Casados por el bar (Las del bar 3)
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Capítulo uno — El hombre de las condiciones
El lunes once de octubre empezó, como empiezan casi todas las desgracias en un bar, con una disculpa.
—Perdona, Blanca, que el horno se me ha vuelto loco —dijo Ismael, el del obrador, en cuanto descolgué—. Te subo las barras a las once y media en vez de a las diez.
—A las once y media el pan ya no es desayuno, Ismael, es historia reciente —le dije—. Pero tráelas, y no se te ocurra cobrarme el porte.
Colgué antes de que prometiera algo más, porque las promesas de Ismael tienen la mala costumbre de llegar también con retraso.
Eran las ocho y nueve según el reloj de la pared, que adelanta tres minutos desde antes de que yo conociera esta casa y que es, con diferencia, el miembro más optimista de la plantilla.
Abrí la persiana hasta la mitad, que es como se abren los lunes: con prudencia.
La calle del Pez estaba todavía fría, con esa luz de octubre que parece recién fregada, y el toldo de la mercería de enfrente goteaba rocío sobre la acera.
Puse la cafetera, conté la caja, repasé la libreta de espiral donde apunto los pedidos desde mi primera semana y que ya no se imagina otra vida.
La Media Naranja olía a lo de siempre: a café, a madera vieja, a la cera con la que Encarna deja el suelo los domingos.
Hay bares que se heredan y bares que se inventan; el nuestro se heredó, y se nota en que todo pesa un poco más de lo que pesa: la barra, el reloj, las sillas, la manera de decir buenos días.
El local lo abrió el tío Ramón en mil novecientos noventa y seis, cuando Malasaña todavía era un barrio que se peinaba poco, y lo dejó en manos de Irene cuando las fuerzas le empezaron a fallar más que las ganas.
Irene trajo a Lucía porque alguien tenía que entender las cuentas, y Lucía me trajo a mí porque alguien tenía que entender todo lo demás: los proveedores, los horarios, las bajas, las altas, el vino que se acaba un sábado y el camarero que se enamora una primavera.
Así se reparten los bares y las vidas: una pone la cara, otra pone los números, y la tercera pone la calma.
Yo pongo la calma. Es un trabajo que no aparece en ningún contrato y que sostiene todos los demás.
A las ocho y media, puntual como un parte médico, entró Beni con su libro bajo el brazo y se plantó en la mesa de la ventana sin pedir nada, porque hace años que pedir es un trámite que Beni y yo nos ahorramos.
Su taza, la suya, la del asa soldada que solo yo sé dónde se guarda —el vaso es cosa de la tarde, y desde la reforma cuelga de su propio gancho—, ya estaba esperándole en la rejilla, y yo se la llevé con el cortado de siempre.
—El de anoche —dijo, enseñándome la contraportada del libro como se enseña una radiografía—. Previsible. El culpable es el mayordomo, que ya podían inventarse otra cosa los escritores de hoy. Tres estrellas, y las doy por la encuadernación.
—Apuntado —dije, aunque no había nada que apuntar. Beni lleva su propio registro y es de temer.
A la una en punto llegaron Paco y Marisa, los del vermut de la ventana, con el periódico repartido por secciones como un tratado de paz: ella, economía y cultura; él, deportes y sucesos; la cartelera se negocia cada día a las una y veinte.
Cuarenta y pico de años de matrimonio, me contaron una vez, y jamás una sección de más.
Yo los miro desde la barra con admiración profesional: yo también gestiono recursos escasos para vivir.
Aquello era reparto de suministros, y de altura.
Les serví los vermuts y una ración de boquerones que Marisa dijo que no iba a probar y que probó cuatro veces. La sala respiraba su lunes habitual. Y entonces llegó el cartero, y con él, el resto de la semana.
Las cartas entraron coladas por la ranura junto con un folleto de pizarras y una factura de la luz. Dos sobres serios. Los sobres serios se reconocen al tacto, igual que se reconoce a la gente que viene a pedirte fuego y a la que viene a pedirte la vida: por el gramaje.
Los abrió Irene, porque Irene abre todo lo que se pone a su alcance: puertas, botellas, debates. Leyó el primero en voz alta, de pie detrás de la barra, con una mano en la cadera y el delantal todavía puesto.
—«Junta extraordinaria de la Asociación de Propietarios de la Calle del Pez… orden del día único: comunicación de ofertas de adquisición y arrendamiento de locales comerciales…» —Levantó la vista—. ¿Ofertas? ¿En plural?
El segundo sobre llevaba el membrete de una empresa llamada Fika, con una letra redonda y amable, de esas que parecen diseñadas para que no puedas enfadarte con ellas. Irene lo leyó también en voz alta, y con cada línea la voz se le fue poniendo más fina:
«Estimados señores: En nombre de Fika Iberia nos dirigimos a ustedes para manifestarles nuestro interés en los locales comerciales de su calle, dentro de nuestro plan de expansión en barrios consolidados de Madrid…
La oferta económica que se adjunta se ha elaborado conforme a valoraciones independientes de mercado, y creemos sinceramente que resulta competitiva…
Nos comprometemos a mantener un diálogo abierto y respetuoso con todos los propietarios…
El plazo orientativo de la presente propuesta finaliza el 30 de noviembre de 2027…
Quedamos a su disposición para cualquier consulta que deseen plantearnos. »
Hubo un silencio de los que huelen a café recién hecho y a problema.
