Casada e Infiel (Mis infidelidades más oscuras nº 1) Capítulo 2 El despertar de mi deseo después de la boda
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Capítulo 2 El despertar de mi deseo después de la boda

Normalmente, mucha gente cree que el matrimonio calma el deseo sexual de una mujer y lo transforma en algo más tranquilo y doméstico, pero la verdad que en mi caso ocurrió exactamente lo contrario: fue después de la boda cuando mi apetito sexual despertó con una fuerza que nunca antes había experimentado, como si el simple hecho de convertirme oficialmente en “esposa” hubiera abierto una puerta que hasta entonces había permanecido entreabierta.

Durante los meses previos a la boda yo ya era una mujer con deseos fuertes, pero aún intentaba controlarlos, aún me repetía a mí misma que una vez casada todo sería diferente, que el amor y la seguridad que sentía junto a mi marido serían suficientes para llenar ese vacío constante que sentía entre las piernas y en el fondo de mi mente.

Sin embargo, la realidad fue mucho más intensa y mucho más sincera que cualquier ilusión que me hubiera creado.

Desde la misma luna de miel, mientras mi marido me hacía el amor con esa ternura y esa devoción que tanto me conmovían en ese momento, yo cerraba los ojos y sentía cómo mi cuerpo pedía mucho más: más fuerza, más profundidad, más rudeza, más duración.

Sentía sus manos recorriendo mi piel con cariño y, al mismo tiempo, imaginaba otras manos más grandes, más exigentes, agarrándome con posesión, apretando mis caderas con fuerza mientras me penetraban sin piedad.

Esa primera semana de casados fue extraña y reveladora para mí que que durante el día era la esposa perfecta: sonriente, cariñosa, echándome fotos con mi marido en la playa o en la terraza del hotel, pero por las noches, cuando las luces se apagaban, mi mente se convertía en un torbellino de fantasías prohibidas que me mojaban sin que él apenas me tocara.

Con el paso de las semanas, ese deseo no disminuyó, sino que creció de forma casi obsesiva.

Recuerdo que volvimos de la luna de miel y retomamos nuestra vida normal: yo trabajando, él trabajando, la casa nueva que teníamos que amueblar, las visitas familiares…

pero dentro de mí había una tormenta constante.

Mientras cocinaba o doblaba la ropa de mi marido, mi mente se escapaba imaginando situaciones en las que me encontraba con un desconocido en un ascensor, en un algún aparcamiento o en un bar, y terminaba siendo follada sin contemplaciones contra una pared o sobre el capó de un coche.

La alianza en mi dedo, en lugar de recordarme mi compromiso, se convirtió en un símbolo que me excitaba aún más: era la prueba visible de que estaba haciendo algo prohibido, de que estaba traicionando una promesa reciente y eso, lejos de generarme rechazo, me encendía de una forma casi insoportable.

Fue en esos primeros meses de casada cuando realmente entendí que mi naturaleza no había cambiado con el matrimonio, sino que se había liberado y me sentía más mujer que nunca.

Me miraba al espejo después de ducharme, desnuda, con el pelo todavía mojado cayendo sobre mis hombros, y tocaba mis pechos, mi cintura, mis caderas, imaginando que eran las manos de otro hombre las que las recorrían…

Me excitaba pensar que ahora era una mujer casada, una esposa, alguien que supuestamente debía ser intocable, y sin embargo deseaba con todas mis fuerzas ser tocada, deseada y poseída por otros hombres.

Empecé a masturbarme con más frecuencia que antes, muchas veces mientras mi marido estaba en la misma casa, incluso a veces en el baño después de que él se hubiera dormido, me tocaba pensando en pollas diferentes, en hombres más altos, más fuertes, más agresivos e incluso muy mayores, y cuando me corría lo hacía con una intensidad que rara vez alcanzaba con mi marido.

Mi despertar fue gradual pero imparable.

Primero fueron solo fantasías y luego empezaron las miradas, a fijarme más en los hombres que me rodeaban: el entrenador del gimnasio, un compañero de trabajo, el vecino que siempre me saludaba con una sonrisa un poco más larga de lo normal.

Sentía cómo mi cuerpo reaccionaba ante esas miradas, mis pezones se endurecían bajo la ropa, mi respiración se aceleraba ligeramente y, sobre todo, sentía esa humedad traicionera acumulándose entre mis piernas.

Era como si mi coño tuviera vida propia y supiera perfectamente lo que necesitaba, aunque mi mente todavía intentara resistirse un poco.

En esa época, recuerdo una tarde en particular, pocas semanas después de volver de la luna de miel, que estaba sola en casa y recibí un mensaje de un viejo conocido que no veía desde antes de casarme.

Solo era un simple “¿cómo estás?” pero esa inocente pregunta abrió la compuerta.

Empezamos a hablar, a ponernos al día, y sin darme casi cuenta la conversación se volvió coqueta, pero luego claramente sexual.

Me preguntó si el matrimonio me había cambiado y yo, con el corazón latiendo fuerte, le respondí que en algunos aspectos sí, pero que en otros seguía siendo la misma.

Cuando me preguntó a qué me refería, le envié una foto mía recién salida de la ducha, con la toalla apenas cubriéndome y mi alianza claramente visible y su respuesta inmediata, llena de deseo y sorpresa, me mojó como pocas veces me había mojado.

En ese momento entendí que ya no había vuelta atrás: me excitaba enormemente saber que otros hombres me deseaban precisamente porque ahora era una mujer casada.

A partir de ahí mi deseo se volvió casi constante, caminaba por la calle sintiendo la mirada de los hombres sobre mi cuerpo y sonreía por dentro, imaginando qué harían conmigo si pudieran.

Me vestía de forma más provocativa aunque disimuladamente: faldas un poco más cortas, escotes que mostraban lo justo, jeans que marcaban mi culo, pues yo quería y necesitaba sentirme deseada.

Mi marido me daba amor, estabilidad y cariño, pero yo necesitaba sentirme hembra, necesitaba sentir que mi cuerpo despertaba pasiones fuertes, que provocaba erecciones, que hacía que un hombre perdiera el control y me follara como si no hubiera mañana.

Ese despertar después de la boda fue brutalmente honesto conmigo misma porque entendí que no era una fase ni algo temporal.

Era yo y mi verdadera naturaleza revelándose con toda su fuerza ahora que ya tenía el título de “esposa”.

Y lejos de asustarme, esa revelación me llenó de una excitación profunda y oscura que aún hoy, después de varios años, sigue ardiendo dentro de mí con la misma intensidad.

Porque ser una esposa infiel no empezó como un error, sino como un despertar.

Y ese despertar… ya nunca más se detuvo.