Casada e Infiel (Mis infidelidades más oscuras nº 1)
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Capítulo 1 La esposa que nunca logró ser fiel
Aunque ya lleve varios años casada y duerma cada noche en la misma cama que mi marido, nunca he conseguido ser una esposa fiel, ni siquiera en los primeros meses después de la boda, cuando todo el mundo esperaba que la pasión se transformara en una tranquila y monótona lealtad.
Desde muy joven supe que dentro de mí habitaba una mujer con un apetito sexual mucho más grande de lo que la sociedad considera “normal” o “aceptable” para una esposa, pero durante mucho tiempo intenté reprimirlo, intenté convencerme de que con el amor de un solo hombre sería suficiente, que con el tiempo aprendería a desear solo su cuerpo y solo sus caricias.
Sin embargo, cuanto más intentaba ser esa mujer casada ejemplar, más fuerte se volvía el fuego que ardía entre mis piernas y en mis pensamientos más oscuros, hasta que un día simplemente dejé de luchar contra él y me entregué por completo a mi verdadera naturaleza.
Ser infiel no es para mí un error ocasional ni una simple aventura de rebeldía; es una parte esencial de quién soy.
Me despierto cada mañana siendo una mujer casada, con mi alianza brillando en el dedo, y sin embargo, mientras preparo el café o me ducho, mi mente ya está imaginando manos diferentes recorriendo mi cuerpo, bocas ajenas besando mi cuello y pollas que no pertenecen a mi marido abriéndose paso dentro de mí con esa urgencia y esa fuerza que tanto necesito.
Me miro al espejo y veo a una esposa aparentemente perfecta: guapa, cuidada, sonriente…
pero detrás de esa imagen hay una zorra insaciable que se moja solo con la idea de ser deseada por hombres que saben que soy prohibida, que estoy casada, que pertenezco legal y públicamente a otro.
Esa contradicción es lo que más me excita: saber que estoy traicionando mi matrimonio y, al mismo tiempo, sentirme más viva y más mujer que nunca.
Recuerdo perfectamente el día de mi boda.
Mientras caminaba hacia el altar del brazo de mi padre, con el vestido blanco cayendo elegantemente sobre mi cuerpo, una parte de mí ya sabía que esa promesa de fidelidad sería imposible de cumplir, y no porque no amara a mi marido, porque sí lo amo a mi manera, sino porque mi cuerpo y mi deseo tienen sus propias reglas, unas reglas que no aceptan exclusividad.
Esa misma noche, en la suite del hotel de lujo donde pasamos nuestra luna de miel, mientras mi esposo me hacía el amor con ternura y emoción, yo cerraba los ojos y fantaseaba con que era un desconocido quien me estaba penetrando, alguien más grande, más dominante que el, alguien que me tratara como la hembra caliente que realmente soy.
Y esa fantasía no desapareció con el tiempo; al contrario, se hizo más intensa, más detallada y más frecuente, hasta que dejó de ser solo fantasía y se convirtió en mi realidad secreta.
Desde entonces he tenido muchos amantes como hombres de diferentes edades, diferentes cuerpos y diferentes formas de follar, pero todos ellos tienen algo en común: me hacen sentir lo que mi marido nunca ha logrado, me hacen sentir deseada de una forma animal, urgente y casi salvaje.
A mí, me encanta esa sensación de poder cuando un hombre me mira sabiendo que tengo marido y, aun así, decide que quiere follarme, me excita ver cómo sus ojos bajan hasta mi mano y se fijan en la alianza y cómo eso en lugar de detenerlos los enciende todavía más.
En esos momentos me siento muy poderosa y completamente mujer.
Siento que mi cuerpo fue hecho para ser disfrutado por más de un hombre, para ser tocado, lamido, penetrado y usado por quien yo decida en cada momento, sin importar el anillo que lleve puesto.
Hay días en los que me miro las manos y toco mi alianza con las yemas de los dedos, sintiendo el metal frío contra mi piel caliente, y una oleada de morbo me recorre entera.
Esa pequeña pieza de oro es el recordatorio constante de mi doble vida: soy la esposa cariñosa y atenta en casa, pero también soy la mujer que se abre de piernas sin pensarlo dos veces cuando un hombre atractivo me propone un encuentro.
Y ¿sabes qué?, yo realmente no siento culpa por ello, o mejor dicho, sí la siento, pero esa culpa se transforma rápidamente en una excitación tan fuerte que termina mojándome las bragas.
La vergüenza de saber que estoy haciendo algo “malo” se ha convertido en uno de mis mayores afrodisíacos.
A lo largo de este libro voy a contarte con absoluta sinceridad y sin filtros todo lo que siento cuando estoy en manos de otros hombres: cómo me tiemblan las piernas cuando me penetran por primera vez, cómo gimo sin control cuando me follan con fuerza, cómo mi cuerpo se arquea buscando más profundidad, más velocidad, más rudeza.
Voy a describirte el placer inmenso que siento cuando me corro con un amante de una forma que nunca he conseguido con mi marido, y también voy a confesarles esa mezcla extraña y adictiva de satisfacción y vacío que siento después, cuando vuelvo a casa con el cuerpo todavía marcado por otro hombre.
Porque esta es mi verdad más íntima: soy una esposa que nunca logró ser fiel y, honestamente, ya no quiero serlo.
He aceptado que necesito esto, que necesito la variedad, que necesito sentirme deseada por otros, que necesito que me follen como una zorra de vez en cuando para sentirme completa.
Mi matrimonio me da estabilidad, cariño y una vida cómoda, pero solo otros hombres pueden darme ese fuego, esa pasión salvaje y esa sensación de ser completamente poseída que tanto ansío.
Y así, día tras día, sigo viviendo mi doble vida con una sonrisa en los labios y un secreto constante entre las piernas, sabiendo que, aunque lleve el apellido de mi marido, mi placer, mi deseo y mi cuerpo siguen siendo completamente míos para entregárselos a quien yo quiera.
Esta es mi confesión, mi historia, y esto… es solo el comienzo.