Casada con un cowboy (Cowboys de Wild River 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

Lilly

La primera mañana en Seattle empieza exactamente como debería comenzar una vida que funciona: mi despertador suena a las seis y media, enciendo mi cafetera italiana y la ciudad aparece al otro lado de la ventana envuelta en una llovizna fina, que convierte los edificios en siluetas grises.

Mi apartamento está igual que lo dejé. La mesa pequeña junto al ventanal, las estanterías ordenadas, el sofá claro, las plantas que mi vecina ha mantenido vivas y el silencio limpio de un lugar donde nadie entra sin permiso.

Durante años, este piso ha sido la prueba de mi independencia y mi forma de decirme que marcharme de Wild River había servido para algo.

Me visto con un traje impecable, me recojo el pelo en una coleta tirante, me pongo unos pendientes de oro blanco y reviso mi bolso dos veces antes de salir para confirmar que llevo todo lo que voy a necesitar.

Lo tengo todo listo: la ropa, la agenda, el portátil, el discurso de bienvenida pensado, pero que todavía no he escrito, aunque lo improvisaré sin dificultad cuando tenga a mi nuevo equipo delante.

La única parte de mí que no parece haber recibido la orden de funcionar es mi pecho, porque lo noto raro, como hueco. Tengo la misma sensación que si alguien hubiera movido un mueble grande dentro de mí y ahora tropezara con el espacio vacío cada vez que intento respirar con normalidad.

Bajo al vestíbulo, saludo al portero y salgo a la calle. El tráfico avanza despacio y la gente camina con prisa, con vasos térmicos, auriculares y la expresión de quien tiene claro dónde debe estar dentro de diez minutos.

Camino hasta la oficina con el móvil en la mano, respondiendo mensajes de bienvenida, confirmaciones de reuniones y felicitaciones que se me acumulan en la bandeja de entrada desde primera hora.

Todo el mundo parece emocionado por mí y seguro de que he ganado con esta oportunidad.

Eso debería ayudarme a sentirme mejor, pero no lo hace.

El edificio de treinta plantas es de cristal y acero y dentro de él la gente camina como si fuera contrarreloj.

Al cruzar las puertas giratorias, me recibe una corriente de voces, teléfonos y pasos apresurados.

Durante años imaginé este lugar como la confirmación definitiva de que podía construir una vida lejos de Montana.

Ahora, en cambio, estoy aquí, con un despacho nuevo y un cargo que antes habría pronunciado en voz alta solo para saborear cómo sonaba.

—Buenos días, Lilly. Bienvenida de nuevo —me saluda la recepcionista con una sonrisa profesional cuando me acerco al mostrador.

—Gracias —respondo ajustándome la correa del bolso.

—Tu equipo ya está en la sala de reuniones. David ha pedido que subas en cuanto llegues.

—Perfecto.

Todo funciona. Mi tarjeta magnética abre el torno a la primera, el ascensor llega enseguida y mi reflejo en las puertas metálicas parece el de una mujer que sabe exactamente lo que está haciendo. Eso me tranquilizaría más si no supiera lo mucho que se puede mentir con una apariencia impoluta.

La planta en la que está mi despacho está más activa de lo que recordaba.

Hay pantallas encendidas con gráficos, mapas de mercado, , videollamadas con horarios complicados y una energía que antes me hacía sentir viva.

Varias personas me saludan al pasar, algunas me felicitan y otras me preguntan si necesito algo.

A todas les respondo con una sonrisa y un «gracias», que empiezo a repetir de forma automática.

Cuando entro en la sala de reuniones y veo mi nombre en la cabecera de la mesa, se me encoge el estómago.

«LILLY COLLINS

DIRECTORA DE DESARROLLO INTERNACIONAL»

La placa está colocada delante de una carpeta azul con el logo de la empresa.

Durante un instante me quedo mirándola. Ese nombre, ese cargo y ese lugar representan la versión de mí que llegó a Seattle hace diez años y que se habría echado a llorar en el baño por esto.

En cambio, ahora solo siento un nudo extraño bajo las costillas.

—Lilly —me saluda David Harper, mi jefe, levantándose para estrecharme la mano—. Bienvenida oficialmente.

—Gracias. Me alegro de estar aquí —le respondo de forma convincente.

Durante la siguiente hora hablo de presupuestos, campañas internacionales, equipos remotos, plazos, estrategia de expansión y objetivos trimestrales.

Mi equipo escucha, pregunta y propone. Yo respondo con seguridad, corrijo un enfoque, apruebo otro y reorganizo dos prioridades sin mirar apenas mis notas.

Al terminar la reunión, David se queda un momento conmigo.

—Has nacido para esto —me dice con una satisfacción que no parece fingida.

—No sé si alguien nace para pasar la mitad de su vida revisando previsiones de mercado —le respondo con una media sonrisa.

—Tú sí.

Sonrío.

