Capítulo 7 La vergüenza que me excita y me moja hasta los muslos
De todas las emociones que experimento en mi vida secreta como mujer infiel, ninguna es tan poderosa, tan contradictoria y tan adictiva como la vergüenza, esa sensación caliente y pesada que me invade después de cada encuentro prohibido y que, lejos de alejarme del fuego, me empuja todavía más hacia él, mojándome hasta los muslos incluso cuando estoy sola recordando lo que acabo de hacer.
Es una vergüenza profunda, visceral, que nace del fondo de mi conciencia cuando miro mi alianza y soy consciente de que acabo de traicionar la promesa que hice el día de mi boda, pero es precisamente esa misma vergüenza la que transforma mi excitación en algo casi insoportable, en un placer tan oscuro y tan intenso que muchas veces me corro solo con pensar en lo sucia y lo traidora que soy.
Esa contradicción se ha vuelto el centro de mi adicción: cuanto más me avergüenzo, más me mojo; cuanto más culpable me siento, más fuerte deseo volver a hacerlo.
La primera vez que sentí esta mezcla tan brutal fue pocas horas después de aquella primera infidelidad con Andrés.
Llegué a casa con las piernas todavía temblando, el coño hinchado y el semen de otro hombre aún escapando lentamente dentro de mis bragas.
Mi marido me recibió con una sonrisa cariñosa y un beso en los labios y en ese preciso instante, mientras sus labios tocaban los míos que apenas unas horas antes habían chupado con desesperación la polla de otro hombre, una ola de vergüenza tan fuerte me golpeó que casi me tiemblan las rodillas.
Sentí que era lo peor del mundo, que era una persona horrible, que no merecía el amor que él me daba, pero al mismo tiempo, mientras esa culpa me quemaba por dentro, mi clítoris palpitaba con fuerza y sentía cómo me mojaba de nuevo, como si mi cuerpo celebrara la traición.
Esa noche, cuando mi marido se durmió, me encerré en el baño, me senté en el borde de la bañera y me masturbaré recordando cada detalle: cómo me había arrodillado, cómo había abierto las piernas, cómo había gemido como una zorra mientras otro hombre me llenaba.
Me corrí en silencio, mordiéndome el brazo para no hacer ruido, con lágrimas de vergüenza corriendo por mis mejillas y, sin embargo, con un placer que nunca antes había sentido.
Desde entonces, esa vergüenza se convirtió en mi compañero más fiel en cada encuentro y cada vez que quedo con un amante, la secuencia es casi siempre la misma: durante el encuentro me entrego sin límites, gimo, suplico, me dejo usar de las formas más sucias y degradantes; pero en el momento en que termino y empiezo a vestirme para volver a casa, la vergüenza cae sobre mí como una manta pesada.
Me miro en el espejo del hotel con el rímel corrido, el pelo revuelto y marcas de mordidas en el cuello y pienso: “¿Qué estoy haciendo? Soy una esposa. Tengo un marido que me quiere”.
Esa frase me destroza y, al mismo tiempo, hace que mi coño se contraiga de excitación.
Recuerdo una tarde especialmente intensa con un hombre llamado Víctor.
Quedamos en un hotel apartado y apenas entramos en la habitación me empujó contra la puerta, me levantó el vestido y me folló de pie, sin siquiera quitarme la ropa del todo.
Me penetraba con fuerza mientras me tapaba la boca para que no gritara demasiado.
Me llamó de todo: puta casada, zorra infiel, hembra barata.
Y yo me corrí dos veces solo con sus palabras y con la forma violenta en que me estaba usando.
Me ponía a mil que me llamase así y cuando terminó y me corrió dentro, me dejó tirada en la cama, jadeando, con su semen chorreando por mis muslos.
En ese momento me sentí poderosa, pero media hora después, mientras conducía de vuelta a casa, la vergüenza me golpeó tan fuerte que tuve que parar el coche en un estacionamiento desierto.
Me temblaban las manos, me sentía asquerosa, sucia, indigna y sin embargo, sentada allí con el coño todavía lleno de semen ajeno, metí la mano bajo mi falda y me masturbe violentamente, corriéndome otra vez mientras repetía en voz baja: “Soy una mala esposa… soy una puta…”.
El orgasmo fue tan fuerte que casi me desmayo…
La vergüenza también aparece en los detalles más pequeños y cotidianos.
Por ejemplo, cuando mi marido me abraza por detrás mientras cocino y yo todavía tengo el olor de otro hombre en mi piel a pesar de haberme duchado o cuando me hace el amor por las noches y yo siento que mi coño está más sensible, más abierto y más usado de lo normal.
Cuando veo su cara de placer y pienso que apenas unas horas antes yo estaba tragándome la polla de otro hasta el fondo de la garganta, esos momentos me generan una culpa terrible…
y esa culpa me excita de una forma enfermiza.
Muchas noches, después de follar con mi marido, me quedo despierta mirando el techo, sintiendo su semen mezclado con restos del semen de otro hombre dentro de mí, y esa idea tan sucia me mantiene húmeda durante horas.
He llegado a entender que la vergüenza no es un obstáculo para mí, sino el combustible más potente de mi placer.
Es como si mi mente necesitara esa humillación moral para que mi cuerpo se entregue por completo y cuanto más me avergüenzo de ser infiel, cuanto más consciente soy de que estoy haciendo daño a la persona que más me quiere, más salvaje y más intensa se vuelve mi excitación.
Es un círculo vicioso del que ya no quiero salir.
A veces intento resistirme prometiéndome a mí misma que esta será la última vez, que voy a ser una buena esposa, que voy a parar, pero entonces recibo un mensaje de algún amante proponiéndome un encuentro y, solo con leerlo, ya estoy mojada.
La vergüenza aparece incluso antes de hacer nada: solo imaginar lo que voy a hacer ya me llena de culpa y, al mismo tiempo, me hace palpitar el clítoris.
Es como si mi cuerpo y mi mente estuvieran en guerra constante, y esa guerra fuera el afrodisíaco más fuerte que he conocido.
La vergüenza me moja hasta los muslos y me hace gemir más fuerte, convirtiéndome en una versión de mí misma más libre, más zorra y más auténtica.
Y aunque sé que esto está mal, aunque sé que algún día quizás tenga que pagar un precio muy alto por todo esto, hoy por hoy no puedo ni quiero renunciar a esa deliciosa y tortuosa sensación de ser una esposa infiel que se excita con su propia traición.