Capítulo 14
Lilly
El correo de Seattle sigue abierto en la pantalla del portátil cuando salgo de mi habitación.
Llevo horas repasando mentalmente las mismas líneas, las mismas cifras y promesas, como si alguna palabra fuera a cambiar si la miro el tiempo suficiente.
La oferta sigue siendo extraordinaria y exactamente aquello por lo que he trabajado durante años.
Me ofrecen la dirección de mi departamento, un proyecto internacional, un equipo propio, aumento de salario y una oportunidad que antes habría aceptado con los ojos cerrados sin preguntarme nada más.
El problema es que ya no veo esa oferta como una solución, porque ahora solo me crea más dudas.
Cierro el portátil con cuidado, cojo las llaves del coche y bajo sin detenerme en la cocina. No quiero encontrarme con Margaret, ni con Thomas, ni con Mason. Sobre todo no quiero encontrarme con Mason, porque sé que al verme entenderá demasiadas cosas antes de que yo misma consiga decirlas.
Media hora después estoy de camino hacia la casa de mi abuelo.
Necesito pensar, aunque empiezo a sospechar que ese es precisamente el problema.
Pensar no está ayudándome, porque me devuelve siempre al mismo lugar: Seattle en una pantalla, Wild River al otro lado de la ventana y Mason en medio, ocupando un espacio que no estaba previsto en ninguno de los planes que yo podría haber imaginado.
La casa aparece al final del camino estrecho, rodeada de álamos y hierba alta.
Hoy me parece más pequeña que el último día que vine, quizá porque ahora vengo sola y no tengo a Mason a mi lado convirtiendo los recuerdos en algo más soportable.
Aparco frente al porche y permanezco unos segundos dentro del coche con las manos apoyadas en el volante tratando de calmar mi cabeza, aunque no lo consigo.
Bajo del coche, subo los escalones de la entrada y abro la puerta.
El olor a polvo y años acumulados entre la madera de las paredes me recibe con una familiaridad que me aprieta el pecho.
Por primera vez desde el funeral, entro sola en la casa, sin nadie que pueda distraerme del hecho de que este lugar sigue existiendo, aunque mi abuelo ya no esté.
Camino despacio por el salón y observo cada objeto como si hubiera dejado una pista escondida para mí.
La mecedora continúa junto a la ventana, orientada hacia el camino.
La manta de cuadros sigue doblada sobre el respaldo del sofá.
En la estantería hay fotografías de distintas épocas: mis padres el día de su boda, mi abuelo con un sombrero absurdo durante una feria local, yo a los nueve años sosteniendo una caña de pescar más grande que yo y sonriendo con la seguridad de quien todavía no sabe que la vida puede ponerse difícil.
Me detengo ante esa foto para observarla con calma.
Recuerdo aquella tarde con claridad. No pescamos nada y me acuerdo que mi abuelo pasó horas inventando explicaciones cada vez más ridículas para justificar nuestro fracaso y acabó asegurando que los peces del río habían organizado una reunión secreta para humillarlo.
Yo me reí tanto que terminé con dolor de tripa y él me dijo que esa era la verdadera pesca del día, aunque luego pasó los siguientes diez años hablando de «la trucha que escapó por pura cobardía».
Sonrío, aunque al instante la sonrisa se me rompe un poco, porque lo echo mucho de menos.
Echo en falta su risa y sus frases absurdas.
También sigo enfadada con él por haberme dejado una herencia que ha puesto mi vida patas arriba y por obligarme a regresar a un lugar del que llevaba años intentando alejarme.
Lo echo de menos, lo quiero y, aun así, sigo enfadada con él. Quizá lo que más me cuesta aceptar es que ambas cosas puedan ser ciertas al mismo tiempo.
Entro en la cocina y paso los dedos por el borde de la mesa donde hacía los deberes de niña.
La superficie tiene una marca pequeña cerca de una esquina, una línea quemada que hice con una vela durante un apagón.
Mi abuelo fingió enfadarse y luego me enseñó a lijar la madera para arreglarla.
«Las cosas importantes no se tiran por un pequeño desperfecto», recuerdo que me dijo aquella tarde.
Yo tenía once años y no entendí que quizá no se refería solo a aquella mesa.
En el despacho, el caos típico de mi abuelo permanece casi intacto.
Hay mapas enrollados en un rincón, archivadores repletos, libretas llenas de anotaciones y lápices gastados hasta la mitad.
Él era incapaz de ordenar nada de una forma que otra persona pudiera entender, pero siempre encontraba lo que necesitaba.
Decía que el verdadero orden era recordar dónde estaba cada cosa en medio del desorden.
Me siento en su silla y escucho cómo la madera cruje bajo mi peso.
—Gracias por complicarme la vida incluso después de muerto —murmuro mirando el escritorio.
Mi queja se pierde entre las paredes. No espero respuesta, aunque una parte de mí desearía oír su voz llamándome dramática.
Abro el primer cajón y encuentro recibos antiguos, una navaja pequeña, una llave suelta y una pila de notas escritas con su letra inclinada y angulosa.
