Capítulo 17 #2
—Que dejara de tomar decisiones por miedo.
Una sonrisa triste se me dibuja en los labios.
—Muy propio de él.
—También me dijo que siempre he sido muy valiente para marcharme y bastante menos valiente para quedarme cuando algo me importa —le cuento.
—Era un hombre irritante —bromeo.
—Muchísimo.
Durante un instante los dos sonreímos, pero la emoción sigue ahí, debajo, esperando.
—Rose me llamó después —sigue cruzándose de brazos.
—Naturalmente.
—Me preguntó si alguna vez te había visto manejar bien tus emociones.
—Eso es injusto…
—Le dije que no.
—Pero también cierto.
Su sonrisa tiembla y sus ojos se vuelven más brillantes por las lágrimas que ya no sabe cómo contener.
—Entonces entendí que quizá había confundido tu miedo con indiferencia.
—No era indiferencia —le aclaro.
—Ya, ahora lo sé.
—Lilly... —. La voz se me rompe un poco, algo que odiaría en cualquier otro contexto, pero que ahora me da igual—. Te quiero.
Ella deja de respirar durante un segundo.
—Te quiero —repito, porque con una vez no basta—.
Te quiero cuando discutes conmigo, cuando me llevas la contraria, cuando haces que mi madre parezca encantada con la vida y cuando consigues que todo el rancho parezca más vivo solo porque estás tú allí.
Te quiero en Wild River, en Seattle, en una cabaña en mitad de una tormenta y en este vestíbulo lleno de gente que probablemente cree que soy parte de una campaña publicitaria extraña.
—Podrías serlo —se ríe entre lágrimas.
—Probablemente vendería mucho —bromeo.
—No te emociones.
—No es mi prioridad ahora mismo.
Doy un paso hacia ella, pero me detengo antes de tocarla.
—No he venido a pedirte que renuncies a tu carrera, ni a decirte que Seattle no importa, porque sí que importa. Lo he visto nada más entrar aquí. Este lugar es tuyo porque te lo has ganado y no quiero ser el hombre que te haga más pequeña para que quepas en mi vida.
Lilly aprieta los labios.
—¿Entonces qué quieres?
—Quiero encontrar una forma en la que podamos elegirnos sin que ninguno tenga que desaparecer o renunciar a lo que le hace feliz.
La frase se queda entre nosotros sincera e imperfecta, pero nuestra.
—No sé cómo se hace eso —admite.
—Yo tampoco.
—Va a ser complicado.
—Sí.
—Habrá viajes, distancia, trabajo, el rancho, Seattle, la herencia y probablemente Rose opinando sobre todo.
—Rose opinaría incluso si viviéramos en Alaska —añado y Lilly se ríe de nuevo. Después se limpia una lágrima con un gesto rápido de su mano y casi enfadada consigo misma por emocionarse.
—Yo también te quiero —confiesa y siento cómo todo dentro de mí se detiene.
—¿Qué?
—No hagas que lo repita solo porque estás disfrutando —me dice visiblemente emocionada con una pequeña sonrisa.
—No estoy disfrutando.
—Mientes fatal.
—Estoy intentando procesarlo.
Lilly se acerca un paso.
—Te quiero, Mason Steele. Te quiero, aunque seas terco, aunque te calles justo cuando deberías hablar y aunque hayas necesitado cruzar medio país en camioneta para decir una frase que podrías haber dicho en la cocina de tu casa.
—Ha sido una estrategia con defectos.
—Ha sido una idiotez.
—También —. Admito y ella se acerca otro paso más a mí—. Pero has venido.
—Sí.
—Y yo estaba a punto de hacer lo mismo.
—¿Qué? —la iro con gesto de incredulidad.
—Tenía las llaves en la mano cuando has aparecido. Iba a ir a Wild River.
Durante unos segundos solo puedo mirarla y luego me río. No porque sea gracioso, sino porque la vida tiene un sentido del humor salvaje.
—Habríamos cruzado medio país en direcciones contrarias —digo negando con la cabeza.
—Muy nosotros —me responde riendo.
—Terriblemente nosotros —admito riendo ahora yo también.
Lilly asiente.
—Eso habría sido una pesadilla logística.
—Nathan habría disfrutado redactando algún documento al respecto.
—No le demos ideas.
La distancia desaparece finalmente y la abrazo.
Lilly se aferra a mí con fuerza, escondiendo la cara contra mi cuello y todo el aire que he estado reteniendo durante días sale de golpe de mis pulmones.
La ciudad sigue moviéndose fuera, la gente continúa pasando a nuestro alrededor, los teléfonos suenan y los ascensores se abren y se cierran.
Pero ahora nada de eso importa, porque la tengo entre mis brazos.
Esta vez no la estoy dejando marchar por miedo, ni tampoco me estoy callando.
—Te he echado de menos —murmura.
—Yo también.
—Mucho.
—Yo más.
—No conviertas esto en una competición —me advierte.
—Lo nuestro siempre ha sido competitivo —admito.
Siento su risa contra mi pecho y cierro los ojos un instante con la certeza de que podría quedarme aquí mucho más de lo socialmente aceptable para el vestíbulo de una empresa.
Lilly levanta la cabeza y me mira. Ahora no hay dudas en sus ojos, aunque tampoco respuestas completas, pero sí algo mejor: voluntad de intentarlo.
—Tengo que subir —dice.
—Claro —asiento.
—Tengo una reunión y después tenemos que hablar de muchas cosas.
—Vale.
—De verdad —añade.
—De verdad —asiento con la cabeza.
Lilly me mira, pero no se mueve.
—Pero primero bésame —me dice a media voz y no necesita repetirlo, porque la beso allí mismo, en mitad de su mundo de cristal, acero y gente que camina deprisa.
La beso sin prisa, con alivio, con torpeza y con todas las palabras que no dije a tiempo todavía ardiendo entre nosotros.
Lilly me responde rodeándome el cuello con los brazos y, por primera vez desde que la vi desaparecer por la carretera de Wild River, siento que el mundo vuelve a tener suelo.
—Hola —susurra cuando nos separamos y apoya la frente contra la mía.
—Hola —musito y sonrío.
—Has venido a buscar a tu esposa.
—Sí —asiento suavemente sin separarme aún de ella.
—Qué suerte.
—¿Por qué?
—Porque tu esposa también estaba yendo a buscarte —sonríe y vuelve a besarme.
Su frase me impacta con una paz que no esperaba encontrar en Seattle y la abrazo una vez más antes de dejarla volver al ascensor.
Aunque esta vez, cuando se aleja, no siento que la esté perdiendo.
La veo caminar hacia su reunión con la cabeza alta, la carpeta en la mano y una sonrisa pequeña escondida en la boca.
Lilly pertenece a esta ciudad si quiere pertenecer a ella, pero también pertenece a Wild River si decide volver.
Mientras las puertas del ascensor se cierran y nuestros ojos se sostienen la mirada hasta el último segundo, comprendo que lo importante no es el lugar sino que, por fin, hemos dejado de huir en direcciones opuestas.