Capítulo 18 #2
—¡Por fin! —exclama y me abraza antes de que consiga bajar del todo de la camioneta.
—Hola, Rose —le respondo abrazándola yo también a ella.
—No vuelvas a hacer eso.
—¿Irme? —le pregunto alzando una ceja.
—Exactamente.
—Lo intentaré.
—No lo intentes. Limítate a no hacerlo.
Mason apoya un brazo sobre el techo de la camioneta.
—Buenos días para ti también.
Rose le dedica una mirada rápida.
—Tú tampoco ayudas —le suelta.
—Eso es injusto —se queja él.
—No me importa.
Apenas cinco minutos después aparece Margaret, luego Walter, después Hank y alguien dice algo de una comida improvisada, otro propone una celebración y Nathan surge de la nada exactamente igual que siempre.
—Excelente —. Mason suspira—. Ya está aquí.
—Naturalmente —le responde Nathan ajustándose las gafas de sol—. He venido a recibir el agradecimiento público que merezco.
—No vas a recibirlo —le advierte Mason.
—Qué falta de reconocimiento —se queja Nathan negando con la cabeza.
—¿Qué has hecho ahora? —le pregunto.
—Lilly, me duele que formules esa pregunta —me contesta Nathan llevándose una mano al pecho.
—Responde —insiste.
—He salvado tus tierras.
—Nathan…
—Es una simplificación razonable.
—No le hagas caso. Lleva una semana preparando ese discurso —me cuenta James, que ha aparecido detrás de Nathan.
—Era un gran discurso.
—Era un discurso de cuarenta minutos —aclara James.
—La excelencia requiere tiempo.
—Nadie quería escucharlo —añade Luke cruzándose de brazos.
—Esa es vuestra opinión.
—Era la opinión de todo el pueblo —aclara James, aunque Nathan ignora el comentario.
—Lo importante es que el asunto está resuelto —sentencia Nathan.
Eso consigue captar toda mi atención.
—¿Resuelto cómo?
Nathan adopta una expresión profesional y esta es una de las pocas veces que parece realmente abogado.
—Tu abuelo dejó mecanismos suficientes para proteger la propiedad. Hemos reorganizado varios aspectos legales, eliminado las restricciones innecesarias y formalizado la situación.
—¿Y eso significa...?
—Que las tierras son tuyas porque has decidido conservarlas. No porque exista ninguna obligación, ni una cláusula te fuerce, ni porque nadie haya tomado la decisión por ti.
—¿De verdad? —le pregunto con incredulidad.
—De verdad —me responde Nathan asintiendo con la cabeza.
Miro a Mason y después vuelvo a mirar a Nathan.
—Gracias.
—¿Eso es una muestra de gratitud sincera? —inquiere Nathan parpadeando.
—Sí —le confirmo.
—Pues necesito que alguien lo grabe —bromea Nathan.
—No abuses de tu suerte.
—Demasiado tarde —me contesta encogiéndose de hombros.
Las risas estallan a nuestro alrededor y por primera vez desde que comenzó toda esta historia, siento que el peso que mi abuelo dejó sobre mis hombros desaparece por completo.
Las tierras siguen siendo mías y Wild River continúa formando parte de mi vida, pero ahora todo eso existe porque lo he elegido y no porque alguien lo decidiera por mí.
La celebración termina trasladándose a la cafetería y horas después el pueblo entero parece haber encontrado una excusa para aparecer.
Hay café, pasteles y conversaciones cruzadas.
Walter critica la organización de un evento que ni siquiera existe.
Rose da órdenes y Hank intenta convencer a varias personas de participar en una actividad absurda, mientras Nathan cuenta una versión cada vez más heroica de su participación en los acontecimientos.
—En la tercera versión ya habías derrotado a tres despachos de abogados tú solo —comenta James.
—Porque estoy perfeccionando los detalles.
—Estás inventándotelos.
—Los grandes relatos requieren cierta flexibilidad —le cuenta Nathan.
Mason me observa desde el otro lado de la mesa sin decir nada, pero siento la misma sensación que tuve semanas atrás cuando pensé por primera vez que empezaba a pertenecer a este lugar.
La diferencia es que ahora ya no tengo dudas.
Pertenezco aquí y también a otras partes.
Porque mi vida ya no cabe dentro de un solo lugar, ni dentro de una sola versión de mí misma.
Cuando la tarde empieza a caer, Mason y yo nos alejamos del pueblo, porque necesitamos respirar y un momento para nosotros.
Terminamos caminando por una de las colinas que dominan el valle y desde allí Wild River parece una maqueta pequeña, tranquila y familiar.
El viento mueve con suavidad los árboles y las montañas se extienden en el horizonte.
Mason se detiene junto a mí y durante unos segundos ninguno habla, aunque ahora ya no es incómodo, sino que nos da sensación de paz.
—¿Sabes una cosa? —le pregunto.
—Depende.
—Cuando llegué aquí estaba convencida de que mi vida estaba en otra parte.
—Lo recuerdo —asiente con la cabeza.
—Luego pensé que tendría que elegir entre Seattle o Wild River, entre tú o mi carrera, pasado o futuro.
—Y descubriste que no era así —dice girando la cabeza hacia mí.
—Sí —acepto y le tomo la mano—. Creo que llevaba años mirando todo como si fueran opciones incompatibles.
—Eso suena agotador.
—Lo era —le confirmo.
—¿Y ahora? —quiere saber entrelazando sus dedos con los míos.
—Ahora creo que el futuro puede ser mucho más grande de lo que imaginaba —le respondo contemplando el pueblo, la carretera y las montañas.
—Esa respuesta me gusta —me contesta con una sonrisa.
—A mí también.
Permanecemos allí varios minutos, aunque no sé cuántos porque no los cuento, ya no tengo prisa, ahora ya no intento escapar de nada. Mason acerca mi mano a sus labios y me da un beso sobre los nudillos.
—¿En qué piensas? —le pregunto con una sonrisa.
Él observa el valle y después gira la mirada hacia mí.
—En que durante meses estuve convencido de que el futuro daba miedo.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que solo necesitaba imaginarte dentro de él —me responde apretando ligeramente mi mano.