Casada e Infiel (Mis infidelidades más oscuras nº 1) Capítulo 12 La adicción a sentirme usada y deseada al mismo tiempo
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Capítulo 12 La adicción a sentirme usada y deseada al mismo tiempo

Hay una contradicción exquisita y profundamente adictiva en mi forma de vivir la infidelidad que se ha convertido en el centro mismo de mi placer como mujer casada, y es esa necesidad casi enfermiza de sentirme al mismo tiempo intensamente deseada y brutalmente usada por otros hombres, porque mientras una parte de mí disfruta enormemente al verse admirada, cortejada y tratada como una mujer irresistible que despierta pasiones incontrolables, otra parte mucho más oscura y poderosa anhela ser tratada como una simple zorra disponible, como un cuerpo que existe para ser follado, usado, llenado y descartado temporalmente, y es precisamente esa combinación explosiva de deseo y degradación la que me genera un placer tan intenso y tan constante que ya no puedo imaginar mi vida sin ella, convirtiéndose en una adicción real de la que no quiero ni intento escapar.

Esta adicción se manifiesta de formas diferentes según el hombre y el momento, pero siempre termina llevándome al mismo lugar: a esa zona donde me siento más mujer que nunca, más viva, más sexual y más sucia, todo al mismo tiempo.

Recuerdo una época en la que quedé varias veces con un hombre llamado Marcos, un tipo directo y sin rodeos que nunca fingía romanticismo.

Cuando llegaba al hotel él ya me estaba esperando, y apenas cerraba la puerta me ordenaba que me arrodillara, me bajaba la cremallera y me metía gordísima polla en la boca sin decir casi nada.

Me follaba la cara con fuerza, sujetándome la cabeza con las dos manos, empujando hasta el fondo de mi garganta mientras las lágrimas me corrían por las mejillas y la saliva me chorreaba abundantemente por el mentón y caía sobre mis tetas, y en esos momentos yo me sentía completamente usada, reducida a un agujero caliente para su placer, pero al mismo tiempo me sentía profundamente deseada porque veía en sus ojos el hambre salvaje que yo despertaba en él, esa necesidad urgente de descargar toda su lujuria en una mujer casada que se entregaba sin condiciones.

Después de correrme en mi boca y obligarme a tragar hasta la última gota, me levantaba, me tiraba sobre la cama, me abría las piernas con brusquedad y me penetraba de un solo golpe profundo, follándome con embestidas largas y potentes mientras me apretaba las tetas con fuerza y me llamaba de todo: puta casada, zorrita barata, etc…

Cada insulto que me dedicaba me ponía más, cada embestida me hacía sentir más usada, pero también más deseada, porque sabía que era yo quien provocaba esa pérdida de control en él.

Me corría una y otra vez alrededor de su polla, apretándola con fuerza mientras gemía como una loca, y cuando finalmente se corría dentro de mí, llenándome el útero con chorros calientes y abundantes, sentía una satisfacción profunda, casi animal, al notar cómo su semen se quedaba dentro de mí marcándome por dentro mientras yo pensaba en mi marido esperándome en casa.

Pero no solo busco esa rudeza, sino que también necesito momentos en los que me hagan sentir irresistiblemente deseada antes de ser usada.

Como aquella vez con un hombre más joven que me invitó a su apartamento.

Pasamos casi una hora besándonos y tocándonos, él diciéndome una y otra vez lo guapa que era, lo mucho que había fantaseado conmigo, lo loco que lo volvía saber que estaba casada.

Me hacía sentir como una diosa, como la mujer más sexy del mundo, y esa admiración me encendía tanto que cuando por fin me quitó la ropa y me puso a cuatro patas, ya estaba chorreando.

Me folló con fuerza desde atrás, agarrándome las caderas con las manos mientras me decía lo mucho que deseaba mi coño, lo rico que se sentía follar a una esposa ajena, y esa combinación de halagos y crudeza me llevó a correrme de forma tan violenta que mojé las sábanas y casi pierdo el equilibrio.

La adicción crece porque cada vez necesito más intensidad para sentirme plenamente satisfecha.

Ya no me basta con un polvo normal, pues yo necesito sentir que me desean con locura y que al mismo tiempo me usan sin piedad.

Necesito que me miren como si fuera la mujer más deseable del planeta y, segundos después, que me traten como una zorra que solo sirve para abrir las piernas y recibir polla.

Esa dualidad me vuelve loca, me excita sentirme poderosa por el deseo que provoco y, al mismo tiempo, completamente humillada y sometida cuando me follan sin contemplaciones, cuando me llenan la boca, el coño o me pintan la cara con su semen mientras me miran con esa mezcla de lujuria y desprecio que tanto me humedece.

He llegado a tener encuentros donde esta adicción se manifestó de forma casi extrema.

Una tarde quedé con dos hombres a la vez en una habitación de hotel y al principio me sentía un poquito nerviosa, pero en cuanto empezaron a tocarme, a besarme, a decirme lo facilona y lo caliente que era, me entregué por completo.

Me tuvieron durante casi dos horas usándome entre los dos: uno follándome la boca mientras el otro me penetraba desde atrás, luego cambiando de posición, llenándome por los dos lados al mismo tiempo, corriéndose en mi garganta, dentro de mi coño y sobre mis tetas.

En esos momentos me sentía completamente libre y usada, casi como un juguete sexual, pero también me sentía increíblemente deseada porque dos hombres habían reservado una tarde entera solo para follarme, para descargar toda su lujuria en mi cuerpo de mujer casada.

Cuando salí de allí apenas podía caminar, con semen seco en la piel y todavía escapando de mi interior, y sin embargo me sentía más viva y más mujer que nunca.

Esta adicción a sentirme usada y deseada al mismo tiempo es lo que mantiene mi fuego encendido día tras día y aunque vuelva a casa y sea la esposa cariñosa, aunque sonría y cumpla con mis obligaciones, por dentro sigo siendo esa mujer que necesita desesperadamente sentir manos ajenas agarrándola con fuerza, pollas ajenas abriéndola, voces ajenas diciéndole lo zorra que es mientras al mismo tiempo la hacen sentir la mujer más deseada del mundo.

Es una adicción compleja, oscura y deliciosa que me define por completo en esta etapa de mi vida y que cuanto más la alimento, más fuerte se vuelve y cuanto más me entrego a ella, menos quiero liberarme porque en esa fina línea entre ser adorada y ser usada es donde realmente me siento yo, donde realmente me siento viva, donde realmente me siento mujer.