Capítulo 9
Mason
El festival ha terminado, el pueblo ha dejado de aplaudir, Rose Callahan ha ganado otra batalla contra la voluntad ajena y Walter Jenkins ha perdido dinero apostando contra Lilly y contra mí, algo que probablemente le sentará peor que cualquier derrota política de los últimos treinta años.
Debería conducir hasta casa, aparcar, fingir que todo ha sido una jornada comunitaria normal y seguir adelante con la rutina de un hombre que tiene un rancho que dirigir.
El problema es que no consigo quitarme de la cabeza el baile, ni el ridículo concurso en el que hemos participado, ni la cinta azul que Lilly ha dejado sobre el salpicadero como si fuera una prueba judicial.
El baile… Buf. Su mano en mi hombro, su cuerpo cerca del mío, esa pregunta que me ha hecho al final con una seriedad que todavía me está dando vueltas en el pecho.
«¿Siempre has sido así?».
No sé qué ha querido decir exactamente, aunque tampoco estoy seguro de querer averiguarlo.
—Estás muy callado —me dice interrumpiendo la calma de la camioneta.
—Tú también.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Porque técnicamente tampoco has preguntado nada.
—Qué manera tan irritante de evitar una conversación —suelta girando la cabeza hacia mí.
—Tengo talento, ¿eh? —le respondo mirándola de reojo.
—Eso no era un cumplido.
—Lo tengo asumido —me encojo de hombros.
La carretera avanza entre los pastos oscuros del rancho.
A lo lejos se distinguen las luces de la casa principal, los establos y algunos focos encendidos cerca de los corrales.
El festival lo hemos dejado atrás, aunque no lo siento así del todo.
Todavía llevo encima el ruido, las risas y cómo he visto que Lilly se ha divertido a pesar de sí misma.
—Hemos sobrevivido —dice ella mirando por la ventanilla.
—Por poco.
—Rose parecía satisfecha.
—Rose siempre parece satisfecha cuando consigue manipular a alguien —le aclaro.
—Entonces debe vivir en un estado permanente de plenitud.
La risa se me escapa antes de poder controlarla y Lilly sonríe sin mirarme.
Es una sonrisa pequeña, pero la veo reflejada en el cristal de la ventanilla, aunque ese detalle consigue molestarme más que una discusión completa, porque me gusta verla relajada, un poco cansada y menos preparada para defenderse de todo.
—Walter va a exigir una revancha —añado.
—Walter debería haber aprendido a no apostar contra mí.
—No apostó contra ti, sino contra nosotros.
«Nosotros».
Esa palabra se queda dentro de la camioneta y por el retrovisor veo cómo Lilly se gira hacia mí despacio, aunque yo mantengo la vista en la carretera.
—No te emociones, Steele, solo era un concurso con herraduras y cuerdas.
—Un concurso que ganamos —le recuerdo.
—Porque Rose nos obligó a participar.
—Pero ganamos.
—Dios, eres imposible —resopla negando con la cabeza.
—Eso también nos ayudó.
Al escucharme, Lilly se ríe con ganas.
La carretera se estrecha antes de llegar a la entrada principal y reduzco la velocidad.
Durante unos segundos ninguno dice nada, aunque no me resulta incómodo.
Ese es el verdadero problema, porque hace una semana, cualquier silencio entre nosotros habría sido una excusa para buscar una pulla, una acusación o una salida, sin embargo, ahora parece descanso, algo peligroso.
—¿Crees que tu madre está despierta? —me pregunta Lilly al bajar de la camioneta antes de que pueda advertírselo y al ver que las luces del salón siguen encendidas.
—Seguro.
—¿Leyendo?
—Fingiendo leer.
—¿De verdad? —me pregunta sorprendida.
—Es una técnica que lleva años perfeccionándolo —me dice con una sonrisa.
Entramos por la puerta lateral ya antes de dar dos pasos hacia el pasillo, escuchamos la voz de mi madre desde el salón.
—Ya habéis vuelto.
—Qué precisión —. Lilly se detiene y me mira.
—Te lo dije —le respondo sonriendo.
Cuando entramos en el salón, encontramos a mi madre sentada en el sofá con un libro abierto sobre las rodillas y una expresión que no engañaría ni a un niño de ocho años.
Lleva una rebeca de color claro, el pelo plateado perfectamente peinado y una mirada propia de una mujer que escucha lo que no se dice.
—¿Qué tal el festival? —nos pregunta.
—Peligroso —responde Lilly antes que yo.
—Entonces ha ido bien —le responde mi madre cerrando el libro.
—Nos apuntaron a un concurso sin preguntarnos.
—¿Rose?
—¡La misma! —le confirmo.
—Ganamos —añade Lilly con una mezcla de orgullo y fastidio.
—¿Vosotros dos? —pregunta mi madre arqueando una ceja.
—No pongas esa cara, mamá.
—No estoy poniendo ninguna cara.
—Walter apostó contra nosotros —le cuenta Lilly al dejarse caer en un sillón con la cinta azul en la mano.
—Walter ha tenido días más inteligentes —digo yo.
—Y Bonnie estuvo a punto de llorar cuando bailamos —añade Lilly.
Mi madre me mira y tengo claro que ha entendido todo, especialmente lo que no hemos dicho.
—¿Bailasteis? —pregunta.
—Nos obligaron —le aclaro.
—Eso lo decimos mucho últimamente —murmura Lilly.
