Capítulo 16 #2
Tengo que detenerme, porque el papel tiembla un poco entre mis dedos.
No porque la carta me diga qué hacer, porque no lo hace y quizá por eso duele tanto.
Durante semanas he querido enfadarme con mi abuelo y pensar que la cláusula era una trampa, que mi abuelo había intentado traerme de vuelta utilizando la culpa y la herencia y que todo esto era su última maniobra para salirse con la suya.
Tal vez una parte sí lo fue. Mi abuelo no habría sido él mismo sin una dosis peligrosa de manipulación bien intencionada.
Pero todo eso no era una cadena para mantenerme atada a Wild River, sino una puerta abierta.
Vuelvo a la carta.
«Hay algo que aprendí tarde y que me habría gustado entender antes: la vida no suele estropearse por las decisiones equivocadas. La mayoría de las veces se estropea por las decisiones que tomamos por miedo a fracasar, a quedarnos, a marcharnos o a querer algo tanto que perderlo nos rompa.
No sé cuál será tu problema cuando leas esto, pero te conozco bien.
Siempre has sido muy valiente para irte.
Recuerdo que desde cría cogías tus cosas, levantabas la barbilla y fingías que nada podía frenarte.
Lo que nunca se te ha dado tan bien es quedarte cuando algo te importa de verdad, porque tienes la terrible costumbre de confundir independencia con no necesitar a nadie.
No obstante, no te puedo juzgar, porque en eso, también, te pareces demasiado a mí».
Me llevo una mano a la boca, porque sus palabras me atraviesan. Mi abuelo siempre tuvo la irritante habilidad de acertar justo donde una no quería mirar. Respiro hondo y sigo leyendo con los ojos húmedos.
«No voy a decirte qué debes hacer. Si algo aprendí en todos estos años es que no servía de mucho darte órdenes. Las escuchabas, asentías con cara de niña buena y luego hacías exactamente lo que te daba la gana.
Eso también me gustaba de ti.
Lo único que quiero pedirte es que, cuando tengas que elegir, no te preguntes solo qué decisión es la más inteligente, ni cuál impresiona más a los demás, ni cuál encaja mejor en el plan que hiciste hace diez años, ni cuál demuestra que no te equivocaste al marcharte.
Pregúntate qué vida querrás recordar cuando tengas mi edad, porque al final no pensamos tanto en los triunfos que conseguimos, sino en las personas que nos esperaron, en los lugares donde pudimos ser nosotros mismos y en las tardes que parecían pequeñas y terminaron siendo lo mejor de nuestra vida.
Si esa vida está en Seattle, ve a por ella, pero si está en otro lugar, ten el valor de admitirlo. Y si no lo sabes todavía, deja de castigarte por no tener todas las respuestas.
Con cariño, aunque seguro que ahora mismo estés llamándome cabezota,
Tu abuelo que te querrá siempre esté donde esté».
La carta termina ahí, sin darme instrucciones, ni una solución y sin decirme que me quede o que me marche. Mi abuelo solo me ha cambiado la pregunta.
Me quedo un buen rato sentada en el sofá, con la carta abierta sobre las piernas mientras observo a Seattle al otro lado de la ventana.
La ciudad continúa siendo preciosa, la oferta extraordinaria, mi despacho me esperará mañana y mi equipo también.
Todo lo que pensé que quería sigue ahí, el problema es que ya no puedo fingir que eso responde a lo que yo realmente anhelo.
Rose me llama casi una hora después y no necesito mirar la pantalla para saber que es ella. Hay personas que aparecen cuando las necesitas y luego fingen que ha sido casualidad. Rose Callahan toda la vida perfeccionando esa técnica.
—Hola, Rose.
—Qué voz tan dramática —me responde al instante.
—Gracias por preocuparte.
—Ya sabes que yo siempre me preocupo con estilo —bromea.
Sonrío por primera vez en todo el día.
—¿Cómo está Wild River?
—Hank ha perdido unos documentos importantes y Walter asegura que el café de hoy está más flojo que de costumbre.
—¿Lo está?
—No, pero Walter necesita oponerse a algo para que le circule la sangre.
Me río al escucharle y durante unos minutos hablamos de cosas sencillas.
De Ava, que ha preguntado si Seattle queda más lejos que la luna; de Nathan y sus interminables papeleos; de Margaret, que ha enviado una caja con algo que Rose se niega a describir porque dice que «las sorpresas son buenas para el carácter», hasta que la conversación se vuelve más tranquila.
