Capítulo 14 #2
—No te diré qué hacer, aunque sé que a veces parezco tentada —me contesta inclinándose hacia mí.
—A veces.
—Solo te diré una cosa. No confundas independencia con tener que marcharte siempre.
Me quedo quieta, porque esa frase llega a un lugar que no quería tocar. Rose se levanta, recoge su taza y vuelve al mostrador sin decir nada más. Lo hace porque sabe cuándo retirarse o porque tiene claro que ya ha dejado suficiente dinamita sobre la mesa.
Termino el café despacio y salgo del local con la sensación de que me pesa más el bolso más pesado por la carta que guardo dentro y la cabeza más llena de preguntas que cuando llegué.
Necesito aire, así que decido caminar hasta el coche dando un rodeo por la plaza. Pero no funciona, parece que hoy nada me funciona.
Al doblar una esquina casi choco contra un hombre que parece una pared con botas.
Retrocedo un paso y levanto la vista. El desconocido mide más de metro noventa, tiene el cabello oscuro, barba corta, una cicatriz en una ceja y la expresión de alguien que lleva años enfadado con el universo sin haber decidido aún si piensa perdonarlo.
—Vaya —se me escapa.
El hombre arquea una ceja.
—Suelo provocar ese efecto —suelta el hombre.
—Lo siento.
—No pasa nada —añade y oigo que su voz es seca, directa y sin ningún interés por adornar nada.
—Soy Lilly Collins.
—Cole Donovan —se presenta.
Tardo un segundo en reconocer el nombre, pero al instante sé que es el dueño del Rancho Donovan. Es el rival amistoso de Mason, porque se conocen desde críos, y el hombre del que medio pueblo habla con admiración y la otra mitad con cierta preocupación.
—Así que tú eres Lilly —dice Cole mirándome como si intentara comprobar una teoría.
—Eso parece.
—Has revolucionado el pueblo.
—No era mi intención —le respondo encogiéndome de hombros.
—Las mejores revoluciones rara vez lo son.
La frase me arranca una sonrisa y Cole parece sorprendido durante una fracción de segundo.
—Ahora entiendo por qué Mason tiene esa cara.
—¿Qué cara? —pregunto frunciendo el ceño.
—La de alguien que está perdiendo una batalla y todavía no sabe si quiere rendirse.
—No sé de qué hablas —le respondo después de parpadear.
—Claro que lo sabes.
La seguridad con la que lo dice resulta irritante. Empiezo a comprender por qué él y Mason mantienen esa rivalidad permanente que todo el mundo comenta. Probablemente se parecen mucho más de lo que ambos estarían dispuestos a admitir bajo juramento.
—Ha sido un placer conocerte —digo.
—Mentira —. Cole inclina la cabeza.
—Un poco.
Por primera vez aparece en su cara algo parecido a una sonrisa, pero dura tan poco que casi parece un error.
—También entiendo por qué discutes tanto con él.
—Eso sí es un cumplido.
—No te acostumbres —me contesta alzando una ceja.
Nos despedimos poco después. Mientras camino hacia el coche, me descubro pensando que, si algún día Cole Donovan se enamora de alguien, Wild River va a necesitar provisiones de emergencia, porque ese hombre tiene pinta de convertir cualquier emoción en un problema logístico.
Cuando llego al Rancho Steele, Mason está junto a los establos ayudando a uno de los trabajadores con una puerta que se ha atascado.
Lo veo antes de que él me vea a mí y me quedo observándolo más tiempo de lo que sería normal y eso empieza a ser un problema.
Porque ya no miro a Mason como una consecuencia de mi desastre, sino como alguien que se ha vuelto parte de mi día a día.
Seattle sigue esperando una respuesta, la carta de mi abuelo sigue dentro de mi bolso y Mason levanta la vista en ese momento, como si hubiera notado mi presencia.
Me sonríe un poco y yo también, y durante ese instante parece posible no hablar del futuro.
Durante el resto de la tarde conseguimos evitar el tema.
No sé cómo lo hacemos, aunque tampoco creo que sea algo del todo consciente.
Simplemente encontramos excusas: trabajo, llamadas, tareas pendientes, documentos de las tierras de mi abuelo y cualquier cosa que nos permita retrasar una conversación que ambos sabemos que acabará mal.
Mientras yo ayudo a Margaret a revisar algunos papeles relacionados con los límites de las parcelas y Mason desaparece entre establos, cercados y trabajadores.
Nos cruzamos varias veces, hablamos, sonreímos e incluso bromeamos, pero ninguno menciona Seattle.
Y el hecho de que ambos estemos evitando exactamente el mismo asunto termina resultando evidente.
La tensión nos alcanza durante la cena, porque llega un momento en que fingir requiere más esfuerzo que hablar.
Margaret se ha retirado temprano a su habitación y Thomas sigue fuera. La cocina está tranquila y solo estamos Mason y yo. Él está terminando de recoger los platos cuando dejo la copa sobre la mesa.
—Tenemos que hablar —empiezo.
Mason cierra los ojos durante un segundo.
—Ya imaginaba que dirías eso.
—Llevamos horas esquivándolo.
—Sí.
Permanece unos segundos de espaldas a mí antes de girarse.