—Porque ocurre mucho últimamente —musito.
—Wild River tiene maneras muy eficaces de empujar a la gente hacia donde no quiere —responde mi madre con una serenidad que me inquieta.
—Eso ha sonado a amenaza—responde Lilly.
—Solo ha sido una observación —le aclara mi madre con una sonrisa.
—En esta casa las observaciones dan mucho miedo —le dice Lilly y mi madre se ríe al escucharla.
Justo después, veo cómo Lilly se relaja en el sillón y me sorprendo imaginándola aquí, en el salón de mi casa, hablando con mi madre y sosteniendo esa cinta azul como si siempre hubiera formado parte de esta familia. La idea me incomoda lo suficiente para obligarme a moverme.
—Voy a revisar unos informes antes de dormir.
—¿A estas horas? —me pregunta Lilly alzando la mirada hacia mí.
—Los informes no se revisan solos —le respondo encogiéndome de hombros.
—Qué vida tan apasionante —resopla.
—Intento no presumir.
—Lo haces fatal.
Mi madre nos observa con una expresión que no me gusta nada y me voy hacia mi despacho antes de que añada algo que empeore la noche.
Solo aguanto cuarenta minutos en mi despacho delante de los informes de entregas, permisos veterinarios y previsiones de transporte sin entender casi nada de lo que leo.
El problema no está en los números, sino en el salón o más exactamente, en la posibilidad de que Lilly esté despierta en algún lugar de la casa.
Estiro la espalda alzando los brazos rectos por encima de mi cabeza, cierro la carpeta y me levanto.
Me digo que necesito agua, la que es una explicación decente, práctica, adulta y muy adecuada para un hombre que dirige el Rancho Steele y no baja a la cocina con la esperanza absurda de encontrarse con su esposa accidental.
Cuando llego a la planta de abajo, me encuentro con que la cocina está iluminada por las lámparas que hay sobre la isla central y, por supuesto, Lilly está allí apoyada en la encimera, con un vaso entre las manos y la cinta azul del festival al lado de ella.
—Esto empieza a ser sospechoso —me dice al verme entrar en la cocina.
—Pensaba exactamente lo mismo —asiento con la cabeza.
—Podríamos establecer turnos.
—O pintar una línea en el suelo.
—No serviría de nada porque seguro que te la saltarías —me dice ella antes de dar otro sorbo a su vaso.
—Probablemente.
Me acerco a la nevera y saco una botella de agua, aunque no tengo sed, pero ahora ya es demasiado tarde para fingir con dignidad, así que lleno un vaso y me apoyo en la encimera frente a ella.
—¿No puedes dormir? —le pregunto.
—Tengo muchas cosas en la cabeza —me cuenta mirando el vaso que tiene entre las manos.
—Lo entiendo.
—¿Sí?
—Estoy casado contigo, atrapado en una cláusula testamentaria y mi madre parece encantada con todo este desastre.
—Buen resumen —me dice con una media sonrisa.
—Y eso que me he dejado fuera a Rose.
—Rose merece un capítulo aparte.
—Rose merece un expediente judicial.
—Nathan lo redactaría encantado —se ríe.
—Y nos cobraría por leerlo.
La risa de Lilly llena la cocina con una naturalidad que me deja quieto un segundo. Esta vez no digo nada ni la provoco. Solo la miro y siento que algo en mí se afloja de una forma incómoda y ella también lo nota, porque baja la vista.
—Ha sido raro lo de hoy —dice después de reírse.
—¿El concurso? —le pregunto.
—Todo.
—Eso abarca bastante —le contesto inclinando la cabeza.
—El festival, la gente, Rose empujándonos a todo, Eric apareciendo de la nada, tú fingiendo fatal que no estabas celoso.,,
—No estaba celoso —trato de convencerla.
Lilly levanta la mirada.
—Mason.
—No estaba celoso —repito tratando de resultar algo más creíble.
—Vale.
—No me crees.
—Ni una palabra —se ríe.
Bebo agua para ganar tiempo y ella parece disfrutarlo.
—Eric Dawson fue tu gran amor durante dos semanas y media. Recuerdo el dato —le suelto casi de carrerilla.
—Qué bien escuchas cuando quieres.
—Depende del tema —le contesto alzando una ceja.
—¿Y ese tema te interesaba?
—Me pareció una información relevante —le confirmo.
—Claro.
La conversación podría quedarse ahí, en el terreno seguro de las bromas. Quizá debería, pero la cocina está demasiado tranquila, la noche demasiado cerrada alrededor de la casa y Lilly demasiado cerca para seguir fingiendo que todo entre nosotros es una sucesión de discusiones sin importancia.
—¿Echas de menos Seattle? —le pregunto y al escucharme se le cambia el gesto de su cara a otro más serio.
—Sí —asiente con la cabeza.
—¿Mucho?
—A veces —me responde encogiéndose de hombros.
—¿Qué echas de menos?
Lilly se toma unos segundos antes de contestarme.
—La sensación de no deberle explicaciones a nadie.
No esperaba esa respuesta.
—¿Eso es lo que te daba Seattle?
—En parte. Allí nadie sabe quién era de adolescente, ni por qué me fui, ni qué esperaba mi abuelo de mí. Tampoco nadie me mira como si conociera una versión mejor de mi vida.
—Aquí la gente te quiere.
—Lo sé.
—Lo dices como si fuera un problema.
—Porque a veces lo es.