Capítulo 11 El amante que más me marcó
De todos los hombres que han pasado por mi cuerpo desde que me convertí en una esposa infiel, hay uno que se quedó grabado de manera profunda e imborrable en mi memoria, en mi piel y en lo más íntimo de mis deseos, un hombre cuya forma de tocarme, de poseerme y de hacerme sentir mujer dejó una huella tan fuerte que todavía hoy, cuando cierro los ojos y recuerdo sus manos, su voz y la manera en que me miraba mientras me follaba, siento un escalofrío que recorre toda mi columna vertebral y termina concentrándose entre mis piernas como si mi cuerpo todavía anhelara volver a entregarse a él sin condiciones y sin límites.
Se llamaba Santiago, tenía cuarenta y cinco años, una presencia imponente, una voz grave y calmada que parecía ordenar sin necesidad de levantar el tono, y una forma de follar que combinaba rudeza animal con una inteligencia sexual que nunca antes había encontrado en ningún otro amante, haciendo que cada encuentro con él fuera una experiencia que trascendía el simple acto físico y se convertía en algo mucho más profundo, más peligroso y más adictivo para una mujer casada como yo.
Lo conocí en una cena de trabajo a la que asistí acompañando a mi marido, y desde el primer momento en que nuestras miradas se cruzaron sentí que algo se removía violentamente dentro de mí, porque él no me miró como los demás hombres me miran, sino que me observó con una intensidad tranquila y segura, como si ya supiera exactamente quién era yo por debajo de la fachada de esposa perfecta, como si pudiera leer en mis ojos el hambre que llevaba dentro y que mi marido nunca había logrado saciar del todo.
Durante toda la noche conversamos de forma educada y profesional, pero debajo de cada palabra había una corriente eléctrica que solo nosotros percibíamos, y cuando al despedirnos me dio la mano, la apretó un segundo más de lo necesario mientras sus dedos rozaban suavemente mi alianza, un gesto que me mojó al instante y que me hizo entender que este hombre iba a ser diferente, que no sería solo un polvo más en un hotel, sino alguien capaz de marcarme de verdad.
Nuestro primer encuentro ocurrió solo tres días después, en una suite de un hotel alejado de la ciudad, y desde el momento en que cerró la puerta detrás de nosotros supe que iba a entregarme por completo.
Santiago no tenía prisa, me desnudó lentamente mientras me besaba el cuello y me susurraba al oído todo lo que pensaba hacerme esa tarde, describiendo con detalle cómo iba a follarme, cómo iba a hacerme correr y cómo iba a llenarme hasta que no pudiera pensar en nada más que en su polla.
Cuando por fin estuve completamente desnuda frente a él, se tomó su tiempo para mirarme, recorriendo cada curva de mi cuerpo con esa mirada posesiva que me hacía sentir expuesta y deseada al mismo tiempo, y luego me guio hasta la cama donde me abrió las piernas con calma y empezó a comerme el coño con una maestría que me dejó sin aliento, alternando lamidas largas y profundas con succiones fuertes en mi clítoris y penetraciones de sus dedos gruesos que sabían exactamente dónde tocarme para hacerme temblar.
Me corrí por primera vez en su boca de una forma tan intensa que sentí que me deshacía, gritando su nombre mientras mis muslos se cerraban alrededor de su cabeza y mi cuerpo se convulsionaba sin control.
Pero eso solo fue el comienzo de una tarde que duró más de tres horas, porque Santiago me folló de todas las formas posibles y con una resistencia que nunca había experimentado, penetrándome primero con embestidas lentas y profundas que me permitían sentir cada centímetro de su polla gruesa y venosa abriéndose paso dentro de mí, luego acelerando el ritmo hasta follarme con fuerza salvaje mientras me agarraba las caderas y me miraba fijamente a los ojos, haciendo que me corriera una y otra vez alrededor de su polla, apretándola con mis paredes internas como si no quisiera dejarla escapar nunca.
En uno de los momentos más intensos me puso de rodillas frente a él y me folló la boca con una dominación tranquila pero absoluta, sujetándome la cabeza con las dos manos mientras empujaba hasta el fondo de mi garganta, obligándome a tomarlo entero hasta que las lágrimas corrían por mis mejillas y la saliva chorreaba abundantemente por mi barbilla, y cuando finalmente se corrió fue directamente en mi garganta, llenándome con chorros espesos y calientes que me obligué a tragar mientras lo miraba desde abajo, sintiéndome completamente suya en ese instante.
Lo más peligroso de Santiago era que no solo me follaba el cuerpo, sino que también me follaba la mente, porque entre polvo y polvo me hablaba con esa voz grave, diciéndome que yo era una esposa infiel que necesitaba ser usada de esta forma, que mi marido nunca podría darme lo que él me estaba dando, y esas palabras se clavaban en lo más profundo de mi ser, aumentando mi excitación y mi culpa al mismo tiempo hasta niveles casi insoportables.
Se me corrió dentro en varias ocasiones esa tarde, llenándome el coño con semen abundante y caliente que después salía lentamente mientras me follaba en otras posiciones, creando una lubricación resbaladiza y obscena que hacía que cada embestida sonara más húmeda y sucia.
Cuando por fin terminamos, yo estaba exhausta, con el cuerpo lleno de marcas, el coño hinchado y palpitante, y la garganta dolorida de tanto chupársela, pero sobre todo estaba marcada emocionalmente, porque con él había sentido por primera vez que alguien me poseía por completo, que alguien lograba llegar a esa parte de mí que ni siquiera yo conocía del todo.
Después de ese primer encuentro volví a verlo varias veces más, y cada vez era más intenso y más arriesgado, porque Santiago se convirtió en mi debilidad, en el amante que me hacía cuestionarme cosas que nunca había cuestionado, y aunque siempre volvía a casa con mi marido y cumplía mi rol de esposa cariñosa, en mi mente y en mi cuerpo solo podía pensar en las sensaciones que él me provocaba, en cómo me hacía correr de formas que parecían imposibles, en cómo me llenaba la boca y el coño de semen y en cómo me miraba mientras lo hacía.
Santiago fue el amante que más me marcó porque con él no solo follaba, sino que me entregaba por completo, dejando que viera a la verdadera Lucía, a la zorra insaciable y adicta al placer que vive dentro de la esposa aparentemente perfecta, y unque hace tiempo que ya no nos vemos, todavía hay noches en las que, acostada al lado de mi marido, cierro los ojos y recuerdo sus manos fuertes, su polla gruesa abriéndome, su semen bajando por mi garganta y su voz diciéndome lo sucia que soy, y en esos momentos mi cuerpo reacciona solo, mojándose y palpitando con el recuerdo de aquel hombre que logró marcarme de una forma que ningún otro ha conseguido.
Él fue, y probablemente siempre será, el amante que más huella dejó en mí.