Epílogo #2
Mason, desde la valla, oye la frase y sonríe. Maldito hombre. Es demasiado guapo, tranquilo y absolutamente mío. Esa palabra todavía me sorprende, aunque no digo «mío» como posesión, sino como lugar, como elección o como esa persona a la que buscas con la mirada incluso cuando sabes dónde está.
La mañana avanza entre concursos, comida, música y conversaciones cruzadas. Ava obliga a Mason a participar en una prueba con lazo y pierde de forma bastante humillante frente a una niña de ocho años, lo cual me proporciona risas aseguradas durante al menos una hora.
—No vuelvas a mencionarlo —me advierte cuando regresa a mi lado.
—No pienso hacerlo.
—Lilly… que nos conocemos —insiste él.
—Solo he sacado una foto —me defiendo como puedo.
—Bórrala.
—Jamás —niego con la cabeza.
—Eres cruel.
—No, solo soy una mujer con pruebas.
—Eso debería preocuparme más.
—Debería…
Le doy un beso rápido y Mason se queda mirándome con una expresión que antes me habría hecho retroceder, pero que ahora me hace sonreír.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada.
—Mason.
—Me gusta verte aquí —me confiesa al oído.
La frase no es grande ni dramática y precisamente por eso me impacta.
—A mí también me gusta estar aquí —. Sus dedos se entrelazan con los míos—. Y me gusta irme también.
—Lo sé.
—Me gusta Seattle y me gusta mi trabajo, tener reuniones y proyectos que me obligan a pensar deprisa.
—Lo sé.
—Pero también me gusta volver.
Mason baja la mirada hacia nuestras manos.
—Eso es lo que quería para ti.
—¿Que me pasara la vida en aeropuertos? —le pregunto alzando una ceja.
—No, que no tuvieras que hacerte más pequeña para quererme.
Durante un segundo, el ruido de la fiesta queda lejos, porque esa frase ocupa todo el espacio entre nosotros.
—Te quiero mucho, Mason Steele.
—Eso espero, porque estoy casado contigo.
—Pero por elección esta vez.
—Mucho mejor que por accidente.
—Aunque admito que el accidente tuvo cierta utilidad.
—No se lo digas a Nathan —me advierte en tono de broma y tocándome con el índice la punta de la nariz.
—Nunca.
—Ni a Rose.
Ambos giramos la cabeza al mismo tiempo y vemos que Rose nos mira desde la mesa de tartas con una sonrisa que indica que probablemente nos ha leído los labios, el alma o ambas cosas.
—Demasiado tarde —murmura Mason.
Estoy a punto de responder cuando una camioneta negra entra por la carretera principal levantando polvo junto al aparcamiento improvisado para los visitantes a la Fiesta del ganado. No reconozco el vehículo, de hecho, nadie lo hace y en Wild River eso equivale a accionar una alarma pública.
La conversación se frena en varios puntos del recinto. Rose deja de servir café, Bonnie gira la cabeza y Walter entrecierra los ojos con la expresión de un hombre que ya está molesto, aunque todavía no sabe por qué.
La camioneta se detiene junto a la entrada de la plaza, la puerta se abre y baja una mujer alta con cabello oscuro, vaqueros ajustados, botas marrones, gafas de sol, una maleta visible en el asiento del copiloto y una expresión que dice con bastante claridad que no ha venido a pedir permiso a nadie.
—¿Quién es? —pregunto a Mason y él tarda un segundo en contestar.
—Kaisy Parker.
El apellido hace que varias conversaciones cercanas se detengan.
—¿Parker? —repito.
—Sí de la familia del antiguo Rancho Parker —explica Mason—. Lo vendieron hace años.
—Pues parece que alguien ha vuelto.
—Eso parece.
Como si la frase lo hubiera invocado, Cole Donovan aparece desde el otro lado del recinto. Lleva sombrero, camisa oscura y una expresión propia de un hombre que se ha levantado dispuesto a desconfiar del mundo entero.
—Oh, no —murmura Bonnie.
—Oh, sí —añade Rose sonriendo despacio.
—No empecéis —les dice Water dejando su vaso de limonada sobre la mesa.
—Nadie ha empezado nada —responde Rose.
—Eso es mentira incluso antes de que ocurra.
Cole llega junto a la camioneta justo cuando Kaisy se quita las gafas de sol.
—Estás bloqueando el acceso —dice él, sin ni siquiera saludarla previamente.
Kaisy lo mira de arriba abajo.
—Buenos días para ti también.
—El acceso sigue bloqueado.
—Llevo aquí menos de un minuto.
—Suficiente.
—¿Siempre recibes así a los desconocidos o he tenido suerte?
—Depende de si aparcan mal.
—No he aparcado mal —dice ella cruzándose de brazos.
