Casada con un cowboy (Cowboys de Wild River 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Mason

Seattle me recibe con tráfico, lluvia y una cantidad absurda de edificios que parecen competir entre sí por ver cuál consigue hacerme sentir más fuera de lugar.

Llevo más de una hora avanzando por calles, donde nadie conduce como si quisiera llegar vivo a ninguna parte.

Hay coches por todos lados, semáforos que cambian cuando menos conviene, peatones cruzando con cafés enormes en la mano y una sucesión de rascacielos de cristal que reflejan un cielo gris, pesado y muy poco interesado en mejorar mi estado de ánimo.

Me he enfrentado a caballos salvajes, tormentas de nieve, proveedores incompetentes y a mi madre cuando decide que tiene razón sobre algo, que viene a ser siempre…

Nada de eso me ha preparado para aparcar una camioneta en el centro de Seattle con el corazón intentando salirse de mi pecho.

El GPS me confirma que he llegado a mi destino, pero, como no podía ser de otra manera, no hay sitio donde dejar la camioneta.

—Por supuesto —murmuro, girando en una calle llena de ejecutivos, taxis y gente que camina con prisa.

Tardo quince minutos más en encontrar un aparcamiento.

Cuando por fin bajo, me coloco bien el sombrero por puro instinto y descubro enseguida que ha sido una mala idea venir vestido así.

La gente me mira, no todos, pero sí los suficientes como para hacerme sentir un poco ridículo.

Un hombre con traje gira la cabeza al pasar a mi lado.

Una mujer me observa antes de fingir que le interesa muchísimo su móvil.

Dos tipos junto a una cafetería me miran las botas como si acabara de bajarme de un caballo, aunque he venido en coche y empiezo a lamentarlo.

Camino hasta el edificio de Lilly con una sensación incómoda en el estómago.

No es solo por la ciudad, ni el tráfico, ni el cristal, ni el hecho de que parezca un error con sombrero y botas de cowboy en este lugar, sino que por primera vez estoy viendo el mundo que ella construyó sin mí y eso impone.

Lilly no llegó aquí por suerte, ni tropezó por casualidad con esta vida.

Ella la levantó a pulso, lejos de Wild River, de William y de todos los que creíamos saber quién era.

Se ganó esta ciudad a pulso igual que se ganó su cargo, su despacho y esa oferta por la que yo la intenté felicitar sin que se me rompiera nada por dentro.

Me detengo frente a las puertas giratorias por las que entran a un vestíbulo enorme gente con trajes que probablemente cuestan más que algunas de mis monturas.

Y yo, en cambio, estoy aquí con las botas manchadas de polvo, un sombrero de ala ancha y la certeza de estar a punto de hacer algo que debí hacer antes de dejarla subir a aquel coche.

Cuando entro, la recepcionista levanta la vista desde el mostrador, me mira de arriba abajo y parpadea una vez antes de recomponerse con una profesionalidad admirable.

—Buenos días. ¿Puedo ayudarle?

—Eso espero —respondo, acercándome al mostrador.

—¿Tiene una cita?

—No exactamente.

Su sonrisa se vuelve algo más prudente.

—¿Con quién desea reunirse?

—Con Lilly Collins.

La mujer teclea algo en el ordenador.

—La señora Collins está en una reunión. ¿Puedo decirle quién pregunta por ella?

Podría darle una respuesta sencilla y decirle que soy un amigo o simplemente Mason Steele, pero estoy bastante cansado de esconderme detrás de respuestas incompletas.

—Su marido.

La recepcionista deja de teclear, levanta la vista y me mira, después regresa la mirada a la pantalla de nuevo y luego vuelve a mirarme otra vez.

—Entiendo.

No entiende nada, pero lo disimula mejor que yo.

—¿Su nombre?

—Mason Steele.

—Un momento, por favor.

Coge el teléfono y habla en voz baja con alguien. Mientras espero, finjo observar una escultura del vestíbulo que parece una pieza de maquinaria puesta del revés. Podría ser arte o una avería… Seattle tiene esa clase de ambigüedades innecesarias.

—La señora Collins bajará enseguida —me informa la recepcionista al colgar.

—Gracias.

Me aparto hacia un lateral y entonces empieza la espera de cinco minutos o quizá menos, pero que a mí me parecen veinte.

Observo los ascensores y me doy cuenta de que estoy más nervioso que antes de cerrar cualquier trato importante del Rancho.

Tiene sentido, porque un contrato puede renegociarse, un embarque puede retrasarse y un error de cálculo puede arreglarse con dinero, tiempo o una llamada desagradable, pero esto no.

Finalmente, las puertas del ascensor se abren y Lilly aparece con una carpeta bajo el brazo, una americana oscura, el pelo recogido en una coleta y caminando como si el suelo tuviera que adaptarse a ella y no al revés.

Al verla tan segura, me da la sensación de que este es lugar donde debe estar y eso me impacta, porque durante semanas he intentado convencerme de que Wild River era el lugar al que pertenecía, pero verla aquí me obliga a aceptar algo peor: Lilly no pertenece a un sitio, sino que ocupa el lugar que ella elije en cada momento.

Cuando me ve, se detiene en mitad del vestíbulo y la carpeta se le resbala un poco entre las manos, aunque la sujeta antes de que se le caiga.

