», y delante de la palabra «familiar» dejé un espacio en blanco, porque lo que faltaba no era un requisito: era un apellido.

Un apellido compartido, un vínculo de sangre o de ley, algo que uniera a tres socias que se querían como hermanas y no lo eran a ojos de una ordenanza.

Apagué la luz del despacho sin borrar la pizarra.

En la calle, antes de girar hacia el metro, miré hacia el número doce: la persiana del bar estaba bajada, pero por la rendija salía una línea de luz, y supe sin pensarlo que era Blanca quien cerraba, porque cierra despacio, como quien pone el pestillo a algo que quiere que amanezca entero.

En la pizarra quedó la palabra. El hueco de delante no me atreví a rellenarlo ni en la libreta secreta. Los huecos, en mi oficio, siempre acaba rellenándolos alguien; y yo ya empezaba a sospechar quién.