Capítulo 10
Lilly
La mañana después de besar a Mason en la cocina del Rancho, descubro que el café no tiene ningún poder real contra las malas decisiones.
Lo compruebo sentada a la mesa del desayuno, con una taza enorme entre las manos y la firme intención de comportarme como una mujer adulta que no ha pasado media noche recordando una boca que no debería importarle tanto.
La intención existe, pero el resultado es discutible.
Mason entra en la cocina con vaqueros, botas y una camisa remangada, como si hubiera dormido ocho horas, revisado media propiedad y encontrado la paz interior antes de las siete de la mañana.
Eso me irrita, pero no por él… Bueno, sí, por él también, pero sobre todo porque tengo la sensación de haber dormido dentro de una centrifugadora a tres mil revoluciones.
—Buenos días —me saluda mientras se acerca a la cafetera.
—Hola —le digo de forma escueta.
—¿Has dormido bien?
—Claro —le respondo mirándole por encima de mi taza.
—Mientes fatal.
—Qué curioso. Iba a decir lo mismo de ti.
Mason se sirve café sin responderme de inmediato y ese pequeño retraso me confirma que también ha pensado en el beso. ¡Bien! No soy la única idiota de esta casa.
Margaret entra justo entonces con su habitual elegancia impecable, con el pelo plateado recogido y una mirada que no necesita preguntar nada para enterarse de todo. Se detiene en la puerta un momento, mira a Mason, después a mí y luego sonríe con una calma que no augura nada bueno.
—Veo que seguís hablando.
Casi me atraganto.
—Nunca hemos dejado de hacerlo —le contesta su hijo.
—Eso es verdad —responde Margaret mientras se sirve café—. El problema es que a veces pasáis más tiempo discutiendo que hablando.
Mason baja la mirada hacia su taza y yo finjo estar ocupadísima untando mantequilla en una tostada. Margaret no comenta nada más, aunque eso la hace aún más peligrosa.
—¿Qué planes tenéis hoy? —pregunta, sentándose frente a nosotros.
—Tengo que revisar las parcelas del río —responde Mason—. Nathan necesita algunos datos para completar la documentación de las tierras.
—Entonces Lilly debería acompañarte —le responde Margaret mirándome.
—No hace falta —respondemos los dos a la vez.
Margaret bebe un sorbo de café.
—Qué curioso. Cuando dos personas responden lo mismo con tanta rapidez suele significar que precisamente hace falta.
—Margaret... —empiezo a decirle.
—Son tus tierras, Lilly. Conviene que sepas qué has heredado antes de decidir que no quieres nada de esto —me interrumpe.
Su frase no suena dura y por eso funciona, porque no intenta obligarme, solo pone la verdad sobre la mesa y me deja mirarla. Mason tampoco discute, maldito sea.
—Está bien —acepto, dejando la tostada en el plato—. Pero si esto acaba siendo una excursión emocional organizada por vuestra familia, pienso presentar una queja formal.
—Dásela a Nathan. Le encantan los documentos inútiles —me responde Margaret sonriente y Mason se ríe al escuchar lo que acaba de decir su madre.
Una hora después, la camioneta avanza por un camino de tierra que deja atrás los establos principales y se adentra en una zona del valle que conozco y no conozco al mismo tiempo.
Esa es una de las cosas más incómodas de volver a Wild River: todo parece familiar hasta que descubres que una parte de tu memoria ha embellecido las distancias, empequeñecido las casas o colocado recuerdos en lugares que ya no son exactamente iguales.
—No tienes que hacerme de guía turístico —le digo a Mason mientras miro por la ventanilla.
—No estaba haciendo nada —me responde mientras conduce con una mano sobre el volante.
—Estabas a punto.
—¿Tengo cara de guía turístico? —me pregunta sin apartar a mirada de la carretera.
—Tienes cara de hombre que sabe dónde acaba una valla antes de verla —le respondo mirándole de reojo.
—Eso no es turismo. Es trabajo.
—Es inquietante.
—También es útil —añade mirándome de reojo ahora él, por lo que yo aparto la vista rápido para que no me pille mirándole.
La camioneta pasa junto a una pradera amplia, donde varios caballos pastan cerca del río. Más allá se levantan colinas suaves, divididas por cercas de madera, justo en ese momento, Mason reduce la velocidad y señala una zona al otro lado del agua.
—El límite norte empieza allí, junto a ese grupo de álamos, ¿lo ves? —me indica señalándome con el dedo—. La parcela sigue el curso del río hasta la curva, luego sube hacia la colina y baja otra vez por el camino viejo.
—¿Todo eso era de mi abuelo?
—Sí.
La respuesta me deja callada, porque sabía que tenía tierras, pero lo sabía de forma abstracta, igual que una sabe que hay cajas en un trastero hasta que abre la puerta y descubre que el pasado ocupa mucho más espacio del que esperaba.
—Mi abuelo nunca me habló de números —le cuento.
—William no pensaba en estas tierras en números.
—¿Y tú sí? —le pregunto girándome para mirarle.
—A veces tengo que hacerlo. No significa que sea lo único que vea.
No hay reproche en su voz, pero aun así me toca algo incómodo.
