Capítulo 4 El morbo de sentirme deseada por hombres nuevos
Hay algo profundamente adictivo y casi animal en el momento exacto en que un hombre nuevo me mira sabiendo que estoy casada, cuando sus ojos recorren mi cuerpo con deseo descarado y se detienen en la alianza que brilla en mi dedo anular; en ese instante preciso siento una oleada de calor que nace en mi vientre y se expande por todo mi ser, porque ser deseada por alguien que no me conoce, que no me debe nada y que aun así decide que quiere poseerme a pesar de mi estado civil, me hace sentir más viva, más mujer y más poderosa de lo que cualquier otra cosa en mi vida ha conseguido.
Después de aquella primera infidelidad, este morbo se convirtió en una necesidad casi diaria, en una droga que buscaba constantemente y que alimentaba mi doble vida de una forma que ni yo misma lograba explicar del todo.
Caminar por la calle se volvió un ritual excitante, pues yo me vestía con cuidado, eligiendo ropa que marcara mis curvas sin ser demasiado obvia: jeans ajustados que realzaban mi culo, blusas con escotes sutiles que dejaban entrever el nacimiento de mis pechos, faldas que se movían con mis pasos y mientras avanzaba por la acera sentía las miradas.
Algunas discretas, otras descaradas, hombres de todas las edades me recorrían con los ojos y, cuando notaban la alianza, en lugar de apartar la mirada, muchos se detenían más tiempo, como si el hecho de que yo fuera una mujer prohibida aumentara su deseo.
Yo caminaba con la cabeza alta, sintiendo cómo se me endurecían los pezones bajo la ropa y cómo mi coño empezaba a humedecerse lentamente con solo ser objeto de ese deseo ajeno.
A mí sinceramente, me encantaba imaginar el qué estarían pensando: “Está casada y aun así se viste así”, “Me pregunto cómo gemirá cuando la folle”, “Seguro que su marido no la satisface”.
Cada pensamiento que me imaginaba me mojaba más.
En el gimnasio el morbo era todavía más intenso…
Yo me ponía leggins que marcaban cada curva de mi cuerpo y tops deportivos ajustados y mientras hacía sentadillas o estiraba, sentía las miradas de los hombres que entrenaban cerca.
Uno en particular, un hombre musculoso de unos cuarenta años, siempre se colocaba en una máquina desde donde podía verme bien.
Nuestras miradas se cruzaban en el espejo y él no las apartaba.
Una tarde, después de mi rutina, me acerqué a la fuente de agua y él se puso justo detrás de mí, sentí su presencia, su calor, y cuando me giré me miró directamente a los ojos y me dijo en voz baja: “Chica, tienes un cuerpo que vuelve loco a cualquiera… incluso sabiendo que tienes marido”.
Esa frase tan directa me provocó un escalofrío que bajó directamente hasta mi clítoris, me sonrojé, sonreí con timidez fingida y me fui al vestuario con las piernas temblando.
Allí, encerrada en la ducha, me toqué pensando en él, imaginando que me follaba contra las taquillas mientras yo intentaba no hacer ruido.
Me corrí con fuerza mordiéndome el labio, sabiendo que mi marido me esperaba en casa sin tener la menor idea de lo que acababa de pasar.
Pero no solo eran desconocidos, también estaban los compañeros del trabajo, los amigos de amigos, los que conocía de vista y cada interacción nueva tenía ese toque de electricidad.
Recuerdo una cena de empresa a la que fui con mi marido y allí había un compañero de otra área, alto, elegante y con una voz profunda que me erizaba la piel cada vez que hablaba.
Durante toda la noche sentí sus ojos sobre mí y cuando mi marido fue al baño, él se acercó y, sin rodeos, me susurró: “Es una pena que estés casada… porque no dejo de imaginar cómo te verías debajo de mí”.
En ese momento, sentí que me faltaba el aire, mi cara se puso roja, mis muslos se apretaron instintivamente y durante el resto de la noche solo podía pensar en escaparme con él.
Esa misma noche, ya en casa, follé con mi marido pero cerré los ojos y lógicamente, fantaseé que era ese compañero quien me estaba penetrando y justo después, me corrí pensando en él, mientras mi marido gemía encima de mí.
El morbo de ser deseada por hombres nuevos radica en esa frescura, en esa novedad, en esa admiración cruda que todavía no se ha desgastado por la rutina del matrimonio.
Con mi marido ya conozco cada caricia, cada movimiento, cada palabra, pero con un hombre nuevo todo es descubrimiento: la forma en que me mira por primera vez, cómo respira cuando me acerco, cómo sus manos tiemblan ligeramente la primera vez que tocan mi piel o directamente el cómo su polla se pone dura solo con verme desnudarme.
Me encanta esa sensación de poder sabiendo que puedo volver loco a un hombre que apenas me conoce, que puedo hacer que olvide sus principios solo con una sonrisa y con la visión de mi alianza, me hace sentir increíblemente sexy y deseable.
Hay momentos en los que este morbo se vuelve casi insoportable.
Como aquella tarde en el supermercado cuando un hombre mucho más joven que yo, de unos veintiocho años, no dejaba de seguirme por los pasillos y al final me abordó en la sección de vinos y, después de una conversación corta, me confesó que llevaba semanas viéndome por el barrio y que fantaseaba conmigo constantemente.
“Sé que estás casada, pero no me importa”, me dijo.
Esa frase me desarmó y sentí tal excitación que casi le doy mi número allí mismo.
En cambio, me fui a casa con las bragas empapadas y pasé la noche entera pensando en cómo sería dejarme follar por alguien tan joven y tan hambriento.
Cada vez que un hombre nuevo me desea, siento que recupero una parte de mí que el matrimonio intentaba domesticar.
Me siento hembra, me siento cazada y cazadora al mismo tiempo mientras mi cuerpo reacciona de forma visceral: la piel se me eriza, la respiración se me acelera, los pezones se me endurecen y mi coño se prepara para ser penetrado.
Es una respuesta primitiva, casi salvaje y la alianza, ese pequeño círculo de oro, no hace más que multiplicar esa excitación.
Es el símbolo de mi traición y, precisamente por eso, se ha convertido en uno de mis mayores fetiches.
A veces me pregunto si alguna vez tendré suficiente o si llegará el día en que ya no necesite esta constante validación sexual de hombres nuevos, pero en el fondo de mi, sé la respuesta: probablemente nunca, porque cada mirada nueva, cada propuesta prohibida, cada mensaje cargado de deseo me recuerda que sigo siendo una mujer caliente, viva y con un apetito que un solo hombre no puede saciar y lejos de avergonzarme, esa verdad me excita, me libera y me hace sentir más yo que nunca.
Este es el morbo que me mantiene adicta…. El morbo de ser una esposa deseada por muchos otros hombres y de saber que, aunque lleve un anillo, mi cuerpo sigue siendo un territorio que otros hombres ansían conquistar.