En el segundo hay facturas, planos y una lista de arreglos pendientes de la casa y en el tercero aparece un sobre.
Mi nombre es lo único que hay escrito en él.
No necesito abrirlo para reconocer que lo escribió mi abuelo para mí.
Me quedo inmóvil con el sobre entre los dedos y noto que algo se me cierra en la garganta.
Es una carta. Probablemente la última que me escribió y diferente a la que me dio Nathan.
Durante unos segundos apoyo el pulgar sobre el borde del papel y casi lo abro, pero no lo hago.
Porque sé que, en cuanto lea lo que mi abuelo me dejó escrito, algo cambiará y todavía no estoy preparada.
Guardo la carta dentro del bolso y cierro el cajón con cuidado. Después salgo del despacho, cierro la casa y regreso al coche con una sensación extraña, como si llevara conmigo algo más que un sobre.
Cuando entro al Wild River Café, me encuentro a Rose colocando cajas detrás del mostrador.
Levanta la vista, me observa durante apenas dos segundos y ya sabe que algo ocurre.
Empiezo a pensar que esta mujer podría haber dirigido una agencia de investigadores privados si no hubiera preferido gobernar Wild River a base de café, tartas y manipulación emocional.
—Tienes cara de estar discutiendo con tus propios pensamientos —comenta Rose mientras deja una caja en el suelo.
—Van ganando ellos.
—Eso explica muchas cosas.
Rose señala una mesa junto a la ventana.
—Siéntate.
—¿Es una sugerencia?
—No.
—¡Qué autoritaria!
—Gracias. He tardado años en perfeccionar la técnica.
Me siento porque discutir con Rose requiere una energía que no tengo ahora mismo. Ella aparece poco después con una taza de café y una porción de tarta que, naturalmente, no he pedido, pero que va a hacer que me coma.
—No tengo hambre.
—No he preguntado.
—Eso resume muy bien tu forma de tratar a los clientes.
—Mis clientes viven más felices cuando no toman sus propias decisiones con el estómago vacío.
A mi pesar, sonrío y Rose se sienta frente a mí y espera. No me pregunta según se sienta y ese es uno de sus trucos más infalibles. Algunas personas llenan cualquier pausa con palabras. Rose, en cambio, deja espacio hasta que una acaba hablando solo para no seguir escuchándose a si misma.
—No sé qué hacer con la oferta de trabajo que me han hecho en Seatle —admito al fin.
Rose asiente despacio.
—¿Es buena?
—Es mejor que buena —le confirmo.
—Entonces entiendo el problema.
—Esa frase no tiene sentido —le digo alzando la vista para mirarle.
—Claro que lo tiene. Si fuera una oferta mediocre, la rechazarías o la aceptarías por miedo, pero al menos sabrías qué clase de decisión estás tomando. El problema aparece cuando consigues exactamente lo que querías.
—Durante años pensé que, si llegaba este momento, sería feliz sin más —le cuento ahora con la mirada fija en la taza de café que tengo frente a mí y junto al enorme trozo de pastel que me ha servido.
—¿Y lo eres?
—No lo sé.
—Eso ya es una respuesta —me dice respondiéndome con calma.
—No es una buena.
—No todas las respuestas buenas son cómodas.
Resoplo.
—Suena a frase de una taza motivacional.
—Puede ser, pero las tazas motivacionales a veces tienen razón.
Me obligo a probar la tarta solo para tener algo que hacer con las manos.
—Me fui para conseguir tener una carrera de verdad. Para demostrar que podía construir algo lejos de aquí y no ser solo la nieta de William Collins, ni la chica que todos recordaban de una forma que ya no existía.
—Y lo has conseguido.
—Sí.
—Entonces quizá la pregunta no es si quieres aceptar esa oferta.
—¿Entonces cuál es? —pregunto frunciendo el ceño.
—Si todavía quieres pagar el mismo precio por ella —le respondo apoyando los codos sobre la mesa.
La frase me golpea de lleno en medio del pecho, porque ese es precisamente el problema.
Antes el precio parecía evidente: vivir lejos, trabajar mucho, no mirar atrás y convertir la nostalgia en una molestia manejable.
Ahora el precio tiene otra cara. Tiene el porche de la casa de William, Ava llamándonos novios sin pedir permiso, Margaret mirándome como si ya hubiera reservado una silla para mí en su mesa y Mason intentando no pedir nada para que yo pueda elegir libremente.
Mason… Siempre Mason. Rose no dice su nombre, pero lo sabe.
—No estaba en mis planes —murmuro.
—Las cosas que cambian una vida casi nunca piden cita.
—Qué conveniente —ironizo.
—Mucho.
—¿Y si me equivoco?
—Te equivocarás alguna vez elijas lo que elijas.
—Eso es horrible —le respondo alzando la vista para mirarle.
—En eso consiste la vida, cariño.
La frase no intenta consolarme y quizá por eso me ayuda un poco.