Capítulo 6 La diferencia brutal cuando me follan de verdad
Desde que empecé mi vida de infidelidades como mujer casada, una de las cosas que más me impactó y que más me enganchó fue darme cuenta de la diferencia brutal, casi abismal, que existe entre hacer el amor con mi marido y ser follada de verdad por otro hombre, una diferencia que no se limita solo al tamaño o la duración, sino que va mucho más allá: es la forma en que me toman, la intensidad con la que me usan, la rudeza con la que me penetran y la manera en que mi cuerpo responde cuando un hombre decide no tratarme como una esposa frágil, sino como la zorra hambrienta de sexo que realmente soy.
Esa diferencia se volvió tan evidente, tan adictiva, que cada vez que volvía a casa después de un encuentro apenas podía mirar a mi marido a los ojos sin sentir una mezcla de culpa y excitación al recordar cómo acababa de ser follada de formas que él jamás ha conseguido darme.
Recuerdo con lujo de detalles una tarde que marcó un punto de no retorno.
Había quedado con Raúl, un hombre de cuarenta y dos años, divorciado, con un cuerpo fuerte y una polla gruesa que ya había probado en un encuentro anterior.
Yo sabía que esa tarde iba a ser intensa y apenas entré en la habitación del hotel, Raúl no perdió tiempo con palabras románticas, me miró de arriba abajo, se acercó, me agarró fuerte del pelo y me empujó hacia abajo hasta que quedé de rodillas frente a él.
“Primero vas a chupármela como la puta casada que eres”, me dijo con voz ronca.
Esa orden directa me mojó al instante y me encantó sentirme usada de esa forma.
Abrí la boca sin protestar y saqué su polla, ya medio dura y pesada, pues era notablemente más gorda que la de mi marido.
Me la acerqué a mi boca, y empecé a lamersela desde abajo, recorriendo toda la longitud con mi lengua lenta y húmeda, subiendo hasta la cabeza hinchada mientras lo miraba a los ojos.
Raúl gruñó de placer y me metió la mano en el pelo con más fuerza, guiando mis movimientos, abrí más la boca y me la metí entera, sintiendo cómo me llenaba hasta la garganta.
Comencé a mamársela con ganas, con hambre, haciendo ruidos húmedos y obscenos mientras subía y bajaba la cabeza.
Yo me atragantaba un poco cuando llegaba al fondo, pero eso no me detenía; al contrario, me excitaba aún más.
Las lágrimas me corrían por las mejillas, el saliva me chorreaba por la barbilla y caía sobre mis tetas, pero yo seguía chupando con devoción, girando la lengua alrededor de la cabeza, succionando fuerte y masturbándolo con la mano al mismo tiempo.
Raúl gemía y me insultaba suavemente: “Eso es… chúpamela bien, zorra… tu marido no sabe lo puta que eres…”.
Esas palabras me encendían todavía más y se la chupé durante varios minutos largos, mirándolo a los ojos, dejando que me follara la boca con embestidas cada vez más profundas hasta que mi cara quedó completamente empapada de saliva.
Cuando ya no aguantó más, me levantó, me tiró sobre la cama y me abrió las piernas con brusquedad, quitándome las bragas de un tirón y hundiendo su cara entre mis muslos para devorarme el coño con la lengua y los dedos.
Yo ya estaba chorreando y me corrí por primera vez en su boca, gritando y apretando su cabeza contra mí mientras mi cuerpo se convulsionaba.
Pero eso solo fue el principio, Raúl se colocó encima de mí, frotó su polla gruesa contra mi entrada empapada y me penetró de un solo golpe brutal.
Grité fuerte sintiendo cómo me abría y me llenaba por completo de una forma que mi marido nunca ha logrado.
Era más gorda, más larga y mucho más dura.
Empezó a follarme con embestidas profundas y potentes, agarrándome las caderas con fuerza mientras mis tetas rebotaban con cada golpe.
La diferencia era brutal y deliciosa. Con mi marido el sexo es suave, cariñoso y predecible pero con Raúl era salvaje, profundo y sin límites.
Me follaba como si quisiera romperme, cambiando de ritmo, a veces lento y profundo para que sintiera cada centímetro, a veces rápido y violento, golpeando contra mi culo con un sonido húmedo y obsceno.
Me puso a cuatro patas, me agarró del pelo como si fueran riendas y me folló con tanta fuerza que casi no podía respirar.
Sentía su polla chocando contra el fondo de mi vagina, golpeando un punto que me hacía ver estrellas y me corrí por segunda vez, gritando su nombre, apretando las sábanas mientras mi coño palpitaba alrededor de su polla.
Pero no el paró, me giró, me puso boca arriba otra vez, me levantó las piernas y las apoyó sobre sus hombros para penetrarme todavía más profundo.
En esa posición sentía que me partía en dos.
Y su polla entraba hasta el fondo con cada embestida y yo no paraba de gemir y suplicar que no parara.
Le pedí que me diera más fuerte, que me follara como a una puta, y él obedeció.
Me dio cachetadas fuertes, me apretó el cuello, siguió follándome sin piedad y en ese momento me sentía completamente llena, completamente usada y completamente satisfecha.
Después de casi una hora de follada intensa, me puso de rodillas otra vez y me metió la polla en la boca.
Sabía a mi propio coño, la mamé con desesperación, chupando y lamiendo, metiéndomela hasta la garganta mientras él me follaba la cara con fuerza.
Cuando estaba a punto de correrse me agarró la cabeza con las dos manos y se corrió directamente en mi boca, chorros espesos y calientes que me llenaron la garganta.
Yo tragué todo lo que pude, con algunas gotas escapando por las comisuras de mis labios mientras me sentía sucia, usada y profundamente satisfecha.
Esa tarde entendí con claridad la diferencia brutal.
No es solo que tengan la polla más grande o que duren más, sino que es la actitud, la dominación, la forma en que me usan sin miedo a romperme, la forma en que me hacen sentir que mi cuerpo existe para ser follado con fuerza y con deseo animal.
Con mi marido nunca siento esa entrega total, esa sensación de ser poseída por completo pero, con otros y en cambio, me convierto en pura hembra: mojada, abierta, ruidosa y sin límites.
Desde ese día busco conscientemente esa diferencia, busco pollas más gordas, hombres más fuertes, folladas más largas y más sucias.
Necesito sentirme estirada, golpeada en lo más profundo, usada y marcada.
Necesito correrme gritando mientras me follan como nunca me han follado en casa y cada vez que lo consigo, vuelvo a mi vida de esposa con el cuerpo dolorido, el coño hinchado y la mente llena de imágenes que no puedo borrar.
Esa es la diferencia brutal que me tiene completamente enganchada y que cada vez la necesito más.