Casados por el bar (Las del bar 3) Capítulo cuatro — Cláusula séptima #3
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Capítulo cuatro — Cláusula séptima #3

Por la tarde, Blanca y yo bajamos a la sala a lo que Irene llamó «primera comparecencia pública de la pareja», que consistía en entrar juntos por la puerta, sentarnos en una mesa y pedir dos cafés, ante la audiencia de siempre.

Beni, Paco y Marisa estaban en la mesa de la ventana con algo preparado: tres cartulinas dobladas por la mitad, hechas, según pude ver, con las sobrecubiertas de los libros que Beni había condenado a tres estrellas.

—Silencio —dijo Beni, aunque nadie hablaba—. Primera evaluación.

Nos sentamos. Blanca me preguntó por mi día; yo le pregunté por el suyo; hubo un silencio de pareja; ella me quitó una pelusa imaginaria de la solapa con una naturalidad que noté en el estómago antes que en la cabeza.

Y entonces las tres cartulinas se alzaron a la vez, como en las olimpiadas de mi infancia.

—Seis —dijo Paco.

—Siete —dijo Marisa—. La pelusa me ha gustado.

—Cuatro —dijo Beni, implacable—. El abogado mira demasiado la puerta. Nadie enamorado mira la puerta. Y ella ha pedido el café sin consultarle, que eso está muy bien, pero es de matrimonio de veinte años, no de novios. Falta coherencia del personaje.

—¿Personaje? —pregunté.

—Aquí no se apuesta nada —dijo Beni, ofendido, señalando las cartulinas—. Esto es crítica. El arte no se apuesta: se puntúa. Llevo cuarenta años puntuando novelas en esta mesa; ahora punto ustedes dos, que dan más juego.

—Es un cuatro generoso —añadió Marisa—. La pelusa, repito, me ha gustado.

Blanca sostuvo la evaluación serena, que ha pasado por cosas peores, y se limitó a pedirle al jurado, muy amablemente, que constara en acta su disconformidad con el criterio de la puerta. Yo pensé en mi cláusula sexta. «Convivencia verosímil.» Un seis, un siete y un cuatro. Teníamos trabajo.

Hubo segunda ronda, porque Marisa exigió segunda ronda, que en su casa la democracia funciona así.

Esta vez Blanca me sirvió el café ella misma, con leche, sin preguntar la temperatura, y me lo plantó delante con la familiaridad de los años; yo, obedeciendo un impulso que solo después identifiqué como pánico escénico, le acerqué el azucarero antes de que lo pidiera.

—Siete —dijo Paco.

—Ocho —dijo Marisa—. El azucarero ha sido bonito.

—Cinco y medio —dijo Beni—. El azucarero estaba ensayado. Se nota en la muñeca. Pero remontan.

—¿Cómo sabe que estaba ensayado? —pregunté.

—Porque nadie acerca un azucarero con tanta decisión —dijo Beni—. El cariño de verdad es torpe, caballero. Apúnteselo.

Me lo apunté. En la libreta secreta, la de la última página, escribí: «El cariño de verdad es torpe.

» Y debajo, sin saber muy bien por qué: «Nosotros no tenemos ese problema.

» Y luego lo taché también, porque últimamente tachaba más de lo que escribía, y eso, en mi oficio, es el primer síntoma de un mal expediente.

A las diez me llamó doña Pilar. Lo hizo desde su ático, a juzgar por el eco de las tejas.

—¿Es verdad que ya está firmado? —preguntó, sin saludar.

—Está firmado un acuerdo previo —dije—. El acto registral es el veintinueve.

—Ay, Hugo. ¿Y esto va a bastar?

—Si la administración reconoce la figura, entonces la operación pierde interés para la cadena —dije—. Es la mejor vía que existe, doña Pilar. La única, le diría.

Hubo un silencio de tejas.

—Entonces yo aguanto —dijo—. Digo que no vendo, de momento. Pero me lo debe, ¿eh? Me lo debe usted y me lo debe esa chica, que se está casando por mí, no nos engañemos, por mí y por mis cortinas. Cuídela. Cuídela usted mucho.

Colgó antes de que pudiera contestarle que el cuidado no estaba en ninguna cláusula.

Miré el teléfono. La cláusula quinta regulaba la salida; la sexta, la convivencia; la séptima, el corazón, supuestamente.

Del cuidado no decía nada ninguna. Me fui a casa pensando en cómo se redacta una obligación que no admite redacción, y llegué sin solución, que es un trayecto que los abogados hacemos más de lo que confesamos.

Aquella noche no dormí. Lo achaqué al café de las nueve, que era la explicación razonable, hasta que a las tres de la mañana me encontré releyendo mentalmente el acuerdo, cláusula a cláusula, como se repasa una escritura antes de firmarla, solo que esta ya estaba firmada, y por mí.

La tercera estaba bien. La sexta, invasiva pero necesaria.

La séptima, la broma que ya había puntuado Beni sin saberlo.

La octava era la que no me dejaba. «El presente acuerdo no constituye promesa afectiva alguna.

» La había escrito de un tirón, sin tachones, la cláusula más limpia del documento, y al escribirla no había sentido nada que excluir: ninguna promesa que retirar, ningún afecto que poner a cubierto, nada.

Cero. Se redacta mejor contra el cero que contra cualquier otra cosa.

El problema era que, después de firmar, ya no era cero.

Era una cantidad pequeña, sin nombre todavía, del tamaño de una pelusa imaginaria en una solapa, o de un azucarero acercado antes de tiempo.

Y las cláusulas redactadas contra el cero no sirven cuando aparece una cantidad: se lo digo yo, que llevo quince años escribiéndolas, y que aquella noche, por primera vez en quince años, no supe qué artículo invocar contra mi propia firma.