Casada con un cowboy (Cowboys de Wild River 1) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Cuando regreso al Rancho, el resto de la tarde transcurre con una normalidad engañosa.

Reviso contratos, hablo con los encargados, inspecciono varios cercados, resuelvo dos problemas relacionados con maquinaria, trabajo…

mucho o lo intento. Porque el trabajo siempre ha sido la forma más eficaz de ordenar mi cabeza, aunque hoy no funciona, porque Lilly aparece constantemente en mi mente.

La imagino en la cocina, en el salón, ayudando a Rose, discutiendo con Bonnie, hablando con mi madre…

. Son escenas pequeñas y cotidianas y precisamente por eso me resultan peligrosas.

No estoy imaginando una aventura, sino una vida y eso lo cambia todo.

A última hora de la tarde, mientras entro en la casa principal, escucho que Lilly está hablando por teléfono en el despacho pequeño que utiliza para trabajar. No es que me pare a escuchar lo que habla, sino que simplemente paso por delante y entonces oigo que dice algo sobre Seattle y me detengo.

—Sí, he recibido la oferta —dice con voz tranquila y escucho una respuesta amortiguada al otro lado de la línea—. Lo sé —. Hace una pausa—. También sé lo que significa —. Hace otra pausa, pero ahora más larga y después vuelve a hablar—. No, todavía no he tomado una decisión.

Su respuesta me atraviesa, porque confirma algo que ya sospechaba: ha recibido una oferta de trabajo más importante de lo que imaginaba, supongo que es lo mismo por lo que decidió marcharse hace años de Wild River y por lo que ha trabajado desde entonces.

Debe ser lo que siempre ha anhelado conseguir.

Continúo caminando, porque no quiero escuchar más, ni debo hacerlo, pero noto cómo una sensación muy desagradable se adueña de mi estómago.

Porque comprendo la magnitud real de lo que está en juego y también tengo claro que, si yo fuera Lilly, aceptaría.

Sería lo lógico y lo inteligente. Es la oportunidad de su vida.

Lilly termina de explicarme los detalles de la oferta sentada frente a mí en la mesa de la cocina. La noche ha caído sobre el Rancho Steele y todos se han ido a dormir. La casa está en silencio y solo quedamos nosotros despiertos hablando sobre algo que ninguno de los dos parece querer hablar.

—Es un proyecto enorme —dice Lilly girando la taza de su infusión entre las manos.

—Eso parece.

—Llevo años trabajando para algo así.

—Lo sé.

Porque sé cuánto le costó abrirse camino en Seattle y cuántas veces tuvo que demostrar que era más inteligente que la gente que la rodeaba.

También tengo claro cuánto significa para ella que alguien haya reconocido todo ese esfuerzo.

Por eso debería resultarme sencillo y debería bastar con felicitarla, sonreír y alegrarme por ella. Pero el problema es que soy egoísta.

—Cuando me marché de Wild River, soñaba con esto —me cuenta bajando la mirada hacia la mesa.

No le respondo, porque cualquier cosa que diga corre el riesgo de sonar equivocada.

—Pensaba que, cuando llegara este momento, lo tendría clarísimo.

—Y ahora no lo tienes —le digo mirándola a los ojos.

—No —me dice alzando la vista hacia mí.

La sinceridad de la respuesta me atraviesa, porque Lilly no es una persona indecisa. Nunca lo ha sido. Cuando quiere algo, va a por ello, por eso verla así resulta inquietante.

—¿Qué te dice tu instinto?

La pregunta sale de mi garganta antes de que pueda detenerla y ella sonríe, aunque sin ganas.

—Mi instinto lleva semanas comportándose como un imbécil.

—Te entiendo.

—No creo —niego con la cabeza.

—Créeme.

Eso consigue arrancarle una pequeña risa, la primera de toda la conversación.

—¿Sabes qué es lo peor? —me pregunta después de unos segundos.

—Sorpréndeme.

—Que esta oferta es exactamente lo que quería.

Asiento, porque la entiendo.

—Pero ya no soy la misma persona que se marchó de Seattle.

Ambos sabemos que eso es verdad, porque Wild River ha cambiado, ella ha cambiado y yo también, quizá ese sea el problema, porque ninguno esperaba que eso sucediera.

Más tarde subimos a la planta de arriba. La casa está a oscuras y tranquila. Lilly se detiene frente a la puerta de su habitación, aunque durante unos segundos ninguno entra ni se mueve.

—No quería que esto fuera así —me confiesa en un susurro.

—¿Cómo? —musito mirándola a los ojos.

—Justo ahora.

—La oferta iba a llegar tarde o temprano.

—Sí —asiente con la mano sobre el pomo—. Odio no saber qué hacer.

Su confesión me golpea más que cualquier otra cosa que haya dicho durante la noche, porque Lilly Collins siempre sabe qué hacer, siempre tiene un plan y sabe qué camino elegir. Sin embargo, verla perdida me hace querer resolverlo por ella y no puedo.

—Lo averiguarás —le aseguro en un susurro.

—Eso espero.

Nos quedamos mirándonos unos segundos, hasta que finalmente se acerca y apoya una mano sobre mi pecho.

—Buenas noches, Mason.

—Que descanses.

Entra en su habitación y cierra la puerta y yo me quedo solo en el pasillo.

A pesar de que lo intento durante horas, no consigo dormir.

La casa permanece en silencio y la oscuridad llena mi dormitorio.

Pero mi cabeza no deja de dar vueltas. Miro el techo e intento convencerme de que estoy exagerando, pero no funciona, porque la realidad es bastante sencilla: Seattle quiere a Lilly y Seattle puede ofrecerle cosas que yo no puedo como una carrera, un proyecto internacional, una oportunidad por la que ha trabajado durante años.

No puedo competir con eso, ni debería intentarlo.

Me incorporo en la cama y miro por la ventana.

Las luces lejanas del rancho apenas rompen la oscuridad y todo parece tranquilo, como yo que por fuera parezco calmado, pero dentro de mi cabeza los pensamientos no para de aparecer.

Pienso en la cabaña, en el festival, en Lilly ayudando a Rose, en cómo se ríe cuando deja de intentar protegerse, en cómo encaja aquí y en cómo encaja conmigo.

Pero entonces pienso que estoy preocupado por Lilly porque la quiero, porque me he enamorado de ella y porque cada plan que hago empieza a incluirla sin que me dé cuenta y el Rancho Steele ya no parece completo cuando imagino que ella no está.

Y porque, si soy completamente sincero conmigo mismo, ya conozco la parte más difícil de toda esta historia.

No es aceptar que estoy enamorado, porque eso ya lo tengo claro.

Lo difícil es aceptar que quizá todo eso no sea suficiente, porque dentro de unos meses, cuando termine este acuerdo absurdo, Lilly tendrá que tomar una decisión y una parte de mí teme saber cuál será.

Permanezco despierto mucho tiempo después de reconocer eso observando la oscuridad, escuchando el silencio de la casa e intentando acostumbrarme a una verdad incómoda: estoy enamorado de mi esposa, pero creo que voy a perderla.