Casada con un cowboy (Cowboys de Wild River 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Mason

A las seis y cuarto de la mañana ya estoy trabajando.

A las siete he revisado dos informes, hablado con tres empleados y recorrido media propiedad.

Sin embargo, a las ocho sigo sin haber conseguido dejar de pensar en Lilly y la conclusión resulta irritante.

Porque llevo toda la vida resolviendo mis problemas con trabajo.

Si algo me preocupa, trabajo. Si algo me sale mal, trabajo más.

Si algo amenaza con complicarme la existencia, encuentro una tarea nueva y me concentro en ella hasta que el resto del mundo desaparece.

Pero esta vez no funciona, quizá porque el problema no está en el rancho y tiene los ojos de Lilly Collins y una oferta de Seattle esperando una respuesta.

Aparco la camioneta junto a los establos y bajo con una carpeta bajo el brazo. Thomas me observa desde la puerta principal mientras revisa una lista de suministros.

—Llevas despierto desde una hora ridícula —me dice mi hermano.

—Gracias por la precisión —asiento y aprieto los labios.

—No era una observación. Era una crítica.

—Lo tendré en cuenta.

—¿Has desayunado? —me pregunta cerrando la carpeta.

—Sí.

—Mentira.

—No.

—Mason.

—He tomado café.

—Eso no cuenta.

—Para mí sí.

—Mamá va a matarte —me responde negando con la cabeza.

—Mamá lleva intentándolo hace demasiados años.

—Esta vez tiene más motivos.

Le dedico una mirada que debería bastar para terminar la conversación, pero no funciona.

—Estás haciendo lo mismo otra vez.

—¿El qué?

—Trabajar hasta que desaparezca el problema.

—No hay ningún problema.

Thomas me mira durante unos segundos.

—Claro…

Su respuesta lleva tanta ironía que podría utilizarse para construir una cerca. Por suerte, se marcha antes de que tenga que responderle.

Por desgracia, mi madre aparece menos de media hora después. La encuentro en el granero principal hablando con uno de los encargados. En cuanto me ve acercarme, termina la conversación y se vuelve hacia mí con una tranquilidad que me pone nervioso.

—Buenos días.

—Si vienes a hablar de mí, estoy ocupado.

—Eso ha sido sospechosamente específico —me responde arqueado una ceja.

—Te conozco.

—Yo también te conozco a ti.

Mal asunto. Caminamos unos metros entre los establos y durante unos segundos parece interesada únicamente en los caballos, aunque es una trampa, evidentemente. Las madres experimentadas siempre empiezan así.

—Lilly estuvo muy callada anoche.

Ahí está.

—Mamá.

—¿Qué pasa?

—No empieces…

—Todavía no he preguntado nada.

—Precisamente.

Sonríe, no porque le haga gracia sino porque acaba de confirmar algo.

—Discutisteis.

—No.

—Mentira.

—Gracias por la confianza.

—Siempre he confiado en ti. Lo que no hago es creerte cuando mientes.

Resoplo y mi madre sigue caminando.

—¿Tiene que ver con Seattle? —quiere saber, pero no le respondo y parece que con mi silencio tiene suficiente—. Ya veo.

—No veo por qué estamos hablando de esto.

—Porque eres mi hijo.

—Eso no te da derecho a entrometerte.

—Claro que me lo da. Llevo años aprovechándome de ese privilegio y pienso seguir haciéndolo.

A veces olvido de dónde ha sacado Rose algunas de sus tácticas, porque estoy convencido de que las ha sacado de mi madre.

—Es una oportunidad increíble para Lilly —continúa.

—Lo sé.

—Ha trabajado años para conseguirla.

—También lo sé.

Mi madre asiente lentamente.

—Entonces estás intentando hacer lo correcto.

Su frase me sorprende.

—¿Perdón? —le pregunto frunciendo el ceño.

—La estás dejando elegir.

—Es lo que debo hacer.

—Eso es muy noble.

Hay algo en su tono que me pone alerta.

—No me gusta cómo ha sonado eso.

—Lo imaginaba.

Nos detenemos junto a una de las vallas y Margaret se vuelve hacia mí.

—Voy a hacerte una pregunta y quiero que la respondas con sinceridad.

—Eso nunca termina bien.

—¿La estás dejando marchar porque es lo que quiere o porque tienes miedo?

La pregunta me golpea tan deprisa que ni siquiera intento responder, aunque mi madre espera y yo miro la valla, después el establo y después cualquier cosa que no sea ella.

—No sé de qué hablas.

—Claro que lo sabes —insiste.

—Mamá.

—Mason —. Su voz se suaviza y eso es mucho peor—. Tu padre hizo algo parecido una vez.

—¿Qué? —le pregunto girándome para mirarla.

—Creía que estaba respetando una decisión mía cuando en realidad estaba evitando decir lo que sentía.

