Capítulo 12
Lilly
El problema de dormir abrazada a Mason Steele es que después resulta complicado fingir que nada ha cambiado y eso es algo que descubro en el trayecto de vuelta al Rancho Steele.
La tormenta ha desaparecido durante la madrugada y el mundo parece recién lavado.
El cielo vuelve a ser azul, las montañas destacan en el horizonte y las ruedas de la camioneta levantan pequeñas salpicaduras de barro mientras avanzamos por el camino principal.
Todo debería parecer normal, pero no lo parece, porque Mason conduce con una mano sobre el volante y la otra descansa cerca de la palanca de cambios, yo sigo recordando la noche anterior y, por primera vez desde que llegué a Wild River, ninguno de los dos intenta fingir que somos únicamente dos personas atrapadas en un matrimonio absurdo.
El silencio que compartimos ya no resulta incómodo y eso me preocupa bastante más que las discusiones.
—¿Qué? —pregunta Mason sin apartar la vista de la carretera.
—Nada —aparto la mirada de inmediato.
—Mentira —me responde al instante.
—Empiezas a utilizar mucho esa palabra.
—Tú me das motivos.
Resoplo, él sonríe y yo también y esa simple reacción me deja completamente vendida. Porque hace apenas unas semanas habría buscado cualquier excusa para discutir y ahora, en cambio, me descubro disfrutando de una conversación que ni siquiera está ocurriendo.
Cuando el cartel del Rancho Steele aparece al final del camino principal, siento alivio.
La sensación me golpea tan deprisa que ni siquiera puedo negarla.
Estoy contenta de volver., pero no a Wild River ni a Montana, sino al rancho.
A ese lugar concreto, a esa casa y a esas personas.
Sé que solo la idea debería hacer saltar todas mis alarmas, pero no lo hace.
La pequeña Ava, hija de Luke Ryder, propietario del Rancho Ryder Horse, aparece corriendo antes de que la niña se detenga.
Sale disparada desde la zona de los establos con la energía de una persona que jamás ha tenido una mala noche de sueño en toda su vida.
Luke intenta seguirle el ritmo, pero fracasa.
—¡Lilly! —grita la pequeña y apenas tengo tiempo de abrir la puerta cuando la niña se lanza contra mí.
—Hola —la atrapo por puro instinto entre mis brazos.
—¿Dónde estabais?
Mala pregunta, muy mala, porque Ava posee la curiosidad de diez periodistas trabajando juntos.
—No respondas —dice Luke cuando llega finalmente hasta nosotros.
—¿Por qué?
—Porque conozco esa cara.
—¿Qué cara?
—La cara que pone antes de decir algo que me obligará a mudarme de estado.
Ava ignora por completo la advertencia, naturalmente.
—Mi abuela tenía razón —suelta la niña.
—No —niega Luke cerrando los ojos.
—Sí, son novios, papi.
El anuncio se produce con la solemnidad de una declaración presidencial. Durante un segundo nadie habla y después yo me echo a reír.
—Lo siento —murmura Luke, que parece estar considerando seriamente cavar un agujero y desaparecer dentro.
—No lo sientas.
—No.
—Lo sabía.
—Era evidente —dice Ava señalando alternativamente a Mason y a mí.
—¿Qué es evidente? —le pregunto.
—Todo.
Su respuesta no aclara absolutamente nada, pero la pequeña parece satisfecha.
—Voy a llevármela antes de que siga hablando —declara el padre con cara de circunstancias.
—Cobarde —le ataca Mason con una sonrisa.
—Superviviente —acepta Luke, que intenta llevarse a su hiija, pero Ava me abraza otra vez antes de permitir que su padre la aleje de nosotros.
Cuando se marchan, sigo sonriendo y entonces cometo el error de mirar a Mason.
—No la has corregido —le digo.
—¿A quién? —me pregunta arrugando el entrecejo.
—A Ava.
—No parecía necesario.
—Mason.
—¿Sí?
—No la has corregido.
—No.
No dice nada más, ni me da ninguna explicación, ni hace ninguna broma, solo un «no» sencillo que provoca un caos considerable dentro de mi cabeza.
La noticia parece llegar al pueblo antes que nosotros. Sé que es algo que no debería sorprenderme, porque Wild River lleva décadas perfeccionando sistemas de comunicación que desafían todas las leyes conocidas de la física.
Cuando entramos en el Wild River Café, Rose ya nos está esperando y Bonnie también. Además, Walter está en una mesa junto a la ventana y Hank discute con alguien por teléfono sobre unos permisos municipales. No obstante, los cuatro levantan la vista al mismo tiempo y eso nunca es buena señal.
—Buenos días —nos saluda Rose desde detrás del mostrador con una voz que pretende sonar inocente, aunque su sonrisa la traiciona.
—No pienso participar —le advierto mientras me acerco.
—Todavía no he dicho nada —responde Rose apoyando las manos sobre la barra.
—Precisamente —replico.
—Tiene razón. Esa sonrisa suele acabar en desastre —comenta Bonnie dejando la taza sobre el plato.
—Gracias —responde Rose, encantada.
—No era un cumplido —aclara Bonnie.
—Entonces, ¿qué tal la tormenta? —nos pregunta Rose ignorando la observación de su amiga.
