Capítulo 9 Llena del semen de otro mientras duermo al lado de mi esposo
Una de las sensaciones más intensas, más morbosas y más adictivas de toda mi vida como mujer infiel es la de llegar a casa después de haber sido follada y llenada por otro hombre, sentir su semen todavía caliente y espeso dentro de mí, moviéndose con cada paso que doy, y luego acostarme al lado de mi marido, apagar la luz y dormir con ese secreto prohibido latiendo entre mis piernas, sabiendo que mientras él duerme plácidamente pensando que soy su esposa fiel, yo estoy guardando dentro de mi cuerpo la evidencia más íntima y sucia de mi traición.
Esa mezcla de calor físico, humedad constante, culpa aplastante y excitación renovada se ha convertido en uno de los rituales más poderosos de mi doble vida, algo que busco de forma casi consciente en muchos de mis encuentros, porque la sensación de estar llena de otro hombre mientras duermo junto al mío es algo que no se compara con nada más.
Recuerdo la primera vez que ocurrió con total claridad.
Fue después de aquel encuentro tan intenso con Raúl que salí del hotel con las piernas débiles, el vestido ligeramente arrugado y sin bragas porque las tenía completamente empapadas.
Mientras conducía de vuelta a casa podía sentirlo: chorros gruesos de semen escapando lentamente de mi coño y mojando el asiento del coche y cada vez que frenaba o aceleraba, sentía cómo se movía dentro de mí, cómo se deslizaba por mis labios hinchados.
Llegué a casa, me duché rápidamente pero decidí no sacarlo todo; quería conservarlo.
Me puse un camisón corto y me metí en la cama mientras que mi marido ya estaba dormido, me acosté de lado, dándole la espalda, y en cuanto apagué la luz sentí una oleada brutal de morbo.
Su semen seguía saliendo poco a poco, manchando mis muslos internos, y yo estaba allí, al lado del hombre con el que me había casado, con el coño lleno de la corrida de otro.
Me mojé tanto que tuve que apretar las piernas para no gemir.
Realmente, esa noche apenas dormí y me pasé horas tocándome suavemente, sintiendo la mezcla de fluidos, recordando cómo Raúl me había llenado mientras yo gritaba, y me corrí dos veces en silencio, mordiendo la almohada.
Desde entonces repetí esa experiencia muchas veces, y cada vez era más intensa.
Una noche quedé con Diego, el dominante, me folló durante más de una hora sin condón, corriéndose dos veces dentro de mí: la primera profundamente mientras me tenía agarrada del cuello, y la segunda después de ponerme a cuatro patas, empujando con tanta fuerza que sentía su semen golpeando contra el fondo de mi útero.
Cuando salí de allí, mi coño estaba literalmente rebosante.
Conducía con una mano en el volante y la otra entre las piernas, presionando para no perder ni una gota y al llegar a casa mi marido me esperaba despierto.
Me besó, me abrazó y quiso hacer el amor.
Yo, todavía con el semen de Diego dentro, le dije que estaba muy cansada pero que podíamos intentarlo, así que me penetró mientras yo todavía estaba llena de otro.
Sentía la mezcla: lo resbaladizo, lo abundante, cómo su polla más pequeña se movía dentro de un coño ya usado y lleno.
Me corrí pensando en eso y después, cuando él se durmió, me quedé despierta sintiendo cómo los dos semen se mezclaban y salían lentamente de mí.
Hay algo profundamente humillante y excitante en dormir llena.
Siento el calor, la viscosidad, la pesadez.
A veces me despierto en la madrugada porque noto cómo un chorro caliente se escapa y corre por mi muslo, entonces meto los dedos, los mojo con esa mezcla y me toco el clítoris muy despacio, corriéndome mientras miro a mi marido dormir plácidamente a mi lado.
Es una traición tan absoluta que me genera una vergüenza enorme, pero esa misma vergüenza me excita hasta volverme loca.
Otra vez fue con un hombre más joven, de veintinueve años.
Era muy potente y se corrió tres veces dentro de mí en una sola tarde y cuando llegué a casa era ya de noche.
Mi marido estaba viendo televisión, me senté a su lado en el sofá y crucé las piernas.
Sentía cómo el semen salía a borbotones cada vez que movía un poco las caderas.
Tenía miedo de que se notara alguna mancha en el sofá, pero al mismo tiempo esa posibilidad me ponía a mil.
Más tarde, en la cama, mi marido me abrazó por detrás y su mano bajó hasta mi coño, me tocó por encima del camisón y notó que estaba muy húmeda.
“Estás muy mojada hoy”, me dijo sorprendido.
Yo solo gemí y le respondí que era por él.
Mientras me follaba suavemente, yo pensaba en cómo su polla se estaba mojando con el semen del chico que me había follado horas antes.
Esa idea me hizo correrme con mucha fuerza, apretando las sábanas y mordiéndome los labios para no gritar.
La sensación física es increíblemente adictiva.
El semen de otros hombres es más abundante, más espeso y se queda dentro más tiempo.
A veces pasa un día entero y todavía siento restos saliendo cuando voy al baño o cuando me siento.
Me encanta esa marca constante, ese recordatorio físico de que soy una esposa infiel, me encanta acostarme de lado, abrir ligeramente las piernas y sentir cómo gotea sobre la sábana.
Me encanta despertar por la mañana con el coño pegajoso y saber que mi marido no tiene ni idea de lo que pasó la tarde anterior.
Pero también hay momentos de culpa muy profunda, pues hay noches en las que, después de correrme pensando en mi traición, me quedo mirando el techo con lágrimas en los ojos, preguntándome cómo he llegado a este punto.
Me siento sucia, me siento mala persona, me siento indigna del amor de mi marido, sin embargo, esa culpa nunca dura lo suficiente como para detenerme.
Al contrario, suele transformarse en un nuevo deseo: el deseo de volver a hacerlo, de llenarme otra vez, de repetir esa deliciosa y perversa sensación de dormir con el semen de un extraño dentro de mí.
He aprendido a amar esa contradicción, amo la sensación física de estar llena, amo el morbo de la traición, amo la vergüenza que me produce y amo el placer prohibido que todo eso genera.
Muchas veces ni siquiera me limpio bien a propósito.
Me gusta llevar esa marca secreta durante horas, incluso durante días.
Es mi forma más íntima de rebelión, mi secreto más oscuro y mi mayor fuente de placer actual porque no hay nada igual a acostarse al lado de tu marido, sentir su respiración tranquila, saber que te quiere y, al mismo tiempo, tener el coño lleno del semen caliente de otro hombre que te folló como una zorra unas horas antes.
Esa es la sensación que más me define ahora mismo como y que cada vez la busco con más frecuencia y la disfruto mucho más…
Pues cada vez necesito más sentirme llena de otro mientras duermo junto a él.