Casada con un cowboy (Cowboys de Wild River 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Lilly

Nunca había pensado que una ciudad pudiera parecer tan distinta en cuestión de horas.

La misma calle, los mismos edificios y el mismo tráfico interminable bajo mi ventana.

Sin embargo, esta mañana Seattle ya no parece el lugar al que regresé convencida de que era donde debía estar.

Ahora solo parece una parada, una importante y necesaria, pero una parada al fin y al cabo.

Estoy apoyada contra la encimera de la cocina cuando escucho el ruido de la ducha detenerse.

Mason lleva dos días en la ciudad, cuarenta y ocho horas en los que hemos hablado más que durante semanas y dos días en los que hemos discutido, nos hemos pedido perdón y hemos dicho cosas que llevábamos guardando demasiado tiempo.

Cuarenta y ocho horas, en definitiva, en las que, por primera vez, ninguno ha intentado proteger al otro tomando decisiones en su lugar.

La puerta del baño se abre y Mason aparece secándose el pelo con una toalla. La imagen resulta tan extraña que casi me hace reír, porque sigue pareciendo un cowboy incluso saliendo de la ducha en pleno centro de Seattle.

—¿Qué? —pregunta al descubrir que lo observo.

—Estaba pensando que probablemente seas la única persona de esta ciudad capaz de entrar en un apartamento de ciudad y hacer que parezca una cabaña.

—Eso suena a cumplido —me responde dejando la toalla sobre una silla del salón.

—Porque lo es.

Su sonrisa vuelve a aparecer, pero ahora lo hace despacio.

—Empiezo a creer que te gusto —bromea haciéndose el interesante, mientras aún le resbalan por el pecho gotas de agua de la ducha.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Resoplo. Mason cruza la cocina y cuando llega hasta mí, me rodea la cintura con los brazos y apoya la frente contra la mía.

No hay prisa, ni miedo, ni esa sensación constante de que el tiempo se está acabando.

Ahora solo estamos aquí juntos y, por primera vez después de mucho tiempo, eso parece suficiente.

—¿En qué piensas? —me pregunta.

—En que hemos sido bastante idiotas —le respondo rozando la punta de mi nariz con la suya.

—Eso no reduce mucho las opciones —me contesta y me da un beso suave en la punta de la nariz mientras me mira a los ojos.

—Me refiero a nosotros.

—Ah.

—Tú intentando decidir por mí.

—Culpable.

—Yo interpretando cosas que nunca dijiste.

—También culpable.

Levanto una ceja.

—No puedes declararte culpable de mis errores —le advierto.

—Solo quiero ser solidario.

—¡Qué detalle!

Mason se inclina, me besa sin prisas y sin necesidad de demostrar nada.

El beso termina convirtiéndose en otro y después en otro más.

Las discusiones, la distancia y los malentendidos parecen lejanos, aunque no desaparecen, porque todo eso forma parte de nuestra historia, pero ya no está entre nosotros.

Nos seguimos besando y él me sienta sobre la encimera para colocarse entre mis piernas.

Me quito el camisón para poder disfrutar del tacto de su pecho sobre mi piel y le abrazo.

El me besa el cuello y sigue bajando por mi escote para recrearse en mis pezones que le reciben erectos.

Le rodeo la cintura con mis piernas y en un derroche de agilidad, le arranco la toalla que lleva anudada alrededor de la cintura.

Él sonríe con gesto pícaro. Bajo la mirada hasta su entrepierna y veo que está duro y listo para mí, por lo que no dudo en apretarle la cintura de nuevo con mis piernas para que entre en mí.

Cuando lo hace le beso y ambos gemimos al notar cómo mis paredes se adaptan a su gran tamaño.

Mason se clava en mí con decisión y empuje agarrándome de las caderas.

Yo me dejo llevar y acaricio mi centro de placer con los dedos, por lo que con unas cuantas embestidas más acabo estallando mientras Mason me besa.

Al verme invadida por el placer, aumenta el ritmo de sus acometidas y acaba estallando en los últimos estertores de mi orgasmo.

Me abrazo a su cuello, mientras el gime contra mi boca.

—Te quiero, Lilly —me susurra con la respiración entrecortada.

—Y yo a ti, mi amor —le respondo antes de besarle de nuevo.

Horas después seguimos en el apartamento, observando cómo la tarde cae lentamente al otro lado de los ventanales.

Estamos tumbados en el sofá con mis piernas descansando sobre las suyas y su mano jugando de forma distraída con mis dedos.

Hay algo extrañamente íntimo en esta calma, más incluso que el buen sexo que tenemos, porque la pasión puede aparecer de repente, pero lo que hay entre Mason y yo requiere confianza, quedarse y elegirnos.

—¿Sabes qué es lo peor? —le pregunto.

—Que Nathan va a presumir de haber tenido razón.

—Eso también.

—Voy a prohibirle ejercer la abogacía —me responde con un gruñido.

—No puedes.

—Encontraré la forma —le contesto con una sonrisa.

—Lo peor es que durante semanas pensé que no te importaba.

Su expresión cambia y aunque no desaparece la tranquilidad, sí aparece algo de tristeza.

—Ya.

—Y ahora me parece ridículo.

—No era ridículo —me dice.

—Un poco sí.

Mason niega con la cabeza.

