Capítulo 8 #2
—Entonces te alegrará saber que Eric fue mi gran amor durante dos semanas en tercero de instituto.
—¿Dos semanas? —me pregunta con la expresión algo más tensa.
—Dos semanas y media.
—Vaya —. Chasquea la lengua
—Fue intenso —ironizo.
—Me lo imagino.
—Nos cogimos de la mano en el baile de otoño.
—Sin duda, una historia apasionante —ironiza él ahora.
—Casi escandalosa —le sigo el juego.
—Debería retarle a un duelo.
—Con herraduras. Para no salirnos del ambiente.
La comisura de su boca tiembla un poco y, al final, se rinde y sonríe y yo también. La victoria debería saberme mejor, pero lo cierto es que me gusta verlo así. Molesto y quizá también un poco celoso.
—No pongas esa cara —me dice mirándome de reojo.
—¿Cuál?
—La de estar disfrutando.
—Porque lo estoy haciendo.
—Al menos lo admites.
—Solo porque tú no lo haces.
Antes de que pueda responder, Rose aparece con una tablilla y una sonrisa que me hace sospechar de inmediato.
—Perfecto. Os estaba buscando.
—No —decimos Mason y yo al mismo tiempo.
Rose nos entrega un papel sin hacernos caso.
—Concurso por parejas.
—No —repito yo.
—Ya estáis inscritos.
—No puedes seguir apuntándonos a cosas sin consultarnos antes —le digo.
—Puedo y acabo de hacerlo.
—Herraduras, carrera de sacos y prueba de coordinación —. Mason lee el papel por encima de mi hombro.
—Prueba de humillación pública, querrás decir —añado.
—Eso no lo pone —me corrige Rose.
—Pero está implícito —le contesto encogiéndome de hombros.
—He apostado a que ganáis —anuncia Bonnie que aparece detrás de Rose.
—Pero, Bonnie —digo chasqueando la lengua.
—Bueno, he apostado a que no os matáis antes de llegar a la final.
—Eso es mucho más realista —murmura Mason.
Walter, que está sentado cerca de donde estamos con un vaso de limonada, levanta la vista.
—Yo he apostado a que discutís antes de la segunda prueba.
—Walter tiene buen juicio —digo.
—Walter va a perder —responde Mason.
—¿Perdona? —pregunto mirando a Mason.
—Vamos a ganar —suelta con gesto chulesco.
—¿Ahora quieres participar?
—Ahora quiero que Walter pierda dinero.
—Qué noble motivación.
—Gracias.
Cinco minutos después estamos en una pista junto al escenario, rodeados de vecinos que parecen haber decidido que vernos competir es el gran acontecimiento del festival.
La primera prueba es lanzar herraduras, aunque mi primer lanzamiento no se acerca ni remotamente al objetivo.
—Interesante —dice Mason mirando al punto donde ha caído.
—No analices —le ordeno.
—Solo intento encontrar una explicación. Seguro que la herradura era defectuosa —me explica.
—Claro —me defiendo.
—Tenía mala energía.
—Seguro. Lanza tú ahora, vaquero.
Mason toma una herradura con una seguridad insultante. Apunta lanza y… falla. La herradura rebota en el suelo y termina a una distancia muy poco digna del poste. Durante un segundo nadie dice nada, pero luego estallo en carcajadas.
—Mala suerte, ¿no? —le suelto sin poder evitar la risa.
—Ha sido el sol —trata de defenderse.
—Claro —ironizo.
—Me ha deslumbrado.
—El sol está a tu espalda —le aclaro.
—Eso es solo un detalle sin importancia...
La segunda prueba nos obliga a correr con las piernas atadas por una cuerda. Una idea que solo puede haber nacido en un comité municipal sin supervisión adulta.
—Si caemos, te echaré la culpa —le advierto mientras Hank nos ata.
—Si caemos será porque no sigues el ritmo —me responde Mason mientras observa la cuerda.
—¿Qué no seguiré el ritmo?
—Tus piernas son más cortas.
—Qué observación tan encantadora.
—Solo intentaba ser práctico.
—Pues inténtalo menos.
La señal de salida suena y, contra todo pronóstico, avanzamos. Mal al principio, pero mejoramos después. Mason cuenta en voz baja, yo ajusto el paso y cuando dejamos de discutir durante cinco segundos, funcionamos. Sin embargo, he de reconocer que eso me molesta bastante.
—Izquierda —me ordena.
—Ya voy.
—Ahora derecha.
—No me des órdenes.
—Entonces no pises donde no toca.
—No estoy pisando donde no toca.
Finalmente, llegamos a la meta sin caernos y la gente que hay en la plaza nos aplaude, Rose grita algo que prefiero no escuchar, Bonnie parece emocionada y Walter decepcionado.
—No ha estado mal —le digo sin aliento a Mason.
—Hemos sobrevivido —me responde riendo.
—En nuestro caso eso es casi haber ganado.
—No te emociones.
La última prueba consiste en trasladar pequeñas cajas de un lado a otro sin usar las manos, solo apoyándolas entre nuestros cuerpos. La explicación ya es horrible, pero la ejecución es aún peor.
La primera caja queda atrapada entre mi pecho y el suyo. Mason baja la vista, aunque luego la sube inmediatamente.
—No digas nada —le ordeno.
—No pensaba hacerlo.
