Capítulo 10 #2
En el dormitorio de mi abuelo me detengo ante una chaqueta colgada detrás de la puerta y paso los dedos por la tela.
—La llevaba cuando me enseñó a conducir.
—¿El tractor? —me pregunta Mason con gesto de sorpresa.
—Sí, me dijo que si podía dominar un tractor viejo podría dominar cualquier cosa.
—Eso era muy propio de él —asiente con una sonrisa.
—Luego choqué con una valla.
—Eso nunca me lo contó.
—Porque yo lloré y él dijo que una Collins podía destrozar una valla, pero jamás permitir que una valla le destrozara el orgullo.
—Tenía razón —Mason sonríe con una ternura contenida.
—Era irritante cuando tenía razón.
—Eso también suena muy propio de William.
Me quedo mirando la chaqueta unos segundos más antes de soltarla.
—No sé qué hacer con todo esto —afirmo mirando a nuestro alrededor.
—No tienes que decidirlo hoy.
—Todo el mundo dice eso.
—Quizá porque es verdad, ¿no crees?
—Qué molesto —resoplo.
—Que te digan la verdad suele serlo.
Cuando salimos, vemos que dos camionetas suben por el camino. La de Nathan la reconozco enseguida y, poco después, descubro que la otra pertenece a James Walker, el sheriff.
—Perfecto —murmuro—. Llega público, justo lo que necesitaba.
—Con Nathan y James nunca son solo público —me dice Mason mirando hacia las camionetas.
—Qué bonita escena familiar —afirma Nathan al bajar de su camioneta con una carpeta bajo el brazo.
—Empiezas fatal —le advierto.
—Yo iba a decir sospechosa, pero bonita también sirve —me responde mientras se acerca a nosotros y se ajusta el sombrero.
—¿No tenéis trabajo? —les pregunto mirando a uno y a otro de forma alterna.
—Lo tenemos —responde Nathan—. Por eso estamos aquí.
—Eso ha sonado casi profesional.
—Me esfuerzo en que así sea —no aclara James y luego nos mira a Mason y a mí—. ¿Cómo va la convivencia?
—Estupendamente —respondo.
—Sobrevivimos —dice Mason al mismo tiempo que yo.
—Dos respuestas distintas… Mucho más creíble de lo que esperaba —contesta Nathan con una sonrisa.
—No empieces —le advierte Mason.
—No he empezado. Solo he calentado por la banda…
—El pueblo está decepcionado, porque todavía no habéis tenido una pelea pública esta semana —nos cuenta James apoyando un pie en el escalón del porche.
—Danos tiempo —dice Mason.
—No ayudes —le aviso dándole un codazo y al verme James y Nathan se ríen.
A pesar de todo, la escena me resulta menos invasiva de lo que habría imaginado. Quizá porque estamos frente a la casa de mi abuelo o porque Nathan y James lo conocían o tal vez porque, por primera vez desde que he vuelto, no siento que todos estén intentando empujarme hacia una decisión.
—Necesito que revises estos límites —me dice Nathan entregándome unos papeles—. No hoy si no quieres, pero pronto. Hay detalles sobre el acceso al río que conviene aclarar antes de que el fideicomiso empiece a hacer preguntas.
—Claro —asiento con la cabeza revisando con la mirada los papeles que me entrega.
—Yo no me quedaría mucho más —nos dice James mirando el cielo.
Nosotros seguimos su mirada y vemos que las nubes se han acumulado sobre las montañas. Son oscuras y pesadas. El viento ha cambiado y ahora ya no mueve la hierba con suavidad, sino que la empuja.
—Tenemos que volver —anuncia Mason.
—Buena idea —dice Nathan—. Ese camino se convierte en una trampa con barro.
—Maravilloso —murmuro.
—Bienvenida a casa —me responde James con una sonrisa.
La lluvia empieza a caer con fuerza antes de que lleguemos al primer cruce. No cae poco a poco, porque Montana no tiene esa delicadeza. El cielo se abre de golpe y el agua cae sobre la camioneta con tanta fuerza que los limpiaparabrisas empiezan a moverse a una velocidad desesperada.
—No me gusta esto —dice Mason reduciendo la marcha.
—Cuando el cowboy profesional dice eso, la chica de Seattle se preocupa —bromeo impostando la voz.
—Hazlo.
—¿Preocuparme?
—Sí.
—Gracias por el permiso.
Un trueno retumba sobre el valle, el camino se estrecha entre dos laderas y el barro empieza a cubrir las rodadas. Mason conduce con las dos manos en el volante y atento al trazado del camino. La tormenta convierte el paisaje en manchas de agua, hierba y árboles sacudidos por el viento.
—¿Falta mucho? —le pregunto un poco asustada.
—A este ritmo, sí.
—No era la respuesta que buscaba.
—No tengo otra —me responde encogiéndose de hombros.
Unos minutos después llegamos a un tramo anegado. El agua baja por el camino formando una corriente sucia que atraviesa la pista. Mason detiene la camioneta, mira el terreno y después niega con la cabeza.
—No vamos a pasar por ahí —anuncia.
—¿Y eso significa...?
—Que no vamos a volver al rancho por este camino —me aclara.
—Genial —ironizo.
—Hay una cabaña de apoyo cerca —me indica.
—Por supuesto que la hay.
—Somos previsores.
—Sois gente con demasiada madera disponible.
Mason gira el volante y toma un desvío apenas visible.
El camino es estrecho, pero menos peligroso que el anterior.
La lluvia sigue golpeando con furia la camioneta, por lo que cuando por fin aparece la cabaña entre los árboles, siento una mezcla absurda de alivio y sospecha, porque ya conozco mi suerte.
La cabaña es pequeña, de madera oscura, con un porche estrecho y una chimenea de piedra en un lateral.
Mason aparca la camioneta lo más cerca posible de la pequeña caja y corremos desde la camioneta hasta la puerta bajo la lluvia.
Mason abre con una llave que encuentra en una caja metálica oculta bajo el alero.
—No preguntes.
—No pensaba hacerlo.
Cuando entramos en la cabaña ambos estamos empapados.
El interior huele a cerrado y a humedad, aunque al menos aquí dentro no llueve.
Hay una mesa, una cocina pequeña, una chimenea, mantas dobladas sobre un banco y una puerta entreabierta que da a un dormitorio.
Sigo la línea de visión hasta la cama y veo que solo hay una y, por lo visto, Mason lo ve al mismo tiempo que yo.
Me quito el pelo mojado de la cara y lo miro.
—Dime que hay otra.
—Hay un sofá.
Miro el sofá y veo que parece diseñado para castigar a una persona por los delitos que cometió en vidas pasadas, porque parece un potro de tortura.
—Eso no cuenta.
Mientras la tormenta golpea los cristales con más fuerza, Mason deja las llaves sobre la mesa y yo miro la cama otra vez y después a él. De repente, la cabaña me parece mucho más pequeña.
—Perfecto —murmuro—. Porque claramente este día necesitaba mejorar.