Capítulo 13 El día que casi lo confieso todo y lo que sentí
Hubo un día en particular que quedó marcado para siempre en mi memoria como el momento más peligroso y revelador de toda mi vida como esposa infiel, un día en el que estuve a punto de derrumbarme por completo frente a mi marido, de confesarle cada detalle de mis aventuras, cada polla que había tenido dentro de mí, cada orgasmo que otros hombres me habían arrancado y cada vez que había regresado a casa con el cuerpo todavía marcado y lleno de semen ajeno, porque la culpa, la excitación acumulada y el peso emocional de mi doble vida se volvieron tan abrumadores que por unos minutos eternos sentí que ya no podía seguir cargando sola con ese secreto tan grande, tan sucio y tan delicioso al mismo tiempo.
Era un viernes por la noche, habíamos cenado juntos en casa como cualquier otra pareja normal, él estaba relajado, cariñoso y contento después de una semana de trabajo, mientras yo intentaba mantener la compostura a pesar de que solo unas horas antes había estado en una habitación de hotel dejándome follar salvajemente por un hombre que no era él.
Todo empezó a desbordarse durante la cena y mientras mi marido hablaba de sus planes para el fin de semana, yo apenas podía concentrarme porque mi mente no paraba de reproducir imágenes de esa misma tarde: cómo me había arrodillado nada más entrar en la habitación, cómo había sacado esa polla gruesa y venosa para metérmela entera en la boca con desesperación, chupándola con ganas, lamiendo cada centímetro mientras las lágrimas de esfuerzo me corrían por las mejillas, tragando saliva mezclada con sus fluidos y sintiendo cómo me follaba la garganta con fuerza hasta que casi no podía respirar.
Recordaba perfectamente el momento en que me había corrido dentro de mi boca, llenándome la garganta con chorros espesos y calientes que me obligué a tragar casi todo, y cómo después me había tirado sobre la cama, me había abierto las piernas y me había penetrado sin protección, follándome durante más de cuarenta minutos seguidos, corriéndose dos veces dentro de mi coño hasta dejarme rebosante de semen.
Mientras mi marido me servía más vino y sonreía con ternura, yo sentía todavía el coño hinchado, sensible y húmedo, con restos de ese semen extraño escapando lentamente y manchando mis bragas y esa sensación física tan concreta, combinada con la dulzura de mi marido, hizo que algo se rompiera dentro de mí.
Pero de repente las palabras empezaron a subir por mi garganta y tuve que hacer un esfuerzo enorme para no soltarlas.
Quería decírselo todo y confesarle que ya no era la misma mujer con la que se había casado, que llevaba meses follando con otros hombres, que me gustaba sentirme usada, que necesitaba pollas más grandes y folladas más fuertes de las que él podía darme, que me excitaba traicionarlo y que muchas noches me dormía con el semen de otros todavía dentro de mí.
La culpa me golpeó como una ola gigantesca mientras miraba su cara, pues sus ojos llenos de amor y confianza, me hacían sentir la peor persona del mundo y las lágrimas empezaron a acumularse en mis ojos y él, preocupado, me preguntó qué me pasaba. En ese momento estuve a punto de derrumbarme…
Abrí la boca para hablar, pero las palabras se quedaron atascadas y en lugar de confesar, empecé a llorar.
Lloré de verdad, con sollozos que salían desde lo más profundo de mi pecho.
Mi marido se levantó, me abrazó fuerte y me preguntó una y otra vez que qué me ocurría, que si había pasado algo malo, o si alguien me había hecho daño.
Pero yo, entre lágrimas, solo podía pensar en lo irónico y lo cruel que era todo: el hombre al que estaba traicionando de la forma más absoluta era el mismo que ahora me consolaba con tanto amor.
Esa noche, después de calmarme un poco, nos fuimos a la cama.
Mi marido me abrazó por detrás, me besó el cuello con ternura y me dijo que me quería, que estaba ahí para lo que necesitara pero su cariño me destrozaba por dentro.
Mientras él se dormía, yo permanecía completamente despierta, con su brazo alrededor de mi cintura y mi coño todavía palpitando por la follada de esa tarde.
Sentía cómo el semen de mi amante se seguía escapando lentamente, mojando mis muslos y probablemente manchando las sábanas y esa combinación de culpa extrema y excitación residual era insoportable.
Metí la mano entre mis piernas con mucho cuidado y me toqué despacio, recordando cada detalle del encuentro, cómo me habían llamado zorra barata, cómo me habían llenado la boca y el coño y cómo me había corrido gritando como una puta mientras pensaba en mi marido.
Me corrí en silencio, mordiendo la almohada, con lágrimas corriendo por mi cara.
Al día siguiente la tormenta emocional continuó.
Pasé todo el día debatiéndome internamente y en un momento decidía que iba a confesarle todo, que le contaría cada encuentro, cada detalle, cada sensación, aunque eso significara destruir nuestro matrimonio.
En el siguiente momento me aterrorizaba la idea de perderlo, de ver el dolor en sus ojos, de convertirme en la villana de nuestra historia.
Caminaba por la casa mirándolo y sintiendo un amor extraño y contradictorio: lo quería de verdad, pero también necesitaba desesperadamente seguir siendo infiel, necesitaba esa libertad, esa excitación, esa sensación de sentirme deseada y usada por otros hombres.
Durante esa misma tarde y mientras mi marido veía algo en la tele, me encerré en el baño y me masturbe otra vez pensando en todo lo que había hecho recordando cómo me habían agarrado del pelo, cómo sse me habían corrido en la garganta, cómo me habían dejado el coño abierto y lleno, y me corrí con fuerza, tapándome la boca para que no me escuchara, pero al salir del baño, con las piernas todavía temblando, mi marido me sonrió inocentemente y me preguntó si quería salir a cenar.
En ese instante volví a sentir el impulso casi irresistible de contárselo todo.
Al final no confesé y me tragué todas las palabras, todos los secretos y todas las verdades más oscuras.
Únicamente sonreí, le dije que estaba bien, que solo había sido un día emocionalmente pesado, y seguí adelante con mi doble vida, pero ese día me cambió haciéndome entender hasta qué punto estoy dividida por dentro: amo a mi marido, disfruto de la estabilidad y el cariño que me da, pero al mismo tiempo soy completamente adicta al placer prohibido, a la emoción de la traición y a la intensidad sexual que solo encuentro fuera de mi matrimonio.
Ese día casi lo confieso todo pero entendí lo profundo que es mi conflicto y que a pesar del miedo y de la culpa, confirmé que probablemente nunca voy a poder parar.