—Mientes fatal.
—Esta vez no.
La proximidad vuelve a instalarse entre nosotros con una facilidad peligrosa. Avanzamos despacio. Su mano se mantiene en el aire, cerca de mi cintura, pero sin tocarme. Sin embargo, esa contención me altera más que si lo hiciera.
—A la izquierda —murmura.
—Si volvemos a sobrevivir a esto, Rose debería pagarnos una indemnización.
—Nathan redactaría el contrato, aunque nos cobraría una fortuna por hacerlo.
—Cierto.
Nos reímos justo antes de llegar a la meta, pero acabamos ganando por muy poco. El pueblo aplaude como si hubiéramos salvado el festival de una catástrofe natural y Rose nos entrega una cinta azul.
—Sabía que podíais hacerlo.
—Nos has obligado —le recuerdo.
—Eso solo es un detallito sin importancia —se defiende Rose.
—Ha sido precioso —reconoce Bonnie abanicándose con la mano.
—Solo ha sido una carrera con las piernas atadas —le recuerdo.
—Llámalo como quieras.
—Walter nos debe dinero —dice Mason mirando la cinta.
—Eso es lo único que te importa —le suelto.
—No, también me importa haber ganado —me aclara.
—Qué profundo.
—Me esfuerzo.
Las luces del festival se encienden cuando empieza la música junto al escenario y varias parejas ocupan la pista despejada frente a los músicos. El ambiente se vuelve menos bullicioso y más íntimo. Yo intento alejarme de la pista de baile, aunque Rose aparece antes de que pueda escapar.
—No, no —me suelta Rose negando con la cabeza.
—Ni siquiera he dicho nada.
—No hace falta —me responde con una sonrisa—. La canción es buena.
—Seguro que alguien la bailará.
—Vosotros.
—Nos obligaste a competir —. Mason suspira a mi lado.
—Y habéis ganado.
—Eso no es un argumento —le recuerda él.
—Claro que sí —añade Rose que sigue en sus trece.
La gente ya nos está mirando, porque los habitantes de Wild River poseen un talento especial para detectar el espectáculo ajeno. Mason me ofrece la mano y aunque podría decir que no, es más, debería hacerlo, acabo aceptando.
—Una canción —le advierto.
—Una canción —me confirma él.
—Sin darme ningún pisotón.
—Haré lo que pueda —me informa encogiéndose de hombros.
—Eso no es muy tranquilizador —resoplo.
Nos unimos a las parejas que bailan frente al escenario. Esta vez no hay whisky ni apuestas absurdas de por medio como la noche del desastre. Ahora solo está Mason, su mano en mi cintura, la mía sobre su hombro y una canción lenta que vuelve todo mucho más complicado.
—Estás muy seria —me dice a media voz.
—Estoy concentrada para no provocar otro desastre...
—Bailar no suele acabar en matrimonio.
—Con nosotros las estadísticas son alarmantes.
Su risa consigue que me olvide de discutir durante unos segundos.
Bailamos sin prisa y por primera vez no siento que todo el pueblo nos esté mirando, aunque probablemente lo haga.
Pero prefiero concentrarme en el movimiento, en la seguridad tranquila con la que Mason me guía y en cómo no intenta imponer el ritmo sino adaptarlo al mío.
Ese detalle no debería importarme, pero lo hace.
—Hoy te has divertido —dice.
—No exageres.
—Te he oído reír.
—Eso no prueba nada.
—Prueba bastante.
—Puede que me haya divertido un poco.
—Esa es una confesión.
—No la uses en mi contra.
—No prometo nada.
Levanto la vista y encuentro con que está mirándome de una forma que ya no sé clasificar, porque no es igual a la tensión que me provocó el beso que nos dimos junto al río, ni el enfado que me provocan nuestras discusiones. Es algo más tranquilo y por eso mismo más difícil de esquivar.
—¿Siempre has sido así? —pregunto antes de poder frenarlo.
—¿Así cómo?
No sé responder enseguida, porque no estoy segura de qué quiero decir.
—No lo sé.
—Eso ha sonado mal.
—Lo es un poco.
La canción termina, pero tardamos un momento en separarnos.
Suficiente para que Rose sonría desde lejos y Bonnie parezca estar componiendo mentalmente una dedicatoria para una de las novelas que vende en su librería.
Me aparto antes de que el momento se vuelva más grande de lo que puedo manejar y Mason me suelta sin bromear.
Eso lo empeora, porque una parte de mí habría preferido que dijera cualquier pulla o algo que me permitiera volver a enfadarme.
En lugar de eso, me mira como si también hubiera notado el cambio.
Camino hacia un extremo de la plaza con la cinta azul todavía en la mano. El festival sigue a mi alrededor, vivo, ruidoso y familiar. Mason se queda hablando con Thomas junto al escenario, pero su presencia continúa conmigo de una forma que no sé explicar.
Durante años he pensado que Mason Steele era el mismo hombre de siempre.
El chico que discutía conmigo, el Steele arrogante, el hombre que representaba todo aquello de lo que quise alejarme.
Sin embargo, ahora no estoy tan segura. Quizá Mason ha cambiado, porque el tiempo ha hecho algo con él que yo no esperaba o tal vez el verdadero problema es que fui yo quien nunca me di la oportunidad de conocerlo de verdad.