Durante unos segundos, ninguno de los dos habla, mientras a nuestro alrededor la gente entra, sale, contesta llamadas, atraviesa el vestíbulo y sigue con su vida sin tener la menor idea de que la mía acaba de quedarse suspendida en medio de la entrada de este edificio.

—Hola —digo.

Brillante… Hago más de mil kilómetros para empezar con un «hola».

—¿Qué haces aquí? —me pregunta después de parpadear.

—He venido a hablar contigo.

—¿Has cruzado medio país para hablar conmigo?

—Sí.

—¿En camioneta?

—Claro, cualquier caballo no lo habría resistido.

Me mira de arriba abajo, deteniéndose un segundo en el sombrero.

—Claro que sí.

—No juzgues el vehículo…

—Estoy juzgando muchas cosas ahora mismo —me suelta alzando una ceja.

Eso me arranca una sonrisa pequeña, nerviosa y probablemente inoportuna.

—Me lo merezco —le respondo también con una media sonrisa.

Lilly me observa con cautela y aunque veo que no está enfadada exactamente, tampoco esta tranquila. Parece una mujer que ha pasado las últimas horas llegando a conclusiones que todavía no sabe si quiere compartir.

—Tengo una reunión en veinte minutos —me informa.

—Solo necesito diez.

—Mason... —empieza.

—Por favor —le ruego a media voz.

Lilly mira hacia la recepción, luego hacia los ascensores y finalmente señala una zona algo apartada del vestíbulo, junto a unos ventanales desde los que se ve la calle.

—Diez minutos.

La sigo, no porque crea que voy a tener suficiente con diez minutos, pero supongo que eso es más de los que merezco ahora mismo.

Nos detenemos junto al cristal y por el rabillo del ojo veo que Seattle sigue moviéndose al otro lado con su ritmo implacable.

Lilly deja la carpeta sobre una mesa estrecha y se cruza de brazos, aunque siento que no lo hace con frialdad sino para sostenerse.

—Te escucho —me dice mirándome a los ojos.

He imaginado este momento tantas veces durante el viaje que debería tener un discurso preparado, pero no lo tengo, aunque quizá sea mejor así. Los discursos me han traído hasta el silencio y la verdad tendrá que sacarme de él.

—No se me da bien esto —empiezo.

—Vaya sorpresa —me responde arqueando una ceja.

—Gracias por la comprensión.

—Has aparecido en mi oficina vestido como si fueras a subastar ganado en la planta treinta. Así que mi comprensión está haciendo horas extra —resopla.

La risa me sale antes de poder evitarlo y aunque ella intenta no sonreír fracasa un poco. Ese pequeño gesto me da aire.

—Cuando aceptaste la oferta para regresar aquí, pensé que debía apoyarte —digo y mi sonrisa desaparece despacio.

—Lo hiciste —me responde ella asintiendo.

—No, solo dije las palabras correctas que se esperaban de mí. Te felicité, te dije que te lo merecías y me comporté como si estuviera haciendo algo noble.

—Mason... —me interrumpe.

—Déjame terminar, por favor —le pido.

Lilly asiente y yo bajo la vista un segundo, pero vuelvo a mirarla enseguida. Ya he pasado suficiente tiempo escondiéndome y no estoy dispuesto a seguir haciéndolo.

—Sabía lo mucho que habías trabajado para conseguir esto. Tenía claro también que Seattle era tu vida antes de mí y que esa oferta significaba algo enorme para ti. Así que me convencí de que si te quería de verdad tenía que dejarte marchar sin poner nada más sobre la mesa.

Lilly permanece inmóvil.

—El problema es que utilicé esa idea para esconderme —añado.

Sus ojos cambian.

—¿De qué? —quiere saber con el ceño fruncido.

—De ti, de lo que sentía y de la posibilidad de pedirte que te quedaras y que aun así eligieras irte.

La confesión me raspa por dentro, pero al menos sale.

—Tuve miedo —confieso y ella no se burla, ni se mueve, solo me escucha—.

Pensé que, si no decía nada, al menos podría fingir que había hecho lo correcto.

Que había sido generoso y te había dejado elegir.

Pero la verdad es mucho menos elegante —.

Respiro hondo—. Me callé porque era más fácil que arriesgarme a que me rechazaras.

Lilly baja la mirada, pero cuando vuelve a levantarla veo que tiene los ojos brillantes.

—Pensé que tu silencio significaba que no te importaba.

—Lo imagino —asiento con la cabeza.

—Y que si aceptabas que me marchara sin más era porque, en el fondo, era lo que querías.

—Nunca quise que te marcharas —. Confieso y la frase sale limpia, tarde, pero limpia—. Quise hacer lo correcto y acabé haciendo lo que más daño podía hacerte. Te dejé creer que era fácil perderte.

Lilly traga saliva antes de hablar.

—Eso me dolió.

—Me lo puedo imaginar —admito.

—Mucho.

No intento defenderme, porque no hay defensa posible.

—Lo siento.

Ella mira hacia la calle durante unos segundos y cuando vuelve a hablar, su voz suena más baja.

—Leí una carta de mi abuelo que encontré en su casa, supongo que fue la última que me escribió.

—¿Y qué te decía?