Capítulo 8 Orgasmos que mi marido nunca ha logrado darme
De todas las diferencias que he descubierto entre mi vida sexual dentro del matrimonio y mis encuentros prohibidos fuera de él, ninguna es tan reveladora, tan adictiva y tan humillante para mi ego de esposa como la intensidad y la calidad de los orgasmos que otros hombres consiguen arrancarme, orgasmos tan profundos, tan largos y tan devastadores que muchas veces termino llorando de placer, temblando sin control y sintiendo que mi cuerpo se rompe en mil pedazos de una forma que mi marido, a pesar de todo el amor que me tiene, nunca ha logrado ni siquiera acercarse a producirme.
Es una verdad que me cuesta aceptar incluso ahora, después de tanto tiempo, pero es una verdad que me excita cada vez que la reconozco: mi cuerpo, mi coño y mi mente han aprendido a correrse de una manera completamente distinta cuando estoy en manos de otros hombres, como si solo ellos supieran tocar los interruptores correctos, presionar los puntos exactos y llevarme al límite una y otra vez hasta que exploto de formas que en casa simplemente no ocurren.
Todo empezó a hacerse evidente después de aquellos primeros encuentros ya que con mi marido el sexo siempre ha sido cariñoso, suave, predecible y relativamente corto.
Me besa, me acaricia con ternura, me penetra con cuidado y, aunque a veces consigo correrme, es un orgasmo tranquilo, casi educado, que me deja satisfecha pero nunca saciada, nunca rota, nunca completamente destruida de placer.
En cambio, con mis amantes descubrí un tipo de orgasmo completamente diferente: uno que nace desde lo más profundo de mi vientre, que crece como una ola gigantesca, que me hace perder el control de mi voz, de mis piernas y hasta de mi mente.
Recuerdo con absoluta claridad la primera vez que me corrí de verdad con otro hombre siendo ya casada.
Fue con Andrés, en aquel hotel después de mi primera infidelidad.
Después de follarme con fuerza durante más de media hora, me puso a cuatro patas, me agarró fuerte del pelo y empezó a penetrarme desde atrás con un ritmo constante y profundo.
Sentí que su polla tocaba un punto dentro de mí que mi marido jamás había alcanzado y al principio era solo placer acumulado, pero de repente algo cambió, mi cuerpo se tensó, mis paredes internas empezaron a contraerse de forma incontrolable y, sin poder evitarlo, empecé a gemir cada vez más alto.
Andrés aceleró, me dio una nalgada fuerte y me dijo “ córrete para mí, zorra”.
En ese momento exploté y fue un orgasmo tan violento que grité como nunca había gritado en mi vida.
Mi coño se cerró alrededor de su polla con fuerza, chorros de líquido caliente salieron de mí mojando las sábanas, mis brazos no me sostuvieron y caí con la cara contra el colchón mientras mi cuerpo se convulsionaba sin control.
Literalmente lloré de placer mientras él seguía follándome durante el orgasmo, prolongándolo hasta que pensé que me iba a desmayar y cuando por fin paró, yo estaba temblando, con las piernas abiertas, el coño palpitando visiblemente y lágrimas corriendo por mis mejillas, pues nunca había sentido algo así…
Desde esa tarde busqué obsesivamente esa sensación encontrándola una y otra vez ya que con Raúl aprendí lo que era correrse múltiples veces seguidas y aquella tarde en la que me comió el coño durante casi veinte minutos sin parar, alternando lengua, dedos y succiones fuertes en mi clítoris, me corrí cuatro veces solo con su boca.
Cada orgasmo era más intenso que el anterior, el tercero fue tan fuerte que le apreté la cabeza entre mis muslos y grité tan alto que pensé que alguien del hotel iba a llamar a la puerta.
Mi marido nunca me había hecho correr con la boca de esa forma y de hecho, rara vez se queda el tiempo suficiente o pone la intensidad necesaria, pero en cambio, con mis amantes, parece que su único objetivo es destrozarme de placer.
Otro orgasmo que nunca olvidaré fue con Diego, el hombre dominante.
Me tenía atada de las muñecas a la cabecera de la cama, con las piernas abiertas y completamente expuesta.
Me había estado follando durante mucho rato, alternando ritmos, negándome el orgasmo una y otra vez hasta que yo suplicaba y cuando por fin me dio permiso, me penetró con fuerza mientras me apretaba el cuello y me miraba fijamente a los ojos.
El orgasmo que vino después fue diferente a todos los anteriores siendo como una explosión interna y sintiendo que todo mi útero se contraía, que un calor líquido me recorría desde el centro de mi cuerpo hacia afuera, y empezando a correr chorros fuertes que mojaron su abdomen y las sábanas.
Grité, lloré, maldije, le supliqué que no parara mientras mi cuerpo entero se sacudía como si estuviera sufriendo un exorcismo de placer.
Cuando terminó, me quedé varios minutos sin poder hablar, solo jadeando y temblando, con lágrimas de placer corriendo por mis sienes.
La diferencia no está solo en la intensidad, sino también en la duración y en la cantidad.
Con mis amantes puedo correrme cinco, seis, incluso siete veces en una sola sesión.
Mi cuerpo queda exhausto, sensible, casi dolorido de tanto placer pero con mi marido, en cambio, si consigo uno o dos orgasmos ya es un buen día, y suelen ser más suaves, más cortos, más controlados.
Es como si mi cuerpo guardara su versión más salvaje, más húmeda y más ruidosa solo para los hombres que me follan sin amor, solo con deseo puro y brutal.
Hay algo profundamente liberador y también doloroso en reconocer esto.
A mí realmente me excita saber que otros hombres pueden llevarme a lugares donde mi marido no puede y esto es algo que me hace sentir más mujer, más sexual y viva, pero también me genera una culpa enorme.
Muchas noches, cuando mi marido me hace el amor con cariño y yo finjo un orgasmo porque el verdadero no llega, pienso en cómo me corrí horas antes gritando el nombre de otro hombre, y esa comparación me destroza por dentro…
aunque al mismo tiempo me moja recordar esos momentos.
He llegado a correrme solo con palabras…
Un amante me follaba lentamente mientras me susurraba al oído todo lo que era: una esposa infiel, una puta casada, una mujer que necesitaba pollas mejores que la de su marido y solo con esas palabras y con su polla moviéndose dentro de mí llegué al orgasmo sin que tocara mi clítoris.
Fue tan intenso que me dejó temblando durante varios minutos, pues cada uno de estos orgasmos que tenia, era algo que mi marido nunca ha logrado darme y es algo que me ata más a esta vida doble, porque una vez que pruebas un placer tan profundo, tan animal y tan completo, es casi imposible conformarte con menos.
Mi cuerpo ya sabe lo que puede sentir, lo exige y lo reclama.
Y yo, aunque me sienta culpable, aunque a veces llore de vergüenza en la ducha después de llegar a casa, no puedo ni quiero negárselo.
Estos orgasmos son míos y son la prueba de que mi cuerpo está vivo siendo la razón principal por la que sigo siendo así.