Capítulo 11
Mason
La tormenta golpea la cabaña con tanta fuerza, que durante unos segundos la única respuesta sensata parece quedarse quieto y aceptar que el universo tiene un sentido del humor bastante retorcido.
Lilly está en medio de la estancia, empapada, con el pelo pegado a las mejillas y la mirada fija en la única cama visible al otro lado de la puerta entreabierta.
Después mira el sofá, que apenas serviría para que durmiera cómodo un niño de ocho años, y vuelve a mirarme con una expresión que mezcla cansancio, incredulidad y ganas evidentes de culparme a mí de la meteorología de Montana.
—Perfecto —murmura—. Porque claramente este día necesitaba mejorar.
Dejo las llaves sobre la mesa y me quito el sombrero mojado.
—Puedo dormir en el sofá —le aviso para que se tranquilice.
Lilly observa el mueble durante un segundo.
—Ese sofá parece diseñado por alguien que odiaba la columna vertebral humana.
—He dormido en sitios peores —. Me encojo de hombros.
—Eso no habla bien de tus decisiones vitales.
—Tampoco el matrimonio accidental habla bien de las tuyas.
La frase se escapa de entre mis labios antes de que pueda frenarla, pero Lilly no se ofende, porque hoy ni siquiera tiene energía para eso. Se limita a cerrar los ojos, respirar hondo y apartarse el pelo de la cara con un gesto cansado.
—No empieces, Mason.
Tiene razón, ahora no es el momento. La cabaña está fría, la ropa mojada se nos pega al cuerpo y la tormenta ha convertido el camino de vuelta al Rancho en una trampa de barro imposible de transitar hasta que no pare de llover.
Lo último que necesitamos es otra discusión inútil.
Así que dejo la mochila junto a una silla y reviso el armario estrecho que hay junto a la puerta.
—Hay mantas, algo de ropa seca y leña.
—Dime que también hay una segunda habitación escondida detrás de una pared secreta.
—No prometo milagros.
—Qué decepción —resopla.
Saco dos mantas y una camisa vieja de trabajo que probablemente pertenece a Thomas, que Lilly la mira con recelo.
—Eso no es mío.
—No, pero está seco.
—Me estás ofreciendo ropa de vete tú a saber quién.
—Te estoy ofreciendo no morir de frío y esta camisa es de mi hermano Thomas.
—Dicho así, suena menos humillante.
Le paso la camisa y señalo el dormitorio con la barbilla.
—Cámbiate. Encenderé la chimenea.
Lilly no protesta, y esa falta de resistencia me preocupa más que si hubiera soltado cualquiera de sus habituales pullas.
Entra en el dormitorio y cierra la puerta mientras yo me acerco al hogar de piedra.
La cabaña forma parte de las antiguas construcciones de apoyo del rancho, por lo que es sencilla, práctica, y está preparada especialmente para protegerte durante las tormentas y las jornadas largas.
Hay latas en la alacena, café en un bote metálico, una caja de cerillas y suficiente leña para pasar la noche.
Mantengo las manos ocupadas, porque necesito que mi cabeza deje de volver a la imagen de Lilly en mi cocina la noche anterior, a su boca junto la mía y a cómo negó con la cabeza cuando le pedí que me dijera que parara.
La madera prende al tercer intento y el fuego empieza a crecer con lentitud, primero tímido y luego firme.
El calor avanza por la estancia justo cuando la puerta del dormitorio se abre y Lilly sale envuelta en la camisa, con los puños cubriéndole parte de las manos y las piernas desnudas bajo el borde de la tela.
Aparto la mirada hacia la chimenea, porque soy un hombre adulto y tengo autocontrol, aunque ninguna de esas dos cosas parece encontrarse en plena forma esta noche.
—No digas nada —me advierte.
—No iba a hacerlo.
—Mientes fatal.
—Estoy aprendiendo a hacerlo peor desde que volviste.
Se acerca al fuego y extiende las manos hacia las llamas. El color vuelve poco a poco a sus mejillas mientras la lluvia sigue golpeando los cristales con insistencia y el viento sacude las ramas cercanas, pero aquí dentro la cabaña empieza a parecer menos hostil.
—Tenemos comida —digo, señalando la alacena.
—Por favor, dime que no vamos a cenar judías directamente de una lata.
—También hay sopa y café.
—Un banquete digno de recién casados.
Nos miramos y durante un instante, ambos parecemos recordar lo mismo: el certificado, la cama del Wild River Lodge, el anillo en su mano, la capilla... Después Lilly baja la vista y se concentra en el fuego.
—Perdón —dice en voz baja—. No sé por qué he dicho eso.
—Porque es verdad.
—Eso no mejora nada.
—No.
Preparo una cena improvisada sobre la pequeña mesa de madera.
Una lata de sopa, que calentamos en una cacerola vieja, y café que sabe bastante mejor de lo que merece dadas las circunstancias.
Lilly se sienta frente a mí con una manta sobre los hombros, los dedos alrededor de la taza y el rostro suavizado por el cansancio.
No hay nadie del pueblo a nuestro alrededor, ni Rose para empujarnos a conversar, ni Nathan interpretando el desastre en términos legales y tampoco está mi madre interpretando emociones antes de que nosotros sepamos nombrarlas. Solo estamos Lilly y yo en una cabaña aislada por la tormenta.