—Lilly, yo te vi marcharte a Seattle hace diez años porque tenías un sueño. Después aparecí en tu vida con una herencia complicada, un matrimonio absurdo y un pueblo lleno de personas opinando sobre todo. Pensé que pedirte que renunciaras a algo habría sido egoísta.

—En lugar de eso decidiste sufrir en silencio —le suelto yo.

—No fue mi mejor plan, lo acepto.

—Definitivamente no. Lo tendré en cuenta para nuestra próxima crisis —me contesta con una sonrisa.

—Por favor —le ruego.

—Anotado —me responde guiñándome un ojo.

La conversación se pierde poco a poco y las palabras dejan espacio a los gestos, a las miradas y a esa cercanía que ya no necesita explicaciones.

La sensación es completamente distinta a la de la cabaña, porque aquella noche estuvo llena de emociones contenidas, de tensión acumulada y de miedo a lo que pudiera significar, pero esto es diferente.

Ahora nos conocemos, sabemos lo que sentimos y ya nadie intenta huir.

Me abrazo a Mason mientras seguimos tumbados uno junto al otro.

Escucho los latidos de su corazón y siento su mano acariciando mi espalda.

—Tenemos que hablar de algo —empiezo.

—Esa frase nunca trae nada bueno.

—Confía un poco.

—Vale, a ver, dime... —acepta alzando una ceja de forma inquisitiva.

—No quiero perder lo que tengo en Seattle —le digo incorporándome ligeramente para mirarme a los ojos y veo como él asiente.

—Me lo imagino.

—Pero tampoco quiero perder Wild River.

Mason guarda silencio unos segundos, porque está pensando.

—Yo tampoco quiero que pierdas ninguna de las dos cosas.

—Entonces tenemos un problema.

—O una negociación.

—Lo de Nathan se te está pegando, ¿eh? —bromeo.

—Si, sé que es una tragedia —me responde y ambos sonreímos.

—He estado pensando opciones.

—Eso suena peligroso. —resopla.

—Hay una solución con la que podría hacer parte del trabajo desde Wild River y también puedo viajar.

—¿Y? —me pregunta incorporándose ahora él.

—Y Wild River está a dos horas en avión.

—Te sigo escuchando.

—Y quizá llevamos semanas discutiendo entre Seattle y Wild River cuando la respuesta nunca fue elegir uno de los dos.

—¿Qué quieres decir con eso? —. Su mirada permanece fija en la mía.

—Que quiero ambas cosas —le confirmo.

—Yo también.

—¿Así de fácil? —le pregunto arqueando una ceja.

—No.

—Gracias por la sinceridad.

—Va a requerir organización, vuelos, horarios complicados y probablemente muchas discusiones —me explica.

—Eso sí suena muy propio de nosotros —bromea.

—Pero funcionará —afirmo con convicción.

Noto cómo algo se relaja dentro de mí, porque no estoy renunciando a nada, aunque Mason tampoco me lo ha pedido, porque la vida no tiene por qué parecerse a los planes que hicimos cuando teníamos miedo.

—Entonces tenemos un acuerdo —suelta extendiendo su mano derecha frente a mí.

—¿Un acuerdo oficial?

—Muy oficial.

—Aceptado —le digo estrechándole la mano.

—Perfecto. Aunque seguramente Nathan querrá redactar un contrato.

—Nathan necesita aficiones nuevas.

—En eso estoy completamente de acuerdo contigo —asiente, me atrae de nuevo hacia él y esta vez, cuando me besa, ninguno de los dos está pensando en despedidas, porque ya no existen.

Dos semanas después aterrizo en Montana y al bajar del avión noto que el aire huele a hierba, tierra húmeda y, sobre todo, a hogar. No recordaba cuánto había echado de menos esta sensación hasta que bajo del avión.

Mason aparece a mi lado con una bolsa de viaje al hombro.

—Bienvenida a casa —me dice que ha venido a recibirme con mi bolsa de viaje al hombro.

—Eso ha sonado sospechosamente romántico —le respondo moviendo las cejas de manera cómica.

—He estado ensayando todos estos días, mientras que tú cerrando cosas en Seattle —bromea.

—Se nota —asiento.

—Me alegro —. La sonrisa que aparece en su cara sigue teniendo el mismo efecto absurdo sobre mí.

Subimos a la camioneta y esta vez el viaje hacia Wild River me parece completamente distinto, porque ahora no regreso porque una cláusula me obligue a hacerlo, sino porque es lo que más deseo.

Cuando el cartel de bienvenida a Wild River aparece al borde de la carretera siento que la emoción me invade.

—Mírate —comenta Mason mientras conduce—. Estás sonriendo.

—No es verdad.

—Lilly, llevas diez minutos sonriendo.

—No tienes pruebas de eso…

—No, pero tengo ojos.

—Eso solo forma parte de los detalles técnicos sin importancia… —trato de disimular.

La risa de Mason llena la camioneta y Wild River aparece poco después con las mismas calles, fachadas y edificios, pero ahora los veo distintos. Quizá porque yo también he cambiado.

La noticia de nuestro regreso parece correr por el pueblo más rápido que nosotros y cuando llegamos a la plaza ya hay varias personas que nos saludan. Rose es la primera en aparecer cruzando la calle prácticamente corriendo.