Porque yo sí lo he acusado de mirar Wild River como un mapa lleno de propiedades, lindes y oportunidades.
Ahora, mientras lo escucho hablar del terreno con un conocimiento casi físico, empiezo a entender que quizá confundí control con pertenencia.
Un poco después, Mason aparca junto a una cerca próxima al río y bajamos. La hierba me roza las botas mientras caminamos hacia el agua. El viento mueve las ramas de los álamos y el río avanza con tranquilidad.
—Mi abuelo pescaba aquí —le cuento sin pensarlo.
—Lo sé.
—Aunque nunca pescaba nada —me rio.
—Eso también lo sé —me responde con una sonrisa y yo me sigo riendo.
—Volvía a casa diciendo que había estado a punto de capturar una trucha enorme.
—La trucha crecía con los años.
—Muchísimo —me vuelvo a reír y Mason apoya los antebrazos sobre la cerca—. Una vez me dijo que había perdido una tan grande que habría podido alimentar a todo el pueblo.
—Mentira absoluta.
—Naturalmente —le contesto sonriente, me acerco al poste y paso los dedos por la madera gastada—. La gente habla de él como si hubiera sido perfecto.
—No lo era.
La rapidez con que responde me hace mirarlo.
—Gracias.
—¿Por decir que tu abuelo no era perfecto?
—No, por no fingir.
Mason inclina un poco la cabeza.
—William era generoso, leal y muy cabezota. También era controlador, orgulloso y capaz de meterse donde nadie lo llamaba.
—Eso último lo heredó medio pueblo —añado divertida.
—Rose lo perfeccionó —me sigue la broma.
—Rose lo convirtió en arte —me rio y él también.
Hablar de mi abuelo así, sin convertirlo en una estatua, me alivia más de lo que pensaba. William era mi familia, mi refugio y también era el hombre que ha decidido complicarme la vida desde la tumba porque, al parecer, ni muerto ha aprendido a respetar mis planes.
—Estoy enfadada con él —admito.
—Te entiendo… —me responde sin moverse de donde está.
—Lo echo de menos y estoy enfadada. Las dos cosas a la vez.
—Tiene sentido.
—Eso es muy irritante.
—¿Que tenga sentido?
—No, que tú no intentes decirme cómo sentirme —le suelto cruzándome de brazos.
—Estoy aprendiendo —me responde girándose hacia mí para mirarme.
Su frase es sencilla, ni intenta conquistar nada y por eso se me queda dentro.
La casa de mi abuelo está al final de un camino estrecho, rodeada de álamos y hierba alta.
Cuando la veo, el estómago se me cierra de golpe.
Es más pequeña de lo que recordaba y tiene la pintura blanca gastada, el porche necesita arreglos y una de las contraventanas cuelga ligeramente torcida.
Durante años la imaginé intacta, congelada en la versión de mi infancia.
Pero las casas también envejecen, esperan y acusan las ausencias.
—Podemos dejarlo para otro día —me dice Mason.
—No —le respondo y me sorprende la firmeza de mi propia voz—. Quiero entrar.
Entramos en el porche y la madera cruje bajo nuestros pasos.
Saco la llave que Nathan me entregó y tardo dos intentos en encajarla en la cerradura.
Finalmente, la puerta se abre y el olor a cerrado, a polvo y a madera vieja me invade las fosas nasales.
Doy un paso y entro. La casa permanece casi igual que la recuerdo.
La mesa de la cocina sigue cubierta con el mantel de cuadros blanco y rojo.
El reloj del comedor continúa colgado en la pared y la mecedora de mi abuelo está junto a la ventana, orientada hacia el camino, como si todavía esperara verlo llegar con las botas llenas de tierra y una historia absurda para contarme.
—No tiró nada —murmuro.
—No era su especialidad.
La respuesta de Mason me arranca una sonrisa.
Voy hasta la estantería del salón, donde hay varias fotografías enmarcadas.
Una es de mis padres, otra de mi abuelo con un sombrero ridículo y otra mía con unos diez años, cubierta de barro hasta las rodillas y sonriendo como si hubiera ganado una guerra.
—Necesito la historia de esa foto —me dice Mason a media voz colocándose a mi lado.
—No la necesitas.
—Discrepo —insiste.
—Una vaca me empujó —le explico, porque sé que no se va a rendir hasta que se la cuente.
—¿Una vaca? —me pregunta mirándome.
—Era una vaca agresiva.
—Claro —asiente con la cabeza.
—Tenía mala intención —añado con convicción.
—Seguro que sí.
—No te rías —le digo, pero mi orden consigue justo lo contrario.
Mason se ríe con ganas y a mí me irrita lo mucho que me gusta oírlo reír.
Recorremos las habitaciones sin prisa. En la cocina encuentro una taza rota que mi abuelo se negaba a tirar porque decía que el asa todavía cumplía «funciones morales».
En el despacho encontramos mapas, recibos, lápices gastados y libretas llenas de anotaciones que solo él habría sabido descifrar.
Mason no toca nada sin pedirme permiso, ni se adelanta, ni hace comentarios vacíos. Solo está ahí y eso me ayuda mucho.