Casada con un cowboy (Cowboys de Wild River 1) Capítulo 11 #2
58%

Capítulo 11 #2

—Por pertenecer, por saber cuál era tu sitio, por tener una familia que no parecía a punto de desaparecer y por caminar por Wild River como si el suelo no pudiera moverse bajo tus pies.

—El suelo se mueve igual —le digo acercándome un paso hacia ella.

—Tú lo disimulabas mejor.

—Eso no siempre es una virtud —trato de hacerle entender.

—Estoy empezando a verlo —me responde con una sonrisa tímida.

El ambiente de la cabaña cambia, porque ya no estamos hablando desde las versiones viejas del otro.

Yo ya no soy el Steele arrogante de sus recuerdos, ni ella es la chica que se fue porque Wild River le parecía poca cosa.

Ahora somos dos personas mojadas, cansadas, encerradas por culpa de una tormenta dentro de una cabaña y diciendo verdades que tal vez deberíamos haber dicho años atrás.

—Nos equivocamos mucho —me confiesa cruzándose de brazos.

—Sí.

—Contigo, conmigo y con todo.

—Sí —. Me acerco otro paso y ella no retrocede—. Admiro lo que hiciste.

—¿Qué? —me pregunta abriendo un poco más los ojos.

—Marcharte, construir algo propio, volver aquí y seguir en pie cuando todos esperan que sepas qué hacer. No sé si te lo había dicho.

—No.

—Pues lo hago ahora.

La veo tragar saliva y veo cómo la emoción le cruza el rostro, aunque esta vez no intenta esconderla.

—Yo admiro cómo cuidas esto —responde—. El rancho, tu familia y la gente que trabaja contigo. Siempre pensé que era arrogancia, pero he descubierto que no lo es o, al menos, no es solo eso.

—A veces sí lo es —admito.

—Bueno, tampoco nos pongamos poéticos.

Ambos nos reímos, aunque poco a poco dejamos de hacerlo, porque la distancia entre nosotros se ha vuelto demasiado pequeña para fingir que sigue siendo inocente. Mientras, el fuego crepita a nuestra espalda y la lluvia continúa golpeando el tejado.

—Mason —me dice alzando la vista hacia mí.

Mi nombre suena distinto cuando ella lo pronuncia. No suena a advertencia, ni a reproche, si no a una puerta que puedo abrir o dejar cerrada.

—No voy a decidir esto por los dos.

—Entonces deja que decida yo —susurra acercándose un poco más a mí.

La beso con cuidado al principio, dándole tiempo, espacio para que pare si es lo que quiere, pero no lo hace.

Apoya las manos en mi pecho y luego las cierra sobre mi camisa, con una confianza que me desarma más que cualquier deseo.

La acerco despacio a mí y siento cómo se rinde la última distancia que nos quedaba.

Este beso no se parece al del río, ni al de la cocina, porque este nace de algo más profundo: de las conversaciones que acabamos de tener, de William, de Seattle, del rancho y de todas las veces que nos miramos mal porque era más sencillo que admitir que nos seguíamos mirando.

Lilly me rodea el cuello con los brazos y yo apoyo la frente contra la suya cuando el beso se rompe un instante.

—Esto cambia las cosas —susurra.

—Ya han cambiado.

—Sí —admite cerrando los ojos.

La vuelvo a besar y después ya no hay prisa, sino una certeza tranquila y arrolladora.

La llevo hacia el dormitorio con una mano entrelazada con la suya y otra en su cintura, atento a cada gesto, a cada respiración y a cada vez en que se acerca en lugar de apartarse.

La tormenta sigue golpeando la cabaña, pero ya casi no le presto atención.

Ahora solo existe Lilly entre mis brazos.

Cuando vemos la puerta del dormitorio entreabierta a nuestra espalda, el mundo se vuelve pequeño y solo existe una cama, el sonido de la lluvia y Lilly mirándome como si por fin hubiera decidido dejar de pelear contra lo que ya estaba ocurriendo entre nosotros.

La tormenta sigue fuera, pero ahora todo mi mundo se reduce a ella.

Acerco una mano a su rostro y aparto un mechón de pelo húmedo que se ha quedado pegado a su mejilla.

Ella no aparta la mirada, ni retrocede. La distancia desaparece poco a poco hasta que vuelvo a besarla, esta vez más despacio, como si quisiera memorizarla.

Lilly responde enseguida y sus manos suben hasta mis hombros.

Noto el calor de su cuerpo acercándose al mío, la confianza silenciosa con la que acorta el espacio que todavía nos separa y la forma en que apoya la frente contra la mía cuando el beso se rompe.

—Hola —susurra y esa palabra me hace sonreír.

—Hola —repito y ella también me sonríe, un pequeño milagro, porque durante años hemos sido expertos en discutir y absolutamente inútiles en momentos como este.

