Capítulo uno — El hombre de las condiciones #3
—Si la normativa municipal se aplica tal como está redactada, entonces existen mecanismos de protección para el comercio de proximidad —dijo—.
Si un negocio acredita determinados requisitos, entonces esos mecanismos se refuerzan.
Estoy en la fase de averiguar qué reúne cada local. De momento es solo eso.
—¿Y si un local no reúne los requisitos?
—Entonces buscaré otros requisitos.
—¿Y si no los hay?
Me miró por encima de la taza, y tardó lo que tarda en decidirse una honestidad.
—Si no los hay, entonces se lo diré —dijo—. Antes que a nadie.
—Eso vale más que muchas promesas que he oído yo detrás de esta barra —le dije—. Que conste.
—Constará —dijo. Y añadió, con la cara más seria del mundo: —Lo dice la cláusula primera del bar.
—La cláusula primera del bar es no fiar —le corregí—. La segunda es que el reloj adelanta tres minutos.
No era una respuesta tranquilizadora, pero era una respuesta, y aquella semana ya era más de lo que teníamos. Pagó exacto, contó la propina en sus monedas ordenadas, se echó la carpeta al hombro, y en la puerta se detuvo un instante.
—Los tres minutos del reloj —dijo—. No se los cambie. Conviene que alguien en esta calle vaya por delante de la hora.
Y se fue, dejándome con la sensación incómoda de que me acababan de hacer un cumplido con forma de dictamen.
A las nueve llamé a doña Pilar Ordóñez: nuestra casera, presidenta de la asociación de propietarios y dueña de medio edificio, incluido el techo bajo el que yo pagaba mi alquiler y las cortinas que yo misma le había ayudado a descolgar para la reforma.
Me contestó al tercer tono con una voz que llevaba toda la tarde ensayando la conversación.
—Hija, ya me imagino por qué llamas.
—Pilar, la carta.
—Es que hay que pensar en el futuro, Blanca. Yo tengo sesenta y ocho años y una cadera que no perdona, y el precio que ponen encima de la mesa… bueno, el precio es el precio. No digo que sí. Digo que hay que escuchar. El viernes hablamos, ¿vale? El viernes hablamos todos.
—El viernes —repetí.
—Y dile a Irene que no me mande más audios, que me pone de los nervios.
Colgó. Me quedé con el teléfono en la mano mirando la barra como si la barra pudiera explicarme algo. Mi casera no había dicho que sí. Mi casera había dicho «el precio es el precio», que es como se dice que sí cuando todavía no se ha encontrado la manera.
Le mandé a Irene un mensaje al grupo de las tres, el que se llama «Las del bar» y que funciona como consejo de ministros, botiquín y salón de té.
Escribí: «Pilar dice que hay que escuchar.
Traducción: el precio le gusta. El viernes hay que llegar con deberes.
» Irene contestó con tres puños y una bandera.
Lucía contestó con un número: el dinero que nos quedaba en el fondo comunitario después de la reforma, que era un número que cabía en una línea y sobraba espacio.
Me fui a casa andando despacio, con las cartas repasadas en la cabeza y una frase de la carta de Fika dándome vueltas, esa de «barrios consolidados con identidad», que es una manera preciosa de decir que vienen a comprar lo que a otros nos costó la vida.
Cerramos a las once. Lucía se quedó a cuadrar el día y yo me quedé con ella, porque hay noches en las que irse a casa es solo cambiar la inquietud de sitio. Irene no se fue tampoco: se puso a fregar vasos que ya estaban limpios, su forma particular de meditar.
—Podemos hacer una recogida de firmas —decía—. Una cena de barrio. Una pancarta. Algo con las escuelas.
—Una recogida de firmas cuesta cero euros y mueve cero leyes —contestaba Lucía—. Una cena de barrio, mil doscientos. Una pancarta, ochenta. Las escuelas, gratis, pero luego hay que devolver los favores. Sigo prefiriendo luchar con factura.
Sobre la mesa de las cuentas, Lucía imprimió lo que la asociación había reenviado esa tarde: un extracto de la normativa municipal de protección del comercio de proximidad, cuatro folios de letra pequeña con una sola línea subrayada en amarillo fluorescente.
La leí dos veces. La tercera la leí en voz alta:
«…podrán acogerse al régimen reforzado de protección los negocios familiares en funcionamiento, entendiéndose por tales aquellos explotados de forma continuada por personas físicas vinculadas entre sí por parentesco de consanguinidad o afinidad…»
—Negocio familiar —dijo Lucía—. En funcionamiento. Nosotras funcionamos, eso desde luego.
—Pero no somos familia —dije.
Irene, que fregaba vasos con la furia de quien friega enemigos, se secó las manos en el delantal y vino a leer el papel por encima de mi hombro.
—Salcedo —dijo, señalándose. Luego a Lucía: —Fernández. Luego a mí: —Roldán. Ni un apellido se toca con otro ni de casualidad. Tres solteras con una sociedad limitada. ¿Eso es lo único que nos protege, un apellido?
—De momento —dijo Lucía—, es lo único que han subrayado.
Recogí la hoja, la doblé en cuatro con cuidado, siguiendo las líneas por donde ya venía doblada, y me la guardé en el bolsillo del delantal, contra la costilla, en el sitio donde suelo llevar las notas de los pedidos.
Aquella noche bajé la persiana más despacio de lo normal, para que no sonara a portazo.
Las cosas que uno quiere no se cierran de golpe.
Aquello no había terminado.