Casada e Infiel (Mis infidelidades más oscuras nº 1) Capítulo 10 El morbo de los lugares prohibidos
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Capítulo 10 El morbo de los lugares prohibidos

El morbo de follar en lugares donde no debo, donde el riesgo de ser descubierta hace que mi corazón lata con fuerza y mi coño se moje hasta chorrear, se ha convertido en una de las adicciones más fuertes que tengo como mujer casada.

No me basta con ir a un hotel cómodo y seguro; necesito sentir la adrenalina de que alguien pueda pillarnos, de que mi marido o cualquier conocido pueda aparecer en cualquier momento, y es precisamente ese peligro el que me hace entregarme de forma más salvaje, más sucia y más desesperada, permitiendo que me usen la boca, el coño y hasta el culo sin protección, tragando semen caliente o dejando que me llenen por completo mientras miro nerviosa hacia la puerta o la ventana.

Una de las veces más intensas ocurrió en el parking subterráneo de un centro comercial.

Yo había quedado con un hombre casado también, de nombre Carlos.

Apenas subimos a su coche en la zona más oscura del parking, ya estaba empapada y literalmente no perdimos tiempo.

Me reclinó el asiento y me metió la polla directamente en la boca.

La tenía gorda y olía a hombre, así que la chupé con hambre, haciendo ruidos húmedos y obscenos mientras él me agarraba la cabeza con las dos manos y me follaba la garganta sin piedad.

“Trágatela toda”, me decía. Me la metía hasta el fondo, me hacía arcadas, me llenaba la boca de saliva espesa que chorreaba por mi barbilla y caía sobre mis tetas.

Cuando estaba a punto de correrse me sujetó fuerte y me descargó directamente en la garganta con un buen lechazo potente, caliente y espeso que me obligué a tragar mientras lo miraba a los ojos.

Tosí un poco, pero me tragué casi todo, sintiendo cómo su semen bajaba por mi esófago mientras yo me sentía completamente usada como me gusta y eso me encantó.

Aún con el sabor de su corrida en la boca, me subió la falda, me quitó las bragas y me sentó encima de él.

Su polla todavía semi-dura entró fácilmente en mi coño chorreante y empecé a cabalgarlo con fuerza dentro del coche, mis tetas rebotando mientras él me apretaba el culo y me daba nalgadas.

El coche se movía visiblemente y yo no podía parar de gemir y cuando se puso completamente duro otra vez, me folló desde abajo con embestidas brutales, golpeándome el fondo del coño.

Me corrí gritando, apretando su polla con mis paredes internas y minutos después me llenó por completo: sentí cómo su semen caliente salía a presión dentro de mí, chorro tras chorro, llenándome el útero.

Cuando me levanté, un río blanco y espeso empezó a correr por mis muslos pero no me limpié.

Bajé del coche con su semen chorreando de mi coño y de mi garganta, caminé por el parking sabiendo que cualquiera que mirara podía ver las manchas en mis piernas.

Otro lugar que me vuelve loca es el baño de la oficina donde trabajo.

Una tarde, un compañero del curro con el que ya había tonteado anteriormente, me mandó un mensaje.

Entré al baño de discapacitados del último piso y apenas cerré la puerta me empujó contra el lavabo, me bajó el pantalón y las bragas de un tirón y me penetró de golpe.

Me follaba mirándome a los ojos a través del espejo mientras me tapaba la boca.

“Calladita, que no nos escuchen”, me susurraba…

Me estaba follando tan fuerte que mis caderas golpeaban contra el lavabo.

Me corrí apretando los dientes, temblando entera.

Luego me puso de rodillas sobre las baldosas frías y me metió la polla en la boca.

Me folló la cara con fuerza, golpeando mi garganta, hasta que se corrió abundantemente.

Esta vez no tragué todo: me sacó la polla y me pintó la cara y la lengua con varios chorros gruesos de semen.

Me dejó allí arrodillada, con la cara manchada y el coño palpitando, mientras él volvía tranquilamente a su escritorio.

Tuve que limpiarme lo mejor que pude y volver a trabajar con las bragas mojadas de su semen y mi propia corrida.

También están los hostales o como muchos los llaman “los picaderos” de paso por horas, los asientos traseros de coches en carreteras poco transitadas, y hasta una vez en el probador de una tienda de ropa.

Ese día fue especialmente sucio, con un amante que me acompañó a probarme ropa y apenas entré al probador me arrodillé, le bajé el cierre y le mamé la polla con desesperación mientras la gente caminaba a solo unos metros…

Se la chupaba, lamía, le succionaba sus huevos con ganas, me la metía hasta el fondo haciendo arcadas silenciosas y cuando se corrió, me llenó la boca tanto que no pude tragarlo todo de una vez; me rebosó y cayó sobre mis tetas.

Me levanté, me di la vuelta, apoyé las manos contra la pared y dejé que me follara por detrás.

Se corrió dentro con fuerza, empujando profundo mientras yo mordía mi propia mano para no gritar.

Salí del probador con semen en la garganta, en las tetas y chorreando de mi coño, y tuve que seguir comprando ropa como si nada.

Realmente, el riesgo lo multiplica todo y el miedo a que nos descubran hace que me moje más, que la chupe con más ganas, que abra más las piernas y que pida que me dejen bien llena.

Me excita pensar que mi marido podría oler el semen de otro en mi aliento, o notar que mi coño está demasiado lubricado y abierto cuando llega a casa y a veces ni siquiera me limpio bien a propósito.

Disfruto llegando a casa con la garganta todavía con sabor a corrida, con el coño rebosante y los muslos pegajosos, y me acuesto al lado de él sintiendo cómo se escapa lentamente el semen de otro hombre sobre las sábanas de nuestro matrimonio.

He tragado semen en ascensores, en parques de noche, en el cine en los baños de restaurantes y también me han dejado el coño y la boca llenos en los lugares más inesperados y cada vez que ocurre, la mezcla de placer, vergüenza y adrenalina es tan fuerte que termino queriendo más.

Quiero que me usen como una zorra barata, que me llenen la garganta hasta que me ahogue, que me dejen el útero repleto de semen caliente y que me manden de vuelta a casa marcada por dentro y por fuera.

Este es el morbo que más me domina ahora: No solo follar, sino follar donde no debo, de la forma más sucia posible, tragando, recibiendo lefadas profundas y sintiendo el riesgo constante de que todo se descubra, y cuanto más lo hago, más lo necesito.