La abrazo por la cintura y ella se acerca todavía más, buscando mi calor con una naturalidad que me desarma. Nos sentamos sobre el borde de la cama sin separarnos. Lilly apoya una mano en mi mandíbula y la recorre despacio, observándome como si estuviera descubriendo algo nuevo.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—Nada.

—Eso suele significar que pasa algo.

Ella baja la vista un instante.

—Solo intento acostumbrarme a que seas tú.

—¿Yo?

—Sí.

Su sonrisa se vuelve tímida.

—El hombre con el que llevo años discutiendo resulta ser bastante distinto del que tengo delante.

La confesión me impacta mucho, porque yo podría decir exactamente lo mismo.

La atraigo de nuevo hacia mí y apoyo la frente contra la suya.

Durante unos segundos, nos quedamos respirando el mismo aire, escuchando la lluvia contra el tejado y sintiendo cómo todo lo demás pierde importancia.

Cuando Lilly termina acomodándose entre mis brazos y apoya la cabeza sobre mi hombro, la sensación que me invade no tiene nada que ver con la victoria ni con el deseo satisfecho.

Se parece mucho más a llegar a casa después de haber estado perdido durante demasiado tiempo.

Volvemos a besarnos y ella empieza a desabrocharme la camisa, lo hace poco a poco y sin dejar de mirarme a los ojos.

Después yo le saco la camiseta y le acaricio los brazos con las yemas de los dedos.

Ella sonríe y se quita los pantalones. Trago saliva y la imito.

Cuando ambos estamos desnudos, me agarra de la mano y me invita a tumbarme en la cama, para después tumbarse encima de mí.

Al tenerla así, la abrazo y vuelvo a besarla, porque ahora no necesitamos las palabras para comunicarnos.

Le acaricio la espalda y ella pone las manos a los lados de mis hombros, se echa un poco hacia atrás, levanta las caderas y yo le ayudo a que se clave en mí.

Cuando entro en ella, nos miramos a los ojos y a ambos se nos escapa un gemido de placer desde lo más profundo de nuestras gargantas.

Se mueve con elegancia encima de mí con ritmo.

La agarro por las caderas para ayudarla a levantarse la distancia exacta para después volver a clavarme en ella hasta lo más profundo.

En su galope, alza las manos y se recoge el pelo con las manos y está tan sexy que no puedo evitar rodar por la cama y tumbarla boca arriba.

Ahora soy yo quien está encima y empiezo a clavarme en ella con fuerza.

Con cada estocada sus pechos se mueven y sus pezones erectos rozan mi pecho.

Ella enloquece con cada una de mis envestidas y acaba estallando y envolviéndome con más fuerza, lo que me lleva al límite y acabo explotando de placer con Lilly.

Más tarde, cuando la tormenta empieza a alejarse y la cabaña queda envuelta en una calma tibia, Lilly descansa apoyada sobre mi pecho.

Su respiración se ha vuelto lenta y una de sus manos permanece sobre mi abdomen, ligera y confiada.

Una manta nos cubre hasta la cintura y el fuego se ha reducido a brasas que todavía mantienen la estancia caliente.

No hablamos durante un rato, porque no hace falta, pero cuando Lilly se mueve un poco, sé que sigue despierta.

—Mason —me llama a media voz.

—Estoy aquí.

—Mañana esto seguirá siendo complicado —me advierte.

—Sí.

—Seguiremos casados por una cláusula absurda.

—Sí.

—Y yo seguiré teniendo una vida en Seattle.

Su frase me duele más de lo que debería, pero trato de disimularlo como puedo.

—Lo sé.

—No quería arruinar el momento —añade levantando un poco la cabeza para mirarme.

—No lo has hecho —miento.

—Bien.

—No necesito que decidas nada esta noche —le consto apoyando una mano en su espalda.

—Gracias.

—Pero tampoco pienso fingir que esto no ha pasado.

—Yo tampoco.

Vuelve a apoyar la cabeza sobre mi pecho y siento que su respuesta me ha dejado sin defensa alguna. Porque no promete nada, ni resuelve nada, ni borra a Seattle, ni la cláusula, ni los seis meses que pesan sobre los dos. Pero es verdad y esta noche la verdad parece suficiente.

Lilly se duerme poco después y yo permanezco despierto, escuchando la lluvia débil contra el tejado, el crujido de la madera y su respiración tranquila junto a mí. Durante años pensé que el amor sería algo que podría reconocer desde lejos y controlar antes de que se acercara demasiado.

«Qué idiota», me digo en silencio.

El amor no ha llegado haciendo ruido, sino con una mujer que discute conmigo, que se marchó de Wild River para poder respirar, que ha vuelto cargando una culpa que no le pertenece y que ahora duerme sobre mi pecho como si este lugar pudiera ser suyo, aunque todavía no se atreva a admitirlo.

Bajo la vista hacia ella y entonces lo entiendo sin excusas, sin defensas y sin una sola parte de mí intentando discutirlo: me he enamorado de ella.