Casados por el bar (Las del bar 3) Capítulo uno — El hombre de las condiciones #2
4%

Capítulo uno — El hombre de las condiciones #2

Hubo un momento, sobre las tres, en que la sala se quedó en esa media hora blanda en la que no pasa nada y se nota todo.

Irene y Lucía discutían en la cocina con la puerta entreabierta, de esa manera en la que se discute entre amigas de toda la vida, a medias y a carcajadas.

Beni dormitaba sobre el libro de las cuatro estrellas.

Paco y Marisa se habían ido cogidos del brazo, dejando la cartelera sin resolver.

Yo repasé las cartas una vez más, despacio, con el bolígrafo quieto entre los dedos.

Lo que más me llamó la atención no fue lo que decían, sino lo que no decía ninguna de las dos: ni la palabra obligación, ni la palabra urgencia, ni una sola amenaza.

Todo venía escrito con esa cortesía impecable de las cosas que no necesitan levantar la voz porque traen el dinero por delante.

Yo conozco esa cortesía. La he visto ganar.

—No me gusta —le dije a Lucía cuando salió de la cocina—. Lo que menos me gusta es lo bien escrito que está.

—Eso es que es grave —dijo ella, y se guardó las cartas en la carpeta azul de las cosas graves.

Por la tarde, con la sala ya vacía y las sillas medio recogidas, hice mi ronda de teléfonos, que es como declaro yo las guerras: en voz baja y con bolígrafo.

Al distribuidor de la cerveza le pregunté por el contrato de diciembre y me dijo que todo seguía igual, «aunque por la calle se comentan cosas».

La tostadora del café, doña Elvira, me juró por sus tostadores que a ella nadie le había ofrecido nada, y me colgó demasiado deprisa para ser inocente.

El de los vinos me mandó un audio de cuatro minutos del que aproveché el primer minuto y la despedida.

Lo apunté todo: tres proveedores, tres «de momento nada», y una calle entera rumoreando por las juntas de los toldos.

A las siete menos cuarto se abrió la puerta y entró el abogado del rincón.

Lo llamaba así desde la primavera, cuando empezó a aparecer por el bar los martes y los jueves, con una carpeta bajo el brazo y una manera de sentarse que no ocupaba sitio.

Pedía poco, leía mucho, pagaba exacto, dejaba la propina en monedas ordenadas de mayor a menor, que es un detalle que solo notan las personas que también ordenamos monedas.

Ya me había dado su tarjeta una noche de septiembre, la de la fiesta de la reforma, con una formalidad que casi me hizo reír: Hugo Mendieta, abogado.

Como si las tarjetas de visita no fueran un género literario menor.

Hoy no fue a su rincón. Hoy vino directo a la barra, con la carpeta pegada al costado y el paso de un hombre que ya ha cruzado un umbral mental antes de cruzar el de la puerta.

—Buenas tardes —dijo—. Si la leche está por debajo de sesenta y cinco grados, entonces con leche. Si no, solo.

Le miré. Él me miró, paciente, esperando a que cargara un formulario.

—Son las siete menos cuarto —dije—, la leche está a sesenta y dos grados, y usted lleva seis meses pidiéndome el café en condicional. Hoy se lo perdono porque me ha hecho ilusión, pero le aviso de que en esta casa el condicional se cobra aparte.

Le serví el café con leche y, mientras lo dejaba delante de él, le hice, con su permiso, tres observaciones.

—La primera —dije—: pide usted las cosas como se redactan las cláusulas, y eso, en un bar, es una forma de cariño que no sé si me atrevo a aceptar.

La segunda: ha entrado usted, ha mirado mi reloj de pared, luego el suyo, y ha vuelto a mirar el mío.

Adelanta tres minutos desde siempre; si venía a fiscalizar la hora, se los regalo.

La tercera: desde que ha cruzado la puerta no ha mirado el bar como se mira un bar, con hambre, o con sed, o con ganas de no irse a casa.

Lo ha mirado como se miran los metros cuadrados.

Él se tomó un segundo. Luego hizo una cosa que no me esperaba: asintió dos veces.

—La segunda y la tercera, concedidas —dijo—. La primera se la discuto: no es una cláusula, es eficiencia. Si la temperatura define la textura, entonces la temperatura es la única variable que importa.

—Concedido a medias —dije—. Pero que conste que se ha defendido usted de decir «si… entonces…» diciendo «si… entonces…».

—Eso no lo niego.

Bebió un sorbo, aprobó con un movimiento de cejas que en él debía de equivaler a una ovación, y luego sacó de la carpeta una hoja impresa que dejó sobre la barra como se coloca una pieza en un tablero.

—La asociación de propietarios de la calle me ha contratado para estudiar el asunto —dijo—. Ya les dejé mi tarjeta en septiembre, la noche de la fiesta. Hoy vengo en esa calidad: primera toma de contacto. Tres preguntas, si les parece.

—Pregunte.

—¿Cuánto tiempo lleva abierto este local?

—El local, desde mil novecientos noventa y seis, cuando lo abrió el tío Ramón. El nombre viene de entonces; Irene recogió el bar con nombre y todo hará tres años, y aquello quedó en casa. La cafetera es de la semana pasada, por si también la necesita para el expediente.

Anotó. Ni una sonrisa: la broma se la llevó puesta en silencio, que es donde se llevan las bromas los hombres serios.

—¿Quién ostenta la titularidad del negocio?

—Una sociedad. Tres socias a partes iguales: Irene, Lucía y yo.

—¿Existe algún vínculo de parentesco entre las tres?

—Ninguno —dije—. Nos une el bar.

Anotó también eso, y juraría que la letra se le puso más despacio, con el peso de una respuesta que acababa de estropearle una columna entera de la hoja.

—¿Y el local? —preguntó—. ¿El arrendamiento?

—A nombre de Irene. Lo renovamos en primavera, cuando lo de la reforma. La propietaria es doña Pilar Ordóñez, que es también la presidenta de la asociación que le ha contratado, así que ya sabe usted dónde tocar primero.

—Ya —dijo, y por primera vez le vi algo parecido a una mueca, un movimiento mínimo de la comisura que en otro hombre habría sido una carcajada—. Sí. Ya lo sé.

—¿Necesita ver el local? —le ofrecí, porque la curiosidad también se sirve por raciones—. Puedo enseñarle el almacén, si eso ayuda a su expediente.

—Ayudaría —dijo, y recogió su hoja.

Le enseñé el bar como se enseña una casa a un perito, que era lo que aquello era, aunque ninguno de los dos lo dijera así.

El almacén, con sus estanterías numeradas y el saco de patatas de esta semana.

La cámara, que Lucía había forrado de etiquetas en la reforma.

El reservado pequeño, donde el tío Ramón todavía viene a echar la siesta los martes, aunque ya no figura en ningún papel.

Él miraba, anotaba, preguntaba metros y años; yo respondía metros y años.

En un momento dado se detuvo delante de la estantería de los vinos, la de detrás de la barra, y miró el estante de abajo, donde guardo las carpetas de los albaranes, con tanta atención que tuve que decirle:

—Las facturas no se beben, señor Mendieta.

—Lo sé —dijo, sin volverse—. Por eso las miro.

Cuando volvimos a la barra, el café se le había quedado frío y no se quejó, lo cual me pareció el dato más preocupante de toda la visita.

—¿Qué significa la carta? —le pregunté yo, porque a las preguntas serias se les responde con preguntas serias y con café.

Apoyó la taza en el platito con precisión de notario.