Casada en Secreto con el Heredero del Desierto 3 - Conversaciones Después de Medianoche
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3 - Conversaciones Después de Medianoche

Durante los cuatro días siguientes, Marina Duarte se volvió extraordinariamente eficiente en no estar donde Amir Al-Rashid esperaba encontrarla.

Empezó a tomar café unos minutos antes, almorzaba con otros restauradores y trasladó parte de su trabajo a una pequeña sala de análisis situada en el extremo opuesto del ala histórica.

Cuando Amir aparecía para preguntar por alguna obra, Marina encontraba una manera perfectamente educada de responder únicamente lo necesario.

No era un intento infantil de castigarlo.

Al menos, eso era lo que se repetía a sí misma.

Simplemente había comprendido que se estaba acercando demasiado a un hombre cuya vida parecía haber sido organizada mucho antes de su llegada.

Y Marina conocía suficientemente bien su propia dignidad como para no desear el papel de distracción temporal de un príncipe.

Amir percibió el cambio al segundo día. Al tercero, ya no podía fingir que se trataba de una coincidencia.

Marina había dejado de bromear sobre su café, no hacía preguntas que prolongaran las conversaciones y ni siquiera levantaba la mirada ante algunos de sus comentarios.

Podría haberle preguntado directamente qué había ocurrido, pero el orgullo se lo impidió.

Durante toda su vida, Amir había estado acostumbrado a que las personas buscaran su atención, no a que se la retiraran.

La ausencia de la curiosidad de Marina debería haber facilitado su rutina.

En cambio, comenzó a irritarlo de una manera que no conseguía explicar.

Durante una reunión sobre inversiones portuarias, se descubrió recordando la mirada de ella en el jardín aquella noche.

Fue entonces cuando comprendió. Marina había visto a Samira.

Y había sacado sus propias conclusiones.

Aquella tarde, Amir entró en la sala principal de restauración y encontró únicamente a dos profesionales trabajando.

Preguntó casualmente dónde estaba Marina.

Uno de ellos le informó que había llevado algunos registros al laboratorio de análisis.

Amir agradeció la información y permaneció unos segundos frente a la pintura restaurada, como si aquel fuera realmente el motivo de su presencia.

No fue a buscarla. Sin embargo, aquella misma noche, mientras atravesaba un pasillo después de una reunión con ministros, divisó a Marina a lo lejos llevando una carpeta.

Ella también lo vio. Durante un instante, Amir creyó que se detendría.

Marina se limitó a inclinar respetuosamente la cabeza.

—Alteza.

—Señorita Duarte.

Ella continuó caminando.

Amir permaneció inmóvil en el pasillo, observándola alejarse con una sensación completamente nueva: frustración por haber sido tratado exactamente como un príncipe.

Al quinto día, el cielo de Zafira cambió.

Desde primeras horas de la tarde, una neblina amarillenta comenzó a aparecer en el horizonte, borrando gradualmente el intenso azul que Marina se había acostumbrado a observar desde las ventanas.

Los empleados locales reconocieron inmediatamente las señales de una tormenta de arena e iniciaron los procedimientos para proteger las zonas más sensibles del palacio.

Las puertas exteriores fueron cerradas, los sistemas de ventilación ajustados y algunos trabajadores recibieron autorización para marcharse antes.

Marina decidió quedarse. Necesitaba terminar la documentación de una serie de pruebas y creyó que tendría tiempo suficiente antes de que la tormenta se intensificara.

Dos horas después, cuando finalmente miró por la ventana, comprendió su error.

El mundo había desaparecido detrás de una pared de color cobrizo.

El viento golpeaba las estructuras exteriores con un sonido grave y continuo, semejante al rugido lejano del mar.

La arena arañaba los cristales reforzados, formando pequeñas ondas doradas que recorrían la superficie antes de desaparecer.

Marina estaba sola en la sala de análisis cuando recibió la información de que nadie debía atravesar las zonas abiertas del complejo hasta que las condiciones mejoraran.

Algunos integrantes del equipo permanecerían alojados en aquella ala durante unas horas.

Ella aceptó la noticia sin preocupación.

Había comida, agua, sofás y, sin duda, lugares peores en el mundo donde quedarse atrapada que un palacio.

Preparó una taza de café y regresó a los informes.

Era casi medianoche cuando oyó pasos en el pasillo.

Amir apareció en la puerta vestido con una túnica tradicional blanca bajo una prenda exterior oscura, muy diferente de los atuendos formales que Marina solía verlo llevar durante el día.

Parecía cansado. Su cabello estaba ligeramente desordenado y no había asesores a su alrededor.

Sostenía una carpeta fina en una mano y una taza en la otra.

Cuando vio a Marina sentada frente a la mesa, se detuvo.

