Casada e Infiel (Mis infidelidades más oscuras nº 1) Capítulo 3 La primera vez que me entregué siendo una mujer casada
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Capítulo 3 La primera vez que me entregué siendo una mujer casada

Recuerdo con una claridad casi dolorosa la primera vez que me entregué completamente a otro hombre después de haberme casado, porque ese momento marcó un antes y un después en mi vida, no solo sexual sino también en la forma en que entendí quién era yo realmente y hasta dónde estaba dispuesta a llegar para satisfacer ese hambre que el matrimonio no había logrado calmar.

Habían pasado apenas cuatro meses desde la boda y, aunque mi vida exterior parecía perfecta —una casa nueva, un marido cariñoso, planes de futuro—, por dentro me consumía una inquietud constante, un vacío que se hacía más grande cada vez que mi marido me tocaba con esa ternura que yo empezaba a percibir como insuficiente y esa tarde todo se precipitó de una forma casi inevitable…

Había quedado con una amiga para tomar un café, pero en el último momento ella canceló y yo, en lugar de volver directamente a casa, decidí entrar en un bar del centro que conocía de antes.

Me senté en la barra, pedí un vino blanco y allí estaba yo, con mi alianza brillando en el dedo anular, sintiéndome algo expuesta y, al mismo tiempo, extrañamente libre.

Pues no habían pasado ni quince minutos cuando un hombre alto, de unos treinta y ocho años, traje impecable y mirada intensa, se acercó y me preguntó si podía invitarme otra copa.

Se llamaba Andrés y no era especialmente guapo en el sentido clásico, pero tenía algo: una seguridad en sí mismo, una voz grave y una forma de mirarme que me hizo sentir desnuda desde el primer segundo.

Hablamos durante más de una hora, yo le conté que estaba casada e incluso levanté la mano para mostrarle el anillo, esperando quizás que eso lo alejara, pero en lugar de alejarse, sus ojos se oscurecieron de deseo y me dijo con una sonrisa peligrosa: “Precisamente por eso me gustas más”.

Esa frase fue como una chispa directa en mi sexo sintiendo cómo me mojaba allí mismo, sentada en ese taburete, mientras mi marido probablemente me esperaba en casa pensando que estaba con mi amiga.

La culpa llegó, sí, pero llegó mezclada con una excitación tan fuerte que apenas podía mantener las piernas juntas.

En ese momento, Andrés no perdió el tiempo y me propuso ir a un hotel cercano que conocía y, después de dudar solo unos segundos que parecieron eternos, acepté.

En el ascensor del hotel ya no pusimos contenernos, pues apenas se cerraron las puertas me empujó contra la pared con firmeza, me besó con hambre y metió una mano bajo mi falda, tocándome por encima de las bragas que ya estaban empapadas.

Gemí contra su boca, un gemido largo y profundo que salió de lo más hondo de mi garganta.

Me sentía sucia, me sentía traidora, me sentía terriblemente viva y cuando entramos en la habitación casi temblaba de anticipación y miedo al mismo tiempo.

Andrés me desnudó lentamente, besando cada parte de mi cuerpo como si estuviera descubriendo algo prohibido, y cuando llegó a mi coño ya hinchado y mojado, se arrodilló y me devoró con una maestría que mi marido nunca había tenido.

Su lengua era insistente, sus dedos gruesos entraban y salían de mí mientras yo me agarraba a su cabello y gemía sin control.

Me corrí por primera vez en su boca, de pie, con las piernas temblando violentamente y sintiendo que me rompía por dentro siendo un orgasmo tan intenso que casi pierdo el equilibrio.

Andrés se levantó, me miró a los ojos y me dijo: “Ahora te voy a follar como se merece una esposa infiel”.

Esas palabras me atravesaron… Me tiró sobre la cama, me abrió las piernas y me penetró de un solo empujón profundo.

Sentí cada centímetro de su polla, más gruesa y más larga que la de mi marido, abriéndose paso dentro de mí, llenándome por completo.

Grité sin poder evitarlo, lo abracé con las piernas alrededor de su cintura y me entregué sin reservas.

Andrés me folló durante mucho rato, cambiando de posiciones, poniéndome a cuatro patas, agarrándome del pelo, dándome nalgadas fuertes que me hacían gemir todavía más fuerte.

En cada embestida sentía que estaba traicionando mi matrimonio de la forma más absoluta y, sin embargo, nunca me había sentido tan mujer, tan deseada, tan sexual.

Mi alianza estaba allí, en mi dedo, moviéndose cada vez que él me penetraba con fuerza, y esa imagen me volvía loca de morbo.

Cuando sintió que estaba a punto de correrse me preguntó si quería que se corriera dentro y dudé solo un instante pero le dije “sí… lléname”.

Sentí su polla palpitar violentamente y cómo su semen caliente inundaba mi interior, chorro tras chorro, marcándome como suya aunque solo fuera por esa tarde.

Después, cuando estaba tumbada en esa cama de hotel con las piernas abiertas y su semen saliendo lentamente de mi coño, la realidad cayó sobre mí como una ola.

Estaba casada desde hacía solo cuatro meses y acababa de dejar que otro hombre me follara y me corriera dentro.

La culpa era enorme, casi asfixiante… pero la excitación seguía allí, latiendo entre mis piernas hinchadas.

Me vestí en silencio, besé a Andrés por última vez y salí del hotel con las bragas mojadas de su semen y de mis propios flujos.

Durante el camino de vuelta a casa, conduciendo con las manos temblorosas, no dejaba de pensar en lo que acababa de hacer…

Mi marido me escribió preguntando si ya venía, le respondí que sí, que estaba llegando y cuando entré por la puerta y lo vi esperándome con una sonrisa cariñosa, sentí una mezcla brutal de ternura y vergüenza.

Lo besé en los labios y, mientras él me abrazaba, yo todavía tenía el semen de otro hombre dentro de mí, todavía sentía mi coño palpitando por la follada que acababa de recibir.

Esa primera vez siendo casada no fue solo sexo, fue una revelación que me dio a entender que ya no podía parar, que me gustaba demasiado ser infiel y supe, con una certeza absoluta, que esa sería solo la primera de muchas veces…