Epílogo
Lilly
El problema de Wild River es que cualquier intento de organizar algo sencillo termina convirtiéndose en un acontecimiento social y la Fiesta del Ganado es el ejemplo perfecto.
Se supone que la celebración comienza a media mañana, pero a las ocho en punto ya hay gente en las mesas.
A las ocho y media Walter está discutiendo con Hank sobre la ubicación de los puestos.
A las nueve Rose dirige voluntarios con la misma energía que tendría si estuviera coordinando una operación militar.
Y a las nueve y cuarto Bonnie corrige discretamente todas las decisiones de Rose mientras finge que no lo está haciendo.
Al parecer, seis meses no son suficientes para cambiar ciertas costumbres, por suerte, porque algunas cosas merecen quedarse como están.
—Te has quedado mirando a la nada otra vez —. La voz de Mason aparece junto a mi oído.
Giro la cabeza y lo veo apoyado contra la valla de madera con dos vasos de café en las manos y una expresión relajada que sigue provocando efectos poco razonables sobre mi sistema nervioso.
—No estaba mirando a la nada.
—¿No?
—Estaba observando.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que lleva cinco minutos distraída.
—Gracias —le digo quitándole uno de los cafés.
—De nada —me responde y su brazo rodea mi cintura con absoluta naturalidad.
No obstante, he de confesar que ese gesto sigue sorprendiéndome a veces, no porque sea extraño, sino por lo fácil que resulta.
Durante años pensé que el amor era algo complicado y que exigía renuncias y sacrificios.
Sin embargo, ahora he descubierto que la mejor parte consiste precisamente en lo contrario, en la facilidad, en los pequeños gestos y en saber que alguien va a aparecer con un café sin que tengas que pedírselo.
—¿En qué estabas pensando? —quiere saber Mason.
Bebo un sorbo antes de responder.
—En que probablemente esta sea la primera vez en mi vida que no siento que estoy corriendo detrás de algo.
Mason me observa unos segundos.
—Eso suena importante.
—Porque lo es.
Hace seis meses mi vida parecía una guerra constante entre distintas versiones de mí misma: la mujer que quería triunfar, la que quería volver a casa y la que estaba enamorada de un cowboy y se negaba a admitirlo.
Ahora las piezas han dejado de competir entre sí, porque, a pesar de que mi trabajo es importante, Seattle sigue formando parte de mi vida.
Y aunque las tierras continúan siendo mías, Mason sigue aquí.
Resulta sorprendente la cantidad de problemas que desaparecen cuando dejas de intentar convertir tu vida en una elección múltiple.
—¿Te arrepientes de algo? —me pregunta Mason y eso me hace sonreír.
—¿Hoy?
—No, en general —niega con la cabeza.
—Solo de haberme casado contigo… —bromeo.
—Oyeeeee.
—Me lo has puesto muy fácil —me rio.
Mason hace una mueca de indignación.
—Fue una boda perfectamente respetable.
—Despertamos con resaca —le recuerdo con tono de burla.
—Eso es solo es un detalle sin importancia.
—No recordábamos la mitad de la noche —insisto.
—Detalles menores.
—Nathan intentó explicar la legalidad de todo aquello utilizando servilletas.
—Eso sí fue preocupante.
La risa nos alcanza a los dos y esa es probablemente otra de mis cosas favoritas, la facilidad con la que nos reímos ahora y la facilidad con que hemos aprendido a existir juntos.
Durante mucho tiempo pensé que el amor radicaba en grandes momentos, pero, por suerte, la realidad resulta bastante más interesante, porque el amor de verdad consiste en desayunos, viajes al aeropuerto, en discutir sobre quién olvidó comprar leche, en llamadas rápidas entre reuniones, en compartir espacio y en construir una rutina que no se parezca a una prisión sino a una elección.
—Mira quién viene.
Sigo la dirección de la mirada de Mason y veo a Ava corriendo a toda velocidad hacia nosotros.
—¡Lilly! —grita con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Hola, terremoto!
La niña se lanza directamente contra mí y consigo atraparla con mis brazos por los pelos.
—¡He ganado!
—Eso requiere que me expliques qué has ganado.
—Le he ganado —insiste la cría.
—Sigo necesitando que me lo aclares.
—Le he ganado a él —dice Ava señalando a Mason.
—Porque hiciste trampas —responde Mason encogiéndose de hombros.
—Eso es una acusación muy grave.
—Empezaste antes de tiempo.
—Utilicé la estrategia —insiste la cría.
—Utilizaste ocho años de ausencia absoluta de escrúpulos.
Ava parece bastante orgullosa de sí misma cuando vemos a Luke que aparece caminando detrás de ella.
—Llevo una hora escuchando lo mismo —resopla al llegar a nuestra altura.
—¡Porque he ganado! —grita la niña alzando los brazos en señal de victoria
—Dice que no piensa dejar de decirlo —afirma Luke con resignación.
—Nunca —admite la cría.
—Eso es lo que me preocupa —resopla.
Ava sonríe y yo también, porque ver a Luke con la niña sigue produciéndome cierta ternura. Durante los primeros meses de mi regreso estaba convencida de que vivía permanentemente agotado, ahora sé que simplemente es padre, aunque no estoy segura de que exista una diferencia real.