Permanezco callado.

—A veces la diferencia parece pequeña y no lo es.

—Ella quiere esa oportunidad.

—No he dicho lo contrario.

—Entonces...

—Te he preguntado otra cosa.

La frustración empieza a crecer dentro de mí, porque no tengo una buena respuesta para darle, pero sospecho que mi madre lo sabe.

—¿Qué se supone que debería hacer?

—Eso tendrás que decidirlo tú.

—Muy útil.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo sé.

Nos quedamos en silencio unos segundos y mi madre me observa.

—¿La quieres?

La pregunta es tan directa que no puedo esquivarla, aunque tampoco quiero hacerlo.

—Sí.

La palabra sale sola de mi garganta, sin resistencia ni discusión y mi madre asiente despacio como si ya conociera la respuesta.

—Entonces procura no convertir el miedo en una decisión.

La frase me acompaña durante el resto de la mañana y sigue conmigo cuando encuentro a James junto al taller poco antes del mediodía, lo que demuestra que el universo me odia. Porque James Walker es exactamente la última persona que necesito ver después de haber hablado con mi madre.

—Tienes cara de haber recibido un sermón —me dice al verme.

—Porque he recibido un sermón —le confirmo.

—Margaret, ¿no?

—Naturalmente.

James parece encantado.

—¿Y qué tema tocaba hoy?

—Mi vida sentimental.

—Su favorito.

—No ayuda que todo el pueblo esté obsesionado con lo mismo.

—Todo el pueblo no.

—James…

—Vale. Gran parte del pueblo —. Apoya un hombro contra la pared del taller—. ¿Seattle?

Asiento y James deja escapar un suspiro.

—Eso es complicado.

—Gracias por el análisis —le digo.

—Cobraré más tarde.

—Perfecto.

Por una vez, no bromea.

—¿Sabes qué es lo peor? —me pregunta.

—Sorpréndeme.

—Que entiendo a los dos—. La frase me obliga a mirarlo y cuando lo hago, veo que James se encoge de hombros—. Entiendo por qué quiere irse y por qué quieres que se quede. Lo complicado aparece cuando ambas cosas son razonables.

—Muy reconfortante tu reflexión —ironizo.

—No pretendía serlo —. James se aparta de la pared—. Solo voy a decirte una cosa.

—Miedo me das —resoplo.

—Si la dejas marchar sin decir lo que sientes, luego no podrás culpar a Seattle.

Y, por desgracia, esa frase resulta todavía más difícil de digerir que las de mi madre.

Cuando regreso a casa ya es media tarde y Lilly está en el despacho pequeño que ha estado utilizando para revisar la documentación de las tierras de William.

La puerta está entreabierta. Ella está sentada frente al portátil con una expresión tan concentrada, que durante un instante me planteo marcharme sin interrumpirla, pero entonces levanta la vista y sé que algo ha cambiado.

No porque parezca triste o feliz, sino porque me da la sensación de que ha tomado una decisión.

—Has respondido —le digo.

Lilly cierra el portátil despacio.

—Sí.

Su respuesta cae entre nosotros con una suavidad que no consigue restarle peso. Durante unos segundos ninguno habla. A pesar de que ya conozco la respuesta, pregunto, porque necesito oírla.

—¿La has aceptado?

Ella asiente.

—Esta mañana.

La sensación que me invade es extraña. No es una sorpresa, ni una puñalada, es peor…

Es la confirmación de algo que llevaba días viendo que se acercaba.

Porque una parte de mí siempre supo que ocurriría antes o después.

Para Lilly, Seattle no era una aventura pasajera, sino la vida que ella había construido durante años, por la que luchó y la vida que existía antes de mí.

—Enhorabuena —soy capaz de decirle.

Lilly me observa esperando algo más, aunque no sé qué y quizá ella tampoco.

—Es una oportunidad increíble —continúo—. Has trabajado muchísimo para conseguirla.

—Sí.

—Te la mereces.

—Gracias.

La conversación debería terminar ahí, sería lo lógico, pero ninguno se mueve.

—Empiezo en unas semanas —añade.

—Tiene sentido —asiento.

—Tendré que volver antes para organizar algunas cosas.

—Claro.

Otra pausa y otra oportunidad perdida, aunque no hago nada para impedirlo, porque Margaret y James tienen razón: estoy aterrado, pero no de que se marche, sino de pedirle que se quede.

Porque si le digo que la quiero y aun así decide irse, tendré una respuesta definitiva y no estoy seguro de querer escucharla.

—Mason.

Levanto la vista.

—¿Sí?

Ella tarda unos segundos en hablar.

—¿Vas a decirme algo más?

La pregunta me deja inmóvil, porque sé qué significa y qué debería responderle: que la quiero, que no quiero que se vaya, que se quede…

Las palabras están ahí, justo delante de mí y al alcance de mi mano, pero no salen.

