Casados por el bar (Las del bar 3) Capítulo dos — El expediente de la calle del Pez
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Capítulo dos — El expediente de la calle del Pez

El doce de octubre, Fiesta Nacional, mi despacho cerraba a mediodía por imperativo del calendario laboral.

A las nueve de la mañana yo ya estaba dentro, con la persiana a medias y el café de la máquina, porque las fiestas nacionales duran veinticuatro horas y los plazos no descansan ni en las suyas.

Sergio apareció a las once, con el periódico bajo el brazo y cara de venir a comprobar un rumor.

—Era cierto —dijo desde la puerta—. ¿Sabes que hay gente que hoy no trabaja? Familias enteras. Lo he visto en la calle.

—Estoy terminando un informe —dije.

—Estás empezando un informe el día de la fiesta nacional —me corrigió—. Llevas la corbata de los martes. ¿Sabes que tienes corbatas por días de la semana? ¿Lo sabes, Hugo?

—Si me pongo la corbata del martes un martes, entonces no tengo que pensar en la corbata —dije—. Se llama eficiencia.

—Se llama algo —concedió él, y se fue a su despacho a no trabajar, que en fiesta nacional es la forma que tienen los socios de respetarse.

Sergio y yo compartimos bufete desde hace once años y una teoría distinta de la vida: él cree que los casos son personas, yo creo que los casos son casos.

Llevamos once años ganándonos el uno al otro en esto, y once años perdiendo los dos, que es lo que suele pasar con las teorías.

Esa mañana, sin embargo, su teoría tenía un punto a favor que yo no pensaba concederle en voz alta: aquel expediente me lo había traído una calle, y una calle, a poco que se mire, son personas.

Yo llevaba yendo a La Media Naranja desde la primavera.

Empecé porque quedaba de camino a todas partes y seguí porque no quedaba de camino a ninguna.

Los martes y los jueves, carpeta bajo el brazo, una hora de lectura en la mesa del rincón, la de la luz escasa y el silencio bueno, que es como me gustan a mí los sitios.

Ningún camarero me preguntó nunca qué leía; la encargada sí, una sola vez, en junio, y cuando le dije «jurisprudencia» me contestó «qué bien, aquí no la ponemos», y no supe hasta dos días después que aquello era un cumplido.

Los bares son así: te cobran el café y te regalan el sitio, y no hay contrato que cubra la diferencia.

Cuando la asociación de propietarios me llamó en septiembre, acepté el encargo con el argumento de que era un asunto de normativa municipal, mi terreno.

Era verdad. También era verdad que el número doce de la calle del Pez era la dirección donde me tomaba los cafés, y que un abogado honesto debería habérselo pensado.

Me lo pensé un minuto. Luego redacté la hoja de encargo con una cláusula de imparcialidad que no me pidió nadie, porque lo que no está por escrito tiende a perderse, y yo llevaba veintiséis años sin dejar que nada importante se perdiera.

Le dediqué la mañana al expediente, que todavía no era un expediente: era una carpeta, una hoja de cálculo y una mala sensación.

La oferta de Fika Iberia estaba encima de mi mesa desde la semana anterior, y mi primer trabajo fue comprobar que fuera lo que parecía.

Pedí comparables a la tasadora de confianza, crucé precios por metro cuadrado con las tres últimas transmisiones del barrio y revisé la letra pequeña con la atención que se reserva a las promesas amables.

El resultado me fastidió: la oferta era decente.

Precio conforme a mercado, incluso un punto por encima en dos de los locales; condiciones de arrendamiento largas para quien prefiriera alquilar antes que vender; ninguna cláusula escondida en la sombra de otra cláusula.

Las ofertas indecentes se contestan solas; son las decentes las que te quitan el sueño, porque hay que contestarlas con argumentos.

La directora de expansión para la zona centro se llamaba Marta Rovira, y en el único correo que habíamos cruzado escribía con una corrección que no necesitaba otra arma.

«Quedamos a su disposición para cualquier consulta.

» Yo he redactado esa frase cientos de veces.

Sé exactamente lo que cuesta escribirla en serio, y ella la escribía en serio.

Lo anoté en el margen: «Rovira — juega limpio. Comprobar en persona.»

Antes de comer, Sergio se asomó con dos cafés de la máquina, lo que en su escala de valores equivalía a una intervención de urgencia.

—A ver —dijo, sentándose sin permiso, que es como se sienta la gente que te aprecia—. ¿Qué tiene tu calle?

—Una cadena nórdica que quiere la manzana entera, una ordenanza municipal escrita con buena voluntad y siete propietarios que se quieren y se desconfían.

—¿Y hay caso?

—Si encuentro una figura jurídica aplicable, entonces hay caso —dije.

—Y si no la encuentras.

—Entonces hay siete conversaciones difíciles y un informe elegante que no servirá para nada.

Sergio se bebió el café mirándome por encima del vaso de plástico.

—¿Sabes qué me gusta de ti? —dijo—. Que llevas once años fingiendo que te da igual. Cuando te dé de verdad, avísame, que quiero verlo.