—Qué diagnóstico tan específico.

—Hablo en serio. Has trabajado mucho para llegar aquí, Lilly. Disfrútalo —añade apretando los labios mientras coge su tableta de la mesa.

Asiento, aunque dentro de mi cabeza no deja de repetirse ese «Disfrútalo» como un mantra.

A las siete y cuarto de la tarde sigo en el despacho, poque no sé a dónde ir.

El primer día ha sido impecable. Las reuniones han sido productivas, las decisiones claras, el equipo está motivado, mi agenda está llena y tengo un despacho con vistas a una ciudad que parece rendida bajo mis pies.

También he firmado documentos, aprobado calendarios y respondido a tantos mensajes de enhorabuena que el móvil casi se me ha quedado sin batería.

Debería sentirme completa y satisfecha conmigo misma, pero, en lugar de eso, apago el ordenador y me descubro mirando el reflejo de mi cara en la cristalera.

Seattle se extiende al otro lado, brillante y, ajena a mis dudas.

Durante años esta ciudad fue mi respuesta a casi todo: si me sentía perdida, trabajaba más; si echaba de menos a mi abuelo, salía a caminar bajo la lluvia hasta que la nostalgia se cansaba; si Wild River aparecía en mi cabeza, abría el correo, aceptaba otro proyecto y me recordaba que yo había elegido esto…

Ahora, en cambio, cierro los ojos y veo el porche del Rancho Steele, a Margaret sirviéndome un café, a Ava corriendo hacia mí con las botas sucias, a Rose colocando un trozo de tarta delante de mí, aunque yo no la hubiera pedido, a Nathan levantando una ceja y a Mason apoyado contra una cerca con los brazos cruzados, mirándome como si intentara entenderme incluso cuando yo tampoco sé cómo hacerlo.

Abro los ojos enseguida y Seattle sigue ahí, el problema es que ya no tengo suficiente con mirarla.

Cuando llego a casa, mi apartamento me recibe con una limpieza casi ofensiva.

Todo está en su sitio: mi abrigo en el perchero, los libros ordenados, la cocina impecable, las paredes blancas y las fotografías recuerdo que las elegí con cuidado para que parecieran personales sin que revelaran demasiado.

Durante años, este lugar fue mi refugio.

Nadie preguntaba, ni opinaba, ni decidía por mí.

Sin embargo, esta noche el silencio que me rodea no me da la sensación de libertad, que siempre he anhelado, sino de ausencia.

Dejo el bolso sobre la mesa y me quito los zapatos.

Entonces veo el sobre de la carta de mi abuelo, que está donde la dejé antes de salir por la mañana, junto a una pila de documentos que todavía no he tenido valor de ordenar.

El sobre parece más pequeño de lo que recordaba y también mucho más inofensivo.

Me siento en el sofá con la carta entre las manos.

Observo la letra de mi abuelo y su forma de escribir mi nombre con trazado anguloso e inclinado.

Paso las yemas de los dedos como si eso pudiera acercarme más a él.

Respiro hondo y abro el sobre antes de arrepentirme.

El papel cruje al desplegarlo y empiezo a leer:

«Querida Lilly:

Si estás leyendo esto significa que ya no estoy ahí para darte consejos que no has pedido, ni para meterme donde nadie me ha llamado, así que supongo que tendré que conformarme con hacerlo por escrito.

Ya sé que probablemente estás poniendo los ojos en blanco.

Te conozco, pillina. También sé que, si pudiera verte ahora, fingirías que no estás emocionada y después me llamarías entrometido. Tendrías razón en las dos cosas.

Lo primero que quiero decirte es que siento haberte complicado la vida.

No lo digo porque me arrepienta del todo, porque sigo siendo yo y a estas alturas no voy a fingir humildad.

Lo digo porque sé que esta herencia te habrá obligado a volver a Wild River antes de estar preparada y porque también sé que habrás maldecido mi nombre más de una vez desde que leíste el testamento.

Puedes hacerlo, te lo has ganado, pero quiero que entiendas algo, cariño.

Nunca te dejé esas tierras para encerrarte en Wild River, ni quise que volvieras por obligación.

Jamás pensé que tu felicidad dependiera de vivir aquí, ni de cuidar una casa vieja, ni de seguir mis pasos, ni de que el pasado se acabara convirtiendo en una cadena que te atara a un lugar donde no deseas estar.

Te marchaste porque necesitabas hacerlo y estuve muy orgulloso de ti el día que lo hiciste, aunque sé que no te lo dije lo suficiente.

Pero ya sabes que los hombres de mi generación éramos expertos en callarnos las cosas importantes y después fingir que el mundo debe adivinarlas.

Me sentí tremendamente orgulloso de verte coger una maleta, subirte a un avión y buscar una vida que no dependiera de lo que nadie esperaba de ti. Nunca necesité que te quedaras, porque lo único que necesitaba de ti era saber que eras feliz».