—¿Dónde está Margaret?
—Con Rose.
Luke señala la zona principal de la fiesta.
—Lo cual probablemente significa que están organizando algo peligroso.
—O peor —admito y resoplo.
—¿Peor?
—Están organizando algo benéfico —comenta Mason.
—Tienes razón. Es peor —añade Luke pálido.
Ava se escapa antes de que sigamos hablando y Luke la observa como corre.
—Un día me dará un infarto —dice negando lentamente con la cabeza.
—Hoy no —sentencio.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque hoy Ava está demasiado feliz —le respondo con una sonrisa y Luke también sonríe y esa simple expresión dice mucho más de lo que cualquiera admitiría en voz alta.
Porque hace un año ninguno de nosotros estaba donde está ahora y quizá eso sea lo mejor de Wild River.
La gente cambia a veces muy despacio y de formas inesperadas, pero cambia, mientras el pueblo permanece en el mismo lugar.
Sigo observando la feria mientras pasa la mañana.
Rose aparece dando instrucciones, aunque detrás de ella Bonnie reorganiza esas mismas instrucciones.
Walter protesta. Hank propone ideas que nadie debería permitirle desarrollar.
James vigila el conjunto desde una distancia prudente, mientras Nathan está contando una historia a un grupo de personas que claramente lamentan haber iniciado la conversación.
Y, por extraño que parezca, la imagen consigue hacerme feliz, porque durante años pensé que regresar aquí significaba dar un paso atrás, pero ahora sé que estaba equivocada.
Regresar no siempre implica volver atrás, a veces significa encontrar algo que seguía esperándote.
—Te has quedado muy seria.
Mason me acaricia la cintura con el pulgar y me devuelve al presente.
—Estoy bien —le aseguro.
—No he preguntado si estabas mal.
—Eso es jugar sucio —le respondo a media voz.
—Estoy aprendiendo de ti.
Le lanzo una mirada rápida.
—Entonces deberías estar preocupado.
—Lo estoy desde que nos casamos.
—Qué romántico —bromeo.
—De nada.
Me río y él aprovecha para besarme en la sien.
Es un gesto breve, discreto y casi doméstico, pero me llega al corazón.
Hace seis meses me habría puesto nerviosa que alguien nos viera así en mitad de la plaza.
Hoy Rose nos observa desde la mesa de tartas con una sonrisa satisfecha y ni siquiera siento ganas de escapar.
—Lilly, cariño —veo que me llama desde el puesto—, necesito que revises la lista de donaciones antes de que Hank vuelva a tocarla.
Al escuchar su nombre, Hank levanta la cabeza desde la mesa de permisos.
—Estoy aquí, ¿Eh? ¡Y te he oído! —exclama Hank.
—Lo sé —responde Rose sin mirarlo—. Por eso lo he dicho.
Bonnie aparece detrás de ella con una caja de la librería entre las manos.
—Hank ha intentado ordenar las papeletas por intuición.
—La intuición es una herramienta válida —protesta él.
Walter, sentado a la sombra con un vaso de limonada, resopla.
—La tuya no —sentencia Walter.
—Walter, hoy es fiesta —le recuerda James desde el borde de la mesa.
—Por eso estoy siendo amable —admite Walter.
Nathan se acerca justo entonces, impecable, sonriente y peligrosamente satisfecho consigo mismo.
—Yo puedo dar fe de que Walter ha mejorado mucho su trato social.
—Tú no das fe de nada gratis —le responde Walter.
—Cierto, pero tengo tarifas muy razonables.
—Son un robo —le suelta Walter.
—La excelencia jurídica se paga —sentencia Nathan.
—¿Ves? Esto es lo que echabas de menos —me susurra Mason inclinándose hacia mí.
—Lo peor es que tienes razón —le respondo con una sonrisa.
Me acerco a la mesa de Rose y reviso las listas. Antes lo habría hecho con la sensación de que el pueblo me estaba absorbiendo contra mi voluntad. Ahora, en cambio, cojo el bolígrafo, reorganizo turnos, corrijo dos errores y le quito a Hank una carpeta que no debería tener en sus manos.
—Eso era mío —protesta el alcalde.
—No, Hank. Eso era un accidente esperando ocurrir —le respondo.
—Me duele tu falta de confianza —suelta él negando con la cabeza.
—Te recuperarás.
—Sabía que volverías a poner orden aquí —me dice Rose, que me mira con orgullo, como si acabara de verme aprobar un examen que ella preparó hace tiempo sin avisarme.
—No he vuelto para dirigir el pueblo —le informo.
—Nadie ha dicho dirigir —añade Bonnie sonriente.
—Coordinar emocionalmente quizá —me aclara Rose.
—Eso suena peor —le respondo con una sonrisa.
—Pero encaja mucho.
Margaret aparece a mi lado y me entrega una cinta del festival que se me había caído sin darme cuenta.
—Toma. Antes la habrías guardado para fingir que no te importaba.
—¿Ahora qué hago con ella? —le pregunto sin dejar de mirarla.
—La llevas en la mano y aceptas que te importa.