—Llevo once años fingiendo que te oigo —dije, y él se fue riéndose, que era lo que buscaba, el muy estratega.

Por la tarde hice la ronda de teléfonos que me había propuesto, con el cuestionario delante y la disciplina de los años: las preguntas, si se formulan bien, contestan ellas solas. Mi apertura estándar era una condición simple:

—Si le parece bien, entonces empezamos por lo concreto: ¿ha recibido usted la comunicación de Fika?

Genaro Cuesta, el de la ferretería, recibió mi llamada con el ruido de una sierra de fondo, o quizá es que él respiraba así.

—Recibida —dijo—. Y leída. Y vuelta a leer. Mire, Hugo, yo no soy de los que se emocionan, pero la ferretería da para lo que da, y mis hijos venden tornillos por internet desde Alicante. No digo que venda. Digo que, si el precio es ese, entonces hay que sentarse a mirarlo, ¿no?

—Si el precio es ese, entonces hay que mirar el precio y todo lo demás —dije—. ¿Le puedo citar esta semana?

—Cíteme, cíteme.

Concha, la de la mercería, me atendió entre clienta y clienta, con voz de confesión.

—Yo no he dicho nada a nadie, ¿eh? Pero entre usted y yo: llevo dos inviernos con la ciática y el hilo no se vende como antes. Si esto es una salida digna, Hugo, entonces yo quiero saberlo todo. Pero que no se entere la calle, que aquí todo se sabe antes de pasar.

Felipe, el del estanco, me dejó terminar la primera frase del cuestionario y luego me dijo que él no vendía ni aunque le pusieran la pasta en lingotes, que su abuelo ya vendía sellos en ese mostrador, y me colgó con tanta educación que tuve que revisar si me había colgado.

Hice dos llamadas más. Una al dueño de la frutería, que no cogió, y cuyo contestador decía «si es lo de la oferta, el viernes en la junta», con lo cual mi cuestionario quedó contestado por una grabación.

Otra a la administradora de fincas de la asociación, una profesional eficiente y aburrida, que me confirmó lo único que necesitaba confirmar: los propietarios de los siete locales de la manzana eran personas físicas, ninguno era una sociedad instrumental, y la oferta de Fika cubría la manzana entera.

Fika no venía a por un local. Venía a por la calle.

Las operaciones así tienen nombre en mi oficio: agregación.

En la calle del Pez tenía otro nombre, y lo pronunciaba doña Pilar con la voz temblando: futuro.

Lo apunté todo en la hoja de cálculo, que iba quedando con la forma de un mapa del tiempo: un local en venta segura, ninguno; en venta probable, uno; en duda honesta, dos; en guerra, uno.

Y en la última columna, la de La Media Naranja, escribí «inquilinos — tres socias — sociedad limitada», y me quedé mirando la línea más de lo que la línea se merecía.

A la caída de la tarde hice lo que hago siempre antes de opinar sobre un lugar: fui andando.

La calle del Pez a esa hora tiene dos pisos de vida: el de la acera, con las compras y los niños y las persianas a medio bajar, y el de los balcones, con las macetas y las banderas de equipos que ya no existen.

Pasé por delante de la ferretería y vi a Genaro Cuesta enseñándole a un chaval un tornillo como quien le enseña una medalla.

Pasé por la mercería y vi a Concha cerrando la caja con la lentitud de las cajas que ya no abultan.

En el estanco, Felipe discutía de fútbol con un cliente sin escucharle, que es la manera más alta de discutir de fútbol.

Y en el número doce, La Media Naranja tenía las mesas de fuera llenas y a Irene colgada del marco de la puerta, riéndose de algo con dos clientas, con esa energía de anfitriona que no se puede comprar ni heredar: se tiene o no se tiene.

Me detuve en la acera de enfrente, disimuladamente, como se detienen los abogados, fingiendo consultar el teléfono.

Pensé en la hoja de cálculo. La hoja de cálculo decía: siete locales, una oferta agregada, un plazo.

La acera decía otra cosa: decía que aquello no era una operación inmobiliaria con rótulos, sino un ecosistema con horarios.

Yo llevo quince años redactando contratos sobre sitios así y sé perfectamente que un contrato no cubre ni la décima parte de lo que pasa dentro.

Los contratos son fotos; los sitios son películas.

Mi trabajo consiste en que las fotos salgan nítidas, y a veces, solo a veces, la película me da vergüenza de la foto.

Seguí andando hasta el metro con la libreta en el bolsillo y sin anotar nada, porque había cosas de aquel paseo que no sabía cómo poner en columnas.

El miércoles por la mañana fui a ver a doña Pilar Ordóñez a su ático, que es donde las caseras de verdad reciben: en el territorio de sus cortinas.

Me hizo pasar, me puso un café que no pedí y me enseñó, antes de sentarse, la vista desde la terraza: toda la calle del Pez puesta en fila, con los toldos como una fila de labios apretados.