—Lluviosa —responde Mason.
—Qué decepción de respuesta —se queja Rose y escucho a Walter que resopla desde su mesa junto a la ventana.
—Los jóvenes de hoy ya no saben contar historias —gruñe Walter.
—Walter, tú exageras hasta los partes meteorológicos —le responde Bonnie.
—Porque la realidad suele ser poco ambiciosa —replica Walter.
—¿Ha habido daños? —pregunta Hank, que ha terminado su llamada y ha guardado su teléfono en el bolsillo.
—Ninguno —contesta Mason.
—Qué lástima —murmura Hank.
—¿Perdón? —pregunto mirándolo.
—Necesito justificar parte del presupuesto de emergencias —explica Hank con absoluta seriedad.
Bonnie se lleva una mano a la frente.
—Y por eso nadie te deja hablar con los periodistas —sentencia Bonnie.
Las risas llenan el café y, mientras observo la escena, no me siento la chica que regresó para un funeral, ni tampoco una invitada esperando marcharse, sino que me siento parte de aquello.
La sensación dura apenas unos segundos, pero está ahí y me resulta imposible ignorarla.
Rose consigue retenernos en el café con una facilidad insultante, aunque no nos obliga, porque eso sería demasiado vulgar para ella, simplemente coloca dos tazas delante de nosotros, menciona que necesita revisar unas listas para la recogida de alimentos del festival agrícola y, cuando quiero darme cuenta, estoy sentada junto a la ventana con un bolígrafo en la mano, tres hojas delante y Mason observándome desde el otro lado de la mesa con una expresión que mezcla diversión y cautela.
—No pongas esa cara —le advierto.
—¿Qué cara?
—La de estar disfrutando de mi secuestro comunitario.
—No estoy disfrutando— me responde Mason.
—Mientes fatal.
—Eso es mío.
—Lo estoy reutilizando —le respondo y veo cómo Mason sonríe.
Bonnie, que está organizando una caja de libros donados para una rifa, se inclina hacia Rose.
—¿Lo ves?
—Lo veo.
—¿Qué veis? —les pregunto alzando la vista hacia ellas.
—Nada —responden las dos a la vez.
—Qué par de mentirosas —afirma Walter resoplando desde su mesa.
—Walter —lo reprende Rose sin volverse—, si vas a criticar, al menos dobla servilletas.
—No he venido a trabajar.
—Nadie viene a este café a trabajar y aun así todos acabáis haciéndolo.
No puedo evitar reírme, porque es verdad, Hank ya está colocando carteles en una pila, Walter acaba de coger un paquete de servilletas con mala cara y Mason, sin que nadie se lo haya pedido, está revisando una lista de entregas con la concentración de un hombre que no sabe hacer nada a medias.
—Este pueblo es una trampa —murmuro.
—Una trampa con buen café —me dice Rose mirándome desde detrás del mostrador.
—Eso no lo hace mejor.
—Lo hace mucho mejor.
Durante la siguiente hora, el Wild River Café se convierte en una especie de centro de operaciones improvisado.
Entran vecinos con cajas, preguntas, bolsas de comida y problemas menores que Rose resuelve como si llevara toda la vida dirigiendo un pequeño país, aunque sin sueldo oficial.
Yo empiezo ayudando a ordenar nombres en una lista y termino reorganizando turnos, separando donaciones por fechas y preparando una hoja más clara para que Hank no pierda tres cajas antes del mediodía.
Lo peor es que se me da bien. Lo segundo peor es que me gusta, aunque no de la misma forma que me gusta mi trabajo en Seattle, con sus reuniones, sus campañas y esa descarga de adrenalina que aparece cuando un proyecto imposible encaja en el último minuto.
Esto es otra cosa. Aquí ves el resultado enseguida.
Una persona llega con un problema y se marcha con una solución, una caja desordenada se convierte en algo útil y una lista caótica deja de parecer una amenaza en pocos minutos.
—Has puesto orden en veinte minutos —observa Bonnie mientras deja unos libros junto a mí—. Rose lleva años intentando hacer eso con Hank y no lo ha conseguido.
—Hank no parece especialmente organizable.
—Nadie ha conseguido organizar a Hank desde 1987.
—Eso explica muchas cosas.
Bonnie se ríe, Mason levanta la vista desde su hoja y me mira de una forma que no sé interpretar. Hay orgullo en su expresión o algo parecido a una calidez que me descoloca más que si soltara cualquier pulla.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada.
—Mason…
—Estás en tu elemento.
La frase debería parecerme normal, pero no lo es, porque hasta hace poco mi vida estaba en Seattle.
En oficinas, reuniones y proyectos internacionales y no en una cafetería de Wild River, ayudando a Rose a organizar donaciones mientras Walter critica unas servilletas.
Pese a eso, empiezo a sentir que encajo aquí mejor de lo que esperaba.
—No exageres —le respondo a Mason mientras dejo varios papeles sobre la mesa.
—No lo hago —replica él sin apartar la vista de la lista que está revisando.
Bonnie nos observa desde la silla donde está clasificando unos libros para la rifa y la sonrisa que aparece en su cara resulta sospechosamente satisfecha.
—Esta fase me encanta —comenta Bonnie.
—Bonnie, por favor —le pido, apoyándome en el respaldo de la silla.