—Creo que vas a hacerlo muy bien —. Es lo único que consigo decirle.

La decepción aparece en sus ojos tan rápido que casi no la veo y eso lo empeora todo.

—Entiendo —asiente despacio.

Aunque no creo que entienda lo mismo que yo. Ella interpreta mi silencio y yo me escondo detrás de él, aunque el resultado es el mismo.

Las maletas aparecen dos días después. El tiempo entre una cosa y otra transcurre deprisa.

Lilly pasa las mañanas organizando documentos relacionados con la herencia y las tardes resolviendo asuntos pendientes antes de marcharse.

Mientras, yo trabajo mucho otra vez, porque es la única forma que conozco de sobrevivir a algo que no sé arreglar.

El día de la despedida amanece despejado, algo que me parece una crueldad, porque una tormenta habría resultado más apropiada. Sin embargo, el cielo azul convierte todo aquello en algo demasiado normal, como si Wild River no estuviera a punto de perder a alguien.

Rose llega la primera como no podía ser de otra manera y aparece en la entrada con una caja de cartón entre las manos.

—No puedes abrirla hasta que llegues a Seattle —le dice a Lilly cuando se la da.

—Eso suena sospechoso —le responde ella.

—Lo es, pero confía en mí.

—Eso nunca termina bien —. Se ríe Lilly.

—Precisamente.

Se abrazan durante varios segundos y aunque Rose intenta mantener su habitual expresión despreocupada, fracasa. Después aparece Nathan.

—He preparado una lista de abogados aceptables en Seattle.

—No necesito abogados —le responde Lilly riéndose.

—Todo el mundo necesita abogados.

—Eso es exactamente lo que diría un abogado.

—Porque es verdad.

Nathan la abraza también y cuando se separan, parece incómodo, algo que resulta casi conmovedor. De repente llega Ava corriendo desde el coche de Luke y sin ninguna intención de respetar el espacio personal de nadie.

—¡Lilly! —grita con una sonrisa.

Ella la atrapa justo antes de que la derribe.

—¡Hola, terremoto!

—¿Tienes que irte de verdad?

La pregunta consigue que varios adultos miren repentinamente hacia otros sitios, mientras Lilly acaricia el pelo de la niña.

—Sí.

—No me gusta.

Luke aparece detrás de ella.

—Llevamos toda la mañana con esa conversación.

—Porque tengo razón —le responde la niña.

—Eso también lo llevamos oyendo toda la mañana.

Ava ignora a su padre.

—Puedes volver.

—Eso espero —le contesta Lilly

—Bien —. La niña parece satisfecha con la respuesta, aunque solo parcialmente, pero satisfecha.

Margaret es la última en acercarse, aunque no necesita decir mucho. Abraza a Lilly y después le coloca una mano en la mejilla.

—Cuídate.

—Lo haré.

—Y deja de intentar hacerlo todo sola.

—Lo intentaré —le responde Lilly con una sonrisa.

—Eso ya es algo.

Mi madre se aparta y entonces solo quedamos Lilly y yo. El resto del mundo parece retirarse unos pasos, porque todos saben que esta conversación solo nos pertenece a ella y a mí, y porque todos esperan algo que yo no soy capaz de dar.

—Bueno —me dice Lilly intentando sonreír.

—Bueno… —repito y la palabra resulta ridícula después de todo lo ocurrido y después de todo lo que no hemos dicho.

—Supongo que esto es un adiós.

La frase me golpea con una fuerza inesperada, porque sé que debería responderle, porque todavía estoy a tiempo. Sé que bastaría con una sola frase, pero sigo paralizado.

—Supongo.

Lilly asiente despacio y, en ese momento, comprendo lo que está pensando.

Cree que mi silencio significa que estoy de acuerdo con su marcha, porque Seattle importa más que ella.

Pero lo peor es que no sé cómo hacerle entender que se equivoca, porque he sido yo quien le ha dado motivos para pensarlo.

—Cuídate, Mason.

—Tú también.

Es la respuesta y el momento equivocados, pero aun así son las únicas que me salen.

Lilly entra en el coche, arranca el motor y se marcha.

Yo me quedo inmóvil junto al camino mientras el vehículo avanza por la carretera que sale de Wild River.

No aparto la vista, ni siquiera cuando se convierte en un punto lejano y acaba desapareciendo por completo.

Solo entonces entiendo la magnitud de lo que acabo de hacer: no he perdido a Lilly porque aceptara una oferta en Seattle, ni por la herencia, ni por la cláusula, ni por la distancia.

La he perdido porque, cuando tuve la oportunidad de decirle que la amaba, elegí callarme.

Y mientras la carretera se queda vacía frente a mí, comprendo que acabo de dejar marchar a la mujer que quiero.