—Has aparcado en medio del acceso —insiste Cole.
—He parado para preguntar una dirección.
—Podrías haberlo hecho sin ocupar el paso.
—Podrías haber respondido sin comportarte como un cactus con botas.
Nathan, que ha aparecido a mi lado sin hacer ruido, suelta una carcajada.
—Esa chica me cae bien —confiesa el abogado.
—Esto va a ser un problema —sentencia James cruzándose de brazos.
—Un problema interesante —corrige Nathan.
Luke mira a Ava, que observa la escena con los ojos abiertos.
—No aprendas nada de esto.
—Demasiado tarde —responde la niña.
—¿Qué dirección buscas? —le pregunta Cole inclinando la cabeza.
—El Rancho Parker —le responde la joven.
—¿Para qué? —le pregunta Cole, a quien le ha cambiado la expresión un poco.
—Para entrar en mi propiedad —le responde Kaisy sonriendo sin humor.
El efecto es inmediato, Bonnie abre la boca, Rose se lleva una mano al pecho, pero de emoción, no de susto y Walter pone los ojos en blanco. Cole se queda inmóvil durante un segundo.
—¿Tu propiedad? —le pregunta con gesto de incredulidad.
—Sí.
—El Rancho Parker está cerrado.
—Ya no.
—Necesita mucho trabajo.
—Lo sé.
—Muchísimo.
—Lo tengo claro —le confirma ella.
—No tienes ni idea de en qué te estás metiendo.
—Qué curioso. Iba a decir exactamente lo mismo de esta conversación —le responde Kaisy dando un paso hacia él y sin mostrarse intimidada.
Mason suelta una carcajada baja y yo lo miro.
—¿Cole siempre es así? —le pregunto.
—Solo en sus días buenos —me aclara.
—¿Hoy es uno de sus días buenos?
—No estoy seguro.
Cole y Kaisy siguen mirándose como si hubieran decidido declararse la guerra por una plaza de aparcamiento, un rancho viejo y algún asunto que ninguno de los dos conoce todavía, pero la tensión es evidente, la antipatía también y la atracción, por desgracia para ellos, todavía más.
—¿Lo has visto? —pregunta Rose inclinándose hacia Bonnie.
—Entero.
—Esto va a ser magnífico —añade Rose.
—O un desastre —contesta Bonnie.
—Las mejores cosas empiezan igual.
—Necesito mudarme —gruñe Walter.
—No lo harás —responde Hank.
—Porque nadie compraría tu casa con la decoración que tienes —añade Nathan.
—Tú, abogado, cállate —le suelta Walter señalándole con el dedo.
Kaisy recoge una carpeta del asiento del copiloto y Cole señala la carretera con gesto seco.
Ella responde algo que no alcanzo a escuchar desde donde estoy, pero por la expresión de Cole no debe de ser una disculpa.
Después sube a la camioneta, arranca y avanza hacia la salida del recinto, mientras Cole se queda mirando cómo se marcha durante demasiado rato.
Rose lo ve, Bonnie también y yo también.
—No digas nada —me susurra Mason mientras me rodea la cintura con los brazos desde atrás.
—No iba a hacerlo —niego con la cabeza.
—Mientes fatal.
—Solo iba a decir que reconozco esa clase de energía —le respondo con una sonrisa mientras apoyo las manos sobre las suyas.
—¿Ah, sí?
—Sí. Discusiones, orgullo, miradas asesinas y una incapacidad alarmante para admitir lo evidente.
—Suena horrible.
—Puede acabar en matrimonio.
Mason se ríe junto a mi oído.
—En nuestro caso fue al revés.
—Detalles.
Frente a nosotros, Cole sigue de pie en mitad de la fiesta con cara de querer culpar a alguien por lo que acaba de ocurrir.
Rose y Bonnie ya están cuchicheando entre ellas.
Walter parece resignado y Ava observa a los adultos con una expresión de decepción.
Por mi parte, miro a Mason, luego a Wild River y después a la carretera por la que acaba de desaparecer Kaisy Parker.
Hace seis meses llegué a este pueblo convencida de que solo venía a cerrar una puerta y terminé abriendo una vida entera, una casa, un amor, una familia y un futuro que no cabe en un solo lugar, pero que por fin siento mío.
—¿En qué piensas? —me pregunta Mason besándome en la sien.
—En que Wild River acaba de volver a hacer de las suyas.
—Siempre lo hace.
—Ya veo…
Y sonrío mientras Cole Donovan empieza a discutir con Rose sobre algo que no tiene ninguna importancia, porque reconozco esa clase de energía, que resulta que es la misma que convirtió una pelea en una boda accidental, que transformó dos vidas incompatibles en una historia de amor y la misma que acaba de regresar a Wild River.
Algo me dice que este pueblo no va a aburrirse durante una larga temporada.