—Has leído la carta que encontraste de tu abuelo —dice Rose sin que sea una pregunta.
—Sí.
—¿Y?
Miro el papel que he dejado sobre la mesa.
—Era él.
—Eso puede significar muchas cosas.
—Todas irritantes —le aclaro y Rose guarda silencio unos segundos.
—¿Te dice qué hacer?
—No.
—Bien.
—¿Bien? —le pregunto con incredulidad.
—William era muchas cosas, cariño, pero no era tonto. Si te hubiera dicho qué hacer, habrías hecho lo contrario solo para demostrar que nadie decide por ti.
—Eso es ofensivo —le contesto cuando acaba de hablar.
—Y bastante cierto —suelta y no puedo contradecirla, porque tiene razón.
—Rose… —empiezo.
—Dime.
—Creo que me equivoqué con Mason —digo antes de poder suavizar la frase.
—Explícame eso.
Me levanto del sofá y camino hasta la ventana con el teléfono pegado a la oreja.
—Pensé que no le importaba que me fuera y que, si de verdad sentía algo, me habría pedido que me quedara.
—Ajá.
—Pensé que su silencio significaba que aceptaba perderme sin más.
Rose suspira al otro lado de la línea.
—Lilly, cariño, ¿alguna vez has visto a Mason Steele manejar bien sus emociones?
Cierro los ojos, porque no, no lo he visto.
Mason sabe dirigir un rancho, discutir con Nathan, comprobar si una cerca está rota y sostener el mundo entero sobre los hombros sin pedir ayuda.
Lo que no sabe hacer es abrirse el pecho en mitad de una despedida y entregar lo que siente sin asegurarse antes de que no le va a doler.
—No —respondo.
—Entonces quizá lo juzgaste por algo que nunca ha sabido hacer.
La frase me deja quieta, porque recuerdo su cara cuando le dije lo de Seattle.
Recuerdo también cómo me felicitó, cómo intentó sonar alegre y cómo se quedó a unos pasos de mí sin invadir mi espacio.
Recuerdo también la despedida y su manera de decir «cuídate» como si esa palabra pesara una tonelada.
Recuerdo todo lo que no dijo y de repente lo veo distinto, no indiferente, sino asustado, tanto como lo estaba yo.
—Dios mío —exclamo yo al ser consciente de todo lo que no he sido capaz de ver.
—Eso suele pasar cuando una deja de mirar solo su parte de la historia.
—Creo que he sido injusta —admito.
—Probablemente.
—Podrías fingir un poco, ¿eh? —bromeo, aunque siento los ojos anegados.
—Podría, pero no me sale rentable a mi edad.
Una risa floja se me escapa entre lágrimas.
—No sé qué hacer, Rose.
—Sí que lo sabes.
—No, no tengo ni idea, de verdad —insisto.
—Lilly —empieza con voz más suave—. No te estoy diciendo que abandones tu carrera, ni que cambies toda tu vida por un hombre, ni que vuelvas corriendo a Wild River, porque una carta de tu abuelo te haya removido cosas. Eso sería una estupidez y tú no eres estúpida.
Trago saliva.
—Entonces ¿qué me estás diciendo?
—Que tomes la decisión desde lo que siente tu corazón y no desde el miedo.
La misma idea que me dice mi abuelo en la carta, pero expresada con la contundencia de Rose. Lo que me hace casi enfadarme con los dos por coordinarse tan bien.
Después de colgar, me quedo junto a la ventana durante mucho rato. La ciudad sigue su ritmo habitual. Coches, luces y vidas que avanzan sin saber que en un apartamento del centro intento decidir qué versión de mí misma quiero conservar.
Vuelvo al sofá, releo la carta una vez más, aunque ahora las palabras ya no me duelen igual, ahora me levantan, me molestan y me obligan a moverme.
Abro el portátil, aunque solo miro la pantalla y luego mi teléfono.
Pienso en Mason, en la carretera de Wild River, en su silencio, en mi orgullo y en todo lo que ninguno de los dos dijo.
Y entonces, por primera vez desde que acepté la oferta, la decisión aparece con una claridad que no necesita adornos.
No la digo en voz alta, ni llamo a nadie para contársela, ni tampoco preparo un discurso, lo único que hago es levantarme, coger las llaves, el bolso y mirar la carta de mi abuelo una última vez antes de guardarla con cuidado.
Algunas decisiones no llegan haciendo ruido sino cuando por fin dejas de mentirte.