—Fika —dijo Lucía, frunciendo el ceño hacia el membrete—. La de las tazas de porcelana gorda y la canela por todas partes. Abrieron uno en primavera dos puertas más allá, ¿no? El de la esquina de la Palma.
—Ese —dijo Irene—. El que tiene cola los domingos y nombres impronunciables en la carta.
—Pues la tal Fika —continuó Lucía, que ya tecleaba en el móvil con la velocidad que solo se adquiere cuadrando años fiscales— es una cadena nórdica con…
espera… cuarenta y tantos locales en España y planes de crecer en «barrios consolidados con identidad».
Traducción de Lucía: barrios como el nuestro, donde el alquiler todavía no duele lo suficiente.
Y no es la primera vez que preguntan por la calle: en primavera ya anduvieron oliendo los locales, me lo contó Concha, la de la mercería, que no sabe guardar un secreto ni cosido.
—¿Y quién vende? —preguntó Irene—. ¿Quién de esta calle vende?
—De eso se trata —dije yo—. De averiguar quién vende antes de que lo haga.
—No —dijo Irene. Y luego, con más vocabulario: —No, no y no. Esto no. Este bar no se vende. Esta calle no se vende. Que vengan y me lo digan a la cara. Que vengan ahora mismo.
—Vienen el viernes —dijo Lucía, que ya había encontrado en el sobre de la asociación la convocatoria y la leía con su cara de cuadrar cuentas—.
Junta extraordinaria, viernes quince, ocho de la tarde.
Y antes de que declares la guerra, que te veo venir desde el martes pasado, te recuerdo los costes.
Uno: la reforma dejó el fondo comunitario en hueso.
Dos: nosotras estamos en verde por los pelos y en agosto respiramos gracias a la terraza.
Tres: una batalla legal son horas de abogado que se cobran a precio de gamba en diciembre.
Yo no digo que no luchemos. Digo que luchemos con factura.
—¿Y tú? —Irene se giró hacia mí—. ¿Por qué no dices nada?
—Porque estoy haciendo inventario —dije, y era verdad: estaba contando sobres, remitentes, plazos, esquinas dobladas. Las cosas que se pueden contar no dan miedo. Dan otra cosa, más fría, pero no miedo.
El móvil de Irene sonó encima de la barra con el altavoz puesto, porque Irene considera que la privacidad es un invento posterior a ella.
«Atención —dijo la voz de Daniel, pausada, de hombre que numera las ideas mientras se ducha—. Definición de crisis: un proyecto del que todavía no tenemos los requisitos. Primer paso: delimitar el perímetro. Segundo paso: inventario de actores afectados. Tercer paso: no gritéis. Os quiero. Cuelgo.»
—¿Veis? —dijo Irene, radiante, señalando el teléfono como si acabara de sonar un himno—. Hasta mi novio lo tiene claro.
—Tu novio ha dicho que no gritemos —apuntó Lucía—. Por un mensaje de voz. Que nos ha mandado desde la ducha.
—Los genios no eligen dónde les llegan las ideas.
En la mesa del fondo, la de la esquina con la buena luz y el enchufe, Álvaro llevaba toda la mañana escribiendo con la intensidad de un hombre que apaña un grifo: mucho ruido, poca agua.
Se había traído el portátil, tres libros de consulta y su cara de novelista en horario de oficina, y a esas alturas de la mañana había producido, según mis cálculos profesionales de encargada de suministros, dos cafés, un pincho de tortilla y cero páginas.
—No me miréis —dijo, sin levantar la vista de la pantalla—. Estoy en fase de documentación.
—Lleva tres semanas documentándose —me informó Lucía en voz baja, de paso con una bandeja—. El libro del verano sí lo entregó, ese salió. El que toca ahora no. El que toca ahora no quiere ni saludarle.
—Os oigo —dijo Álvaro.
—Te queremos —remató Lucía, de paso con la bandeja, que era lo más parecido a un abrazo que cabía en aquella mañana.
Hice lo que sé hacer cuando el mundo tiembla: el turno de comidas.
Veinticuatro cafés, once cañas, siete menús, un vermut que volvió dos veces porque Marisa insistía en que no quería otro.
Atendí a Beni, que había cambiado de libro y me anunció que el nuevo era «mucho mejor, cuatro estrellas, pero el final no se lo cree ni el autor».
Anoté en la libreta que el pan de Ismael había llegado a las once y cuarenta y que mañana le cobraría yo el porte, a ver si había suerte.
Las cosas pequeñas aguantan a las grandes: eso lo aprendí antes de aprender casi todo lo demás que sé.