—¿Qué quieres decirme?
La pregunta parece sencilla, pero no lo es. Porque ni siquiera yo sé exactamente cuál es la respuesta.
—No lo sé.
Mason apoya una mano sobre la encimera.
—Lilly.
—Lo intento.
—Lo sé.
La comprensión en su voz consigue que todo resulte peor, porque sería más fácil discutir, enfadarme y convertir esto en una batalla. Pero ninguno de los dos quiere pelear, sino algo mucho más complicado: tener razón los dos.
—He trabajado años para conseguir esta oportunidad —digo al fin.
—Sí.
—No puedo fingir que no me importa.
—No te estoy pidiendo que lo hagas.
—No, pero ahora existe Wild River.
—Ya —asiente con la cabeza.
—Y existe el Rancho Steele.
—También.
—Y existes tú —le digo a media voz y Mason se queda inmóvil.
Durante unos segundos ninguno de los dos dice nada.
—No voy a fingir que eso no me afecta —responde él al fin.
—Nunca te lo he pedido.
—Ya, nunca lo has hecho —reconoce.
La conversación entra en el terreno que de verdad importa. Ya no hablamos de la herencia, ni del matrimonio, ni de la cláusula, sino de nosotros y de lo que ha ocurrido entre los dos y de lo que ninguno sabe cómo ubicar dentro de una vida que ya tenía una dirección marcada.
—¿Qué pasará cuando terminen los seis meses? —le pregunto.
Mason tarda en responder.
—Supongo que esa respuesta depende de ti.
—¿Depende de mí?
—La oferta está en Seattle.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Porque no tengo una buena respuesta.
Su honestidad me desarma, porque Mason siempre parece tener una respuesta y saber hacia dónde va, pero en esta ocasión no.
—¿Crees que debería irme? —se me escapa la pregunta entre los labios y Mason baja la mirada un instante para luego volver a mirarme a los ojos.
—Creo que deberías hacer lo que te permita dormir tranquila dentro de diez años.
—Eso es una evasiva.
—No.
—Sí lo es.
—No, Lilly. Es la verdad.
—¿Y qué pasa con nosotros?
Por fin lo digo y Mason se queda quieto.
—Eso es exactamente lo que evito preguntarme.
El comentario me golpea de lleno porque entiendo lo que quiere decir y porque llevo días haciendo lo mismo.
—No es justo —susurro.
—¿Qué parte?
—Que hayas aparecido ahora.
Mason parpadea.
—¿Perdón?
—Yo tenía un plan de vida.
—¿Y eso es culpa mía?
—No.
—Porque empieza a parecerlo.
—No estoy diciendo eso —niego con la cabeza.
—Entonces explícame qué estás diciendo porque no te entiendo.
Nos miramos desde lados opuestos de la cocina y ambos sabemos que la discusión ya ha empezado. No hay vuelta atrás.
—Estoy diciendo que todo era mucho más sencillo antes —trato de explicarme.
—¿Antes de qué?
—Antes de nosotros.
Mason se pasa una mano por el pelo.
—Eso no tiene sentido.
—Claro que lo tiene.
—No. Estás hablando de Seattle como si yo hubiera aparecido para estropearte la vida.
—No he dicho eso.
—No hace falta.
La tensión llena la cocina sin necesidad de que nos gritemos.
—No quiero acabar culpándote por esto —confieso antes de poder detenerme.
En cuanto lo digo, sé que he cometido un error, porque la expresión de Mason cambia.
—¿Culparme?
—Mason...
—¿Eso es lo que crees que está pasando?
—No.
—Entonces ¿por qué lo has dicho?
No encuentro una respuesta porque no la tengo. Estoy asustada. La oferta existe, Wild River existe y Mason existe, pero ninguna de esas tres cosas encaja con facilidad.
—Increíble —. Mason suelta una risa breve que no tiene nada de divertida.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Cerrarte.
—No me estoy cerrando.
—Claro que sí.
—No, Lilly. Lo que intento entender es por qué estamos actuando como si alguien te estuviera obligando a elegir mañana.
—Porque tarde o temprano tendré que hacerlo.
—Todavía no.
—Pero ocurrirá.
—Sí y eso te asusta —dice Mason.
—Claro que me asusta —admito.
—No. Seattle no te asusta, ni tampoco Wild River. Lo que te asusta es otra cosa.
—No me analices.
—Alguien tiene que hacerlo, porque tú llevas días evitando mirar el problema de frente.
—¿Y cuál es el problema según tú?
Mason tarda unos segundos en responderme y cuando lo hace, su voz es más baja.
—Quizá el problema es que nunca dejó de importarte.
El golpe es inmediato, pero no habla de Seattle, ni del rancho, ni siquiera de la oferta, habla de Wild River y de nosotros. Pero lo peor es que una parte de mí sabe que tiene razón y por eso no respondo. Él tampoco añade nada más y la discusión termina ahí, sin vencedores, acuerdos ni soluciones.
Mason se va la cocina unos segundos después y yo me quedo sola con la oferta de Seattle, la carta de mi abuelo todavía guardada en el bolso, Wild River esperándome al otro lado de las ventanas y la sensación de que nada de esto ha terminado.