—Gracias por hoy —dice de pronto.
—¿Por la cena? —le pregunto alzando la mirada hasta sus ojos.
—No, por llevarme a la casa de mi abuelo.
Su respuesta me deja quieto. Lilly no mira la mesa, ni el fuego, ni la ventana, solo me mira a mí.
—No hiciste preguntas incómodas, ni intentaste decirme qué debía sentir y tampoco tocaste nada sin mi permiso.
—Era tu casa —le recuerdo.
—También era un campo de minas.
—Ya. Eso es lo extraño. Siempre pensé que tú no entendías esa clase de cosas —dice apoyando la taza sobre la mesa.
—¿Qué cosas?
—Lo que significa marcharse y volver. Querer algo y, al mismo tiempo, sentir rabia por ello. Echar de menos a alguien y seguir enfadado con esa persona al mismo tiempo.
El ruido de la lluvia llena el espacio que queda entre nosotros.
—Entiendo más de lo que parezco —le respondo.
—Eso también es nuevo.
—¿Que entienda cosas?
—No, que lo admitas.
No sé si reírme, pero finalmente no lo hago, porque esta vez no hay humor en su voz sino cansancio y una honestidad tan limpia que cualquier broma la arruinaría.
—También echo de menos a William —confieso.
—Me lo imagino —dice bajando la mirada un segundo.
—Era insoportable cuando quería.
—Mucho —admite con una sonrisa triste.
—Discutía conmigo por los límites de las parcelas incluso cuando tenía los papeles delante.
—Eso suena muy propio de él.
—Una vez me dijo que los Steele vigilábamos nuestras tierras como si alguien fuera a robárnoslas durante la noche.
Lilly se ríe con una tristeza dulce en el gesto.
—Tenía frases muy buenas.
—Y una capacidad enorme para hacer que un hombre adulto se sintiera como un crío.
—También la tenía conmigo.
Durante un rato, hablamos de William sin convertirlo en un santo.
Comentamos sobre el hombre que arreglaba cercas a deshora, del abuelo que se escondía caramelos en los bolsillos, aunque el médico se los hubiera prohibido, del vecino que podía ayudar a todo el mundo y luego manipular a su nieta con un testamento con la tranquilidad de quien cree estar haciendo lo correcto…
—Estoy furiosa con él —confiesa quitándose la manta de los hombros y colocándosela sobre las piernas.
—Me lo puedo imaginar…
—No solo por la cláusula, sino también porque me conocía lo suficiente para saber que funcionaría.
—Tu abuelo siempre apostaba fuerte.
—Pues esta vez se pasó de la raya, porque apostó mi vida.
—Sí.
—Me fui porque necesitaba respirar —me confiesa—. Wild River me quería tanto que a veces me dejaba sin espacio.
—Eso suena duro.
—Porque lo era. Todo el mundo sabía quién era, de dónde venía, qué había perdido, qué debía querer… Incluso cuando lo hacían con cariño, seguía siendo agotador.
—Nunca lo he visto así —le digo mientras le observo desde el otro lado de la mesa.
—Porque tú eras parte de eso.
—Sí —asiento con la cabeza.
—Aunque no creo que lo hicieras a propósito.
—Bueno, eso no lo arregla —le respondo y me encojo de hombros.
—No.
La conversación cambia poco a poco y las respuestas dejan de estar tan pensadas y las cosas que decimos empiezan a parecerse más a la verdad.
Lilly se levanta para llevar las tazas al fregadero y yo hago lo mismo con los platos.
Nos movemos por la pequeña cocina sin chocarnos, compartiendo el espacio con una facilidad que habría resultado impensable hace unas semanas.
—Yo te envidiaba —reconozco mientras aclaro una cuchara.
—¿A mí? —. Se detiene para preguntarme y mirarme.
—Sí.
—Eso no tiene sentido —niega ahora con la cabeza.
—Bueno, fuiste capaz de marcharte.
—Mason... —empiezo, aunque enseguida él me interrumpe para continuar hablando.
—Tuviste el valor de coger una vida que no te servía y buscar otra. Yo, en cambio, me quedé.
—Porque querías el rancho.
—También porque tenía miedo.
La última palabra me sale áspera, porque está poco acostumbrada a escaparse de mi garganta.
—¿De qué? —inquiere sin moverse todavía.
Me seco las manos con un paño y me apoyo contra la encimera cruzándome de brazos
—De decepcionar a mi madre, a Thomas y a todos los que dependían del Rancho Steele. También de descubrir que fuera de aquí no era nadie especial, de querer algo distinto y no saber si tenía derecho a desearlo.
Lilly permanece en silencio mientras me escucha con atención y eso me empuja a seguir.
—Me construí una vida alrededor del control, porque eso era más fácil que admitir que muchas veces no sabía qué demonios estaba haciendo. El rancho siguió funcionando, la gente me obedecía y los problemas se resolvían, así que supuse que eso era suficiente.
—¿Y lo era?
—Durante mucho tiempo pensé que sí —le respondo llevando la mirada hacia la ventana empañada.
—¿Y ahora?
Vuelvo a mirarla.
—Ahora no estoy tan seguro —le contesto volviendo la cabeza para mirarla ahora a ella.
—Yo te envidiaba por lo contrario —confiesa después de soltar un suspiro.
—¿Por quedarme?