—¿Todavía estás aquí?

—La tormenta no me preguntó si tenía planes.

Amir miró hacia la ventana.

—Rara vez pregunta.

Marina estuvo a punto de sonreír, pero volvió la mirada al informe.

Amir debería haber seguido caminando. En cambio, entró.

Dejó la carpeta sobre una mesa distante y se acercó a la ventana.

Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.

El ruido del viento llenaba los silencios, acompañado por el discreto zumbido del sistema de climatización.

Marina intentó continuar leyendo, pero ya no asimilaba una sola palabra.

Amir estaba demasiado cerca para ser ignorado y demasiado lejos para que aquella tensión pareciera razonable. Finalmente, él se volvió.

—¿He hecho algo?

Marina levantó la mirada.

—No.

—Eres una pésima mentirosa.

—¿Eso debería ser un cumplido?

—Teniendo en cuenta las personas con las que convivo, probablemente.

Ella cerró lentamente la carpeta.

—Tal vez simplemente haya entendido mejor cuál es mi lugar aquí.

La expresión de Amir cambió.

Acercó una silla, pero no se sentó inmediatamente.

—¿Y cuál sería?

—Restauradora contratada por unos meses. Extranjera. Empleada del palacio.

—Nunca te he tratado como si fueras solamente eso.

—Tal vez ese sea exactamente el problema.

Amir finalmente se sentó frente a ella. Marina sintió que el corazón se le aceleraba, irritada consigo misma por permitir que su presencia produjera aquel efecto.

Durante unos segundos, Amir pareció buscar las palabras adecuadas.

Era extraño verlo dudar. Aquel era un hombre entrenado para pronunciar discursos ante ministros y negociar con representantes extranjeros, pero parecía no saber cómo iniciar una conversación con ella.

—Es por Samira.

No fue una pregunta.

Marina apartó la mirada.

—Tu vida personal no es asunto mío.

—Entonces, ¿por qué estás evitando hablar conmigo?

—Porque quizá estaba olvidando que tu vida personal no es asunto mío.

El silencio que siguió fue interrumpido por una ráfaga más fuerte contra los cristales. Amir permaneció inmóvil. Marina respiró profundamente y decidió que prefería unos minutos de incomodidad a semanas de ambigüedades.

—Los vi juntos. Vi cómo la recibió tu familia. No necesitas explicarme nada, Amir. Nosotros no tenemos nada.

Era la primera vez que pronunciaba su nombre sin ningún título desde que había descubierto su identidad.

Amir lo notó.

—No estoy comprometido con Samira.

Marina volvió a mirarlo.

—¿No?

—No.

—Pero tu familia espera que lo estés.

Él no respondió inmediatamente.

La respuesta estaba en el silencio.

Amir se levantó y caminó hasta una pequeña mesa donde había una botella de agua.

Se sirvió lentamente antes de explicar que la familia Al-Karim mantenía relaciones con los Al-Rashid desde hacía generaciones.

La unión entre ambos podía consolidar acuerdos comerciales, fortalecer alianzas regionales y ofrecer al Consejo aquello que consideraba una sucesión previsible.

Samira había sido educada desde muy joven para comprender las responsabilidades de una familia real.

Era respetada, inteligente y conocía perfectamente las costumbres de Zafira.

En otras palabras, poseía todo aquello que los hombres sentados alrededor de una mesa consideraban necesario en una futura esposa para el príncipe heredero.

—¿Y tú? —preguntó Marina—. ¿Qué crees que es necesario?

Amir sostuvo su mirada.

—Nadie suele preguntármelo.

La sencillez de la respuesta desarmó a Marina. Apoyó los brazos sobre la mesa.

—Tienes treinta y cinco años. ¿No puedes simplemente decir que no?

Amir soltó una respiración baja.

—Puedo.

—Entonces dilo.

—¿Y después?

Marina frunció el ceño.

Amir volvió a sentarse y, por primera vez, explicó la situación sin el lenguaje cuidadosamente preparado que utilizaba en público.

Si rechazaba formalmente la unión sin presentar ninguna alternativa aceptable, no solo desagradaría a su padre.

Habría consecuencias para una alianza entre dos casas, para negociaciones económicas en curso y para grupos dentro del propio Consejo que ya cuestionaban determinadas reformas que Amir pretendía realizar cuando asumiera el trono.

Su matrimonio era considerado una cuestión de Estado.

Incluso la ausencia de un futuro heredero se discutía en reuniones.

Nadir, su primo y segundo en la línea de sucesión, ganaría influencia entre los sectores más tradicionalistas si Amir era visto como alguien dispuesto a anteponer sus deseos personales a la estabilidad de la dinastía.

Marina permaneció en silencio.