Casada con un cowboy (Cowboys de Wild River 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

No le respondo enseguida, porque por primera vez creo entenderla de verdad. Wild River abriga, pero también aprieta. Yo he vivido siempre dentro de ese abrazo y he aprendido a respirar en él, ella, en cambio, salió antes de dejar que la moldeara por completo.

—En Seattle soy Lilly Collins porque yo lo he decidido —continúa—. Aquí vuelvo a ser la nieta de William, la chica que se fue, la que debería quedarse, la que todos recuerdan, aunque yo haya cambiado.

—Porque has cambiado —le confirmo.

—¿Tú crees? —me pregunta mirándome a los ojos.

—Sí.

—Antes parecías pensar lo contrario.

—Antes me resultaba más cómodo pensarlo.

La sinceridad sale sin pedir permiso y Lilly no bromea, ni sonríe, solo me mira con atención.

—¿Por qué?

—Porque si pensaba que seguías siendo la misma, era más fácil seguir discutiendo contigo —le respondo mientras muevo el vaso entre las manos.

—Eso es muy razonable, pero también muy estúpido.

—Las dos cosas pueden ser ciertas.

—Porque lo son —me contesta y esta vez sí que sonríe y eso me impacta más que cualquiera de sus pullas.

—¿Y tú? —pregunta—. ¿Nunca quisiste otra vida?

Miro hacia la ventana y desde aquí veo las luces de los establos y la sombra oscura de los corrales.

—Alguna vez.

—¿Qué te hizo quedarte?

Podría darle una respuesta sencilla y decirle que el rancho, la familia, la responsabilidad…Pero esta noche no parece aceptar respuestas sencillas.

—Cuando murió mi padre, todo cambió. Thomas tenía su propia familia.

Mi madre intentaba sostener una casa que dependía de demasiada gente.

Los trabajadores necesitaban respuestas y el rancho no se detuvo para que nosotros pudiéramos recomponernos —le cuento y Lilly me escucha sin interrumpir—.

Al principio me quedé porque hacía falta.

—¿Y después?

—Después porque entendí que también quería quedarme.

—Siempre pensé que te habías quedado porque era lo más fácil —me dice, aunque su frase no suena acusadora sino honesta.

—No fue fácil.

—Ahora lo veo.

Esas tres palabras deberían tener poca importancia, pero no es así.

Durante años me ha visto como el Steele arrogante, el hombre del gran rancho y del apellido conocido, alguien que siempre tuvo un lugar asegurado en Wild River.

Y, si soy sincero, yo tampoco me esforcé mucho más con ella.

Para mí era la chica que se marchó, la que nunca miró atrás y la que parecía convencida de que quedarse aquí nunca sería suficiente.

—Creo que me equivoqué contigo —le confieso.

—Yo también me equivoqué contigo —me responde apoyando el vaso sobre la encimera.

No hace falta que sigamos hablando para entendernos.

Hay cosas que ya están ahí, entre nosotros, en todo lo que hemos asumido durante años sin molestarnos en comprobar si era cierto.

La cocina parece más pequeña de repente y yo doy un paso hacia ella, que no se mueve.

Sus dedos descansan sobre el borde de la encimera y mi mano queda cerca de la suya, lo bastante cerca para notar la tensión que se ha instalado entre los dos.

—Esto parece una mala idea —reconoce.

—Probablemente —asiento con la cabeza.

—Deberíamos ser más inteligentes.

—Definitivamente.

Pero no se mueve y yo tampoco. Levanto la mano despacio y le aparto un mechón de pelo de la mejilla. Lilly contiene el aliento, pero no se aparta. Sus ojos siguen fijos en los míos, abiertos, atentos y sin la coraza habitual.

—Lilly —susurro.

—¿Sí?

—Dime que pare…

Durante un segundo no ocurre nada, después niega con la cabeza una vez muy despacio y eso basta.

La beso, pero no como la primera vez, con el ansia torpe que nació junto al río y terminó empujándonos hacia una noche que ninguno supo controlar.

Ahora la beso despacio, con la mano apoyada en su cintura y la otra junto a su cara, dándole tiempo para apartarse si quiere, pero no lo hace.

Lilly me responde con una suavidad que me desarma.

Sus dedos se cierran en mi camisa, pero esta vez no hay rabia en el gesto, sino una aceptación lenta y consciente, que convierte el beso en algo mucho más peligroso, porque los dos sabemos lo que estamos haciendo y eso lo cambia todo.

Su boca se mueve contra la mía y durante unos segundos el mundo se reduce a ella: a su respiración, al calor de su cuerpo y a la forma en que se acerca un poco más cuando mi mano se afirma en su cintura. No hay nada que demostrar, ni nada que ganar, ni que fingir.

Cuando nos separamos, seguimos tan cerca que podría volver a besarla sin casi moverme y es lo que deseo hacer. Lilly baja la vista hacia mi pecho, donde sus dedos siguen agarrados a la tela y los suelta despacio.

—Bueno.

—Sí.

—Eso ha pasado.

—Definitivamente.

La risa que se le escapa es nerviosa y me encanta escucharla.

—Creo que debería subir a mi habitación.

La entiendo porque yo también necesito unos metros de distancia antes de hacer algo que complique todavía más una situación que ya roza lo imposible.

—Probablemente.

—Buenas noches, Mason.

—Que descanses, Lilly —le digo mientras la observo caminar hacia la puerta. Esta vez sí mira atrás solo un instante antes de marcharse, pero eso es suficiente para hundirme un poco más.

Cuando desaparece, me quedo en la cocina con las manos apoyadas en la encimera y el vaso de agua olvidado a mi lado. El Rancho Steele continúa ahí fuera, enorme, exigente, y familiar. Mi vida entera sigue donde siempre ha estado, pero algo ha cambiado.

Hace unos días, estar casado con Lilly Collins me parecía el mayor problema que podía tener. Ahora, en cambio, empiezo a sospechar que el verdadero problema no es estar casado con ella, sino tener que divorciarme cuando pasen estos seis meses.