Capítulo dos — El expediente de la calle del Pez #2
—Mire qué calle —dijo—. Yo colgué esas cortinas hace cuarenta años. La mercería era otra mercería, la ferretería era un ultramarinos, y el bar era del hermano de la Irene esta… bueno, del tío, el Ramón, qué hombre más serio, qué cafés más malos hacía y qué bueno era.
—Ramón lo abrió en el noventa y seis —dije, porque lo sabía por el contrato—. Treinta y un años lleva ese local abierto.
—Treinta y un años, fíjese —repitió ella, y por un momento su cara hizo la cuenta sola, y se le puso la expresión de alguien que descubre que su vida entera cabe en una cifra de dos dígitos—.
Yo aquí llevo cuarenta, Hugo. Aquí crié a mi hija, que ahora me llama desde Valencia para decirme que venda, que ella el barrio ya no lo pisa.
Y tiene razón, la muy… tiene razón. ¿Ve usted lo que le digo?
—¿Ha pensado en la oferta? —le pregunté, porque con doña Pilar los rodeos sobran: ella los da por los dos.
—He pensado que tengo sesenta y ocho años —dijo—.
He pensado que el ático se me queda grande y la escalera se me queda larga.
He pensado que el precio es muy bueno, Hugo, no me va usted a decir que no, si usted lo ha visto.
Y he pensado que, si vendo el bajo, esas chicas se quedan sin bar, y entonces qué hago yo los domingos, que allí desayuno desde que enviudé.
No digo que venda. Digo que hay que escuchar.
—Si escucha, entonces escuche también esto —dije—: la oferta es honesta, pero el plazo no lo es del todo. El treinta de noviembre está puesto para que usted decida con prisa. No decida con prisa.
Me miró con una mezcla de gratitud y sospecha, como si le hubiera hecho un regalo caro.
—Usted no trabaja para mí, ¿verdad? —dijo—. Usted trabaja para la asociación. Que soy yo también, qué lío. Bueno. El viernes hablamos todos. Y dígale a la Blanca que me deje de mandar mensajes, que esa chica escribe tan bien que me da miedo.
Bajé las escaleras del edificio contando peldaños y conflictos de interés, y anoté en la libreta: «Pilar — tentada. Repite: hay que escuchar. En esta calle, escuchar es un verbo transitivo.»
La normativa me ocupó la tarde del miércoles.
La ordenanza de protección del comercio de proximidad es uno de esos textos municipales que nacen de una buena idea y crecen a golpe de enmienda: veintitantos artículos, definiciones que se remiten a otras definiciones, y un capítulo de protección reforzada redactado con más entusiasmo que precisión.
Me leí el capítulo tres veces, lápiz en mano.
Comprobé primero lo fácil: la antigüedad.
El local del número doce llevaba abierto desde mil novecientos noventa y seis, y eso lo acreditaba cualquier vecino con memoria, además del registro.
Comprobé después lo difícil: qué daba la ordenanza a cambio de esa antigüedad.
Y la respuesta fue decepcionantemente elegante: poco.
La antigüedad sola daba derecho a informes favorables, a consideración en los planes, a una mención bonita en los plenos.
Lo que paraba operaciones de verdad, las que venían con chequera, era otra figura: la protección reforzada.
Y la protección reforzada se reservaba a los negocios familiares en funcionamiento.
Personas físicas, explotación continuada, vínculo de parentesco por consanguinidad o afinidad.
Todo lo demás era papel de fumar: declaraciones de interés, plazos de alegaciones, derecho preferente de tanteo que nadie ejerce porque para ejercerlo hay que tener el dinero que precisamente no se tiene.
Llamé a un antiguo compañero que llevaba años en la administración local y que me debía un almuerzo. Le expuse el supuesto sin nombres, como se exponen los supuestos: manzana, cadena, ordenanza, treinta y un años de local.
—Hugo —me dijo—, si lo que quieres es frenar una agregación con esa ordenanza, entonces necesitas la figura reforzada. Y para la reforzada necesitas familia. ¿Tienes familia?
—Tengo tres socias sin parentesco.
—Entonces tienes un muy buen informe que perderás con dignidad.
Colgó riéndose, porque en la administración te ríes de todo o no duras.
Yo no me reí. Lo probé por los tres caminos y los tres acababan en el mismo muro.
Sin vínculo familiar, la calle del Pez era, jurídicamente, una fila de locales con caseras cansadas y una oferta decente esperando al treinta de noviembre.
A las siete crucé la calle para la segunda visita técnica, la del almacén-oficina de La Media Naranja, que es un cuarto que huele a patata y a papel y que alguien —supe después que Blanca— había organizado con un criterio que yo solo he visto en archivos notariales.
Lucía me esperaba con tres carpetas y la sonrisa de quien ha nacido para una auditoría.
—Pregunte —dijo—. Todo cuadra y lo que no cuadra está anotado en el margen.
Durante una hora me dio cifras de memoria, con la fluidez de una fecha de cumpleaños recitada: facturación de los últimos tres ejercicios, margen por línea de producto, coste de la reforma, fondo comunitario actual («no me lo saque de contexto, que está convaleciente»), años de antigüedad de cada contrato de suministro.
Yo preguntaba despacio y ella contestaba antes de que yo terminara, con esa velocidad específica de las personas que llevan años defendiendo un negocio céntimo a céntimo.
—El verano nos salvó —me explicó, señalando una columna—.
Agosto, terraza, la reforma recién hecha, la fiesta de reapertura.
Septiembre, bien. Pero mire octubre: esta línea de aquí, la que baja, es la previsión si la calle se llena de obra, de ruido o de miedo.
La gente no deja de venir al bar porque el bar cierre; deja de venir porque huele a cierre.
Los bares se mueren antes de morir, igual que los peces.
—¿Cuánto aguantarían en pleito?
—¿Con qué fondo? —Se rio sin gracia—. Le doy el dato redondo: la reforma nos dejó el colchón en un mes y medio de gastos fijos. Un mes y medio. Si esto se pone feo, nosotras no podemos pleitear: podemos aguantar la respiración. Que no es lo mismo, aunque en los periódicos se parece.
Daniel e Irene, me dijo de pasada, llevaban dos días movilizando el grupo de vecinos con audios de tres minutos que nadie escuchaba enteros pero que subían la moral.
Álvaro, el escritor, había ofrecido redactar un manifiesto y llevaba dos días documentándose para el manifiesto, que era, según Lucía, como él hacía todo: primero la documentación, luego la documentación de la documentación, y el manifiesto ya se vería.
—Y ahora dígame —terminó Lucía, cerrando la última carpeta—: ¿tenemos algo?
—Tienen un negocio saneado, una calle con historia y una contabilidad que yo firmaría —dije—. Lo que no tienen, de momento, es parentesco.
—Eso lo tenemos en otro barrio —bromeó ella, y no me hizo gracia a mí tampoco, aunque la respeté.
Entonces apareció Blanca con la documentación del arrendamiento, y ahí ocurrió la cosa pequeña que me estropeó la noche.
Yo citaba de memoria, de pasada, el régimen del arrendamiento mercantil conforme al Código de Comercio, una de esas frases de despacho que se dicen sin pensar porque casi nunca importa.
Ella me dejó terminar, inclinó la cabeza con una cortesía milimétrica y dijo: