Capítulo 8
Lilly
Hoy empieza el festival de verano de Wild River y eso se nota en las calles del pueblo.
La plaza principal está llena de puestos de comida, mesas de madera, banderines colgados entre farolas, niños corriendo con las rodillas manchadas de tierra y vecinos que se comportan como si ver a medio pueblo reunido bajo un cielo limpio fuera una razón suficiente para olvidar cualquier problema serio.
Hay música junto al pequeño escenario, olor a carne asada, tartas caseras, limonada fría y la energía propia Wild River cuando decide celebrar algo y te arrastra quieras o no, aunque hayas dicho que no vas a participar.
Mason camina a mi lado con una expresión de resignación en la cara muy parecida a la mía.
—Todavía podemos fingir una urgencia médica y salir corriendo de aquí —murmuro mientras avanzamos por la calle principal.
Él mira hacia el puesto donde Rose Callahan está colocando servilletas con la concentración de una general antes de una batalla.
—Rose sabría que mentimos —susurra para que no le oiga Rose.
—Podemos decir que es una urgencia íntima.
—Rose sabría que mentimos y además nos haría preguntas.
—Retiro la propuesta.
Mason suelta una risa baja y odio reconocer lo mucho que me gusta.
Desde que hemos salido del Rancho Steele he intentado mantener una distancia razonable entre nosotros, pero la gente del pueblo no parece respetar esa clase de esfuerzos.
Al tercer saludo, una mujer me ha cogido del brazo para felicitarnos.
Al quinto, alguien ha dicho que hacíamos una pareja preciosa.
Al séptimo, Mason me ha ofrecido su brazo con la expresión de «si vamos a morir, mejor hacerlo con cierta dignidad» y yo lo he aceptado, porque discutir en mitad de la calle y rodeados de vecinos habría alimentado los rumores todavía más.
La decisión ha sido práctica, nada más, o eso intento repetirme.
—Lilly, cariño.
Rose aparece delante de nosotros antes de que consiga encontrar una ruta de escape entre el puesto de miel artesanal y la mesa de rifas benéficas para reparar el escenario del ayuntamiento.
—Hola, Rose —responde él con prudencia.
Ella nos mira de arriba abajo y sonríe con satisfacción.
—Qué bien estáis juntos.
—No empezamos bien —le responde Mason.
—Yo no he empezado nada —insiste ella.
Bonnie Harper surge detrás de Rose con dos vasos de limonada.
—Yo sí pienso empezar. Estáis monísimos —dice con una sonrisa de oreja a oreja.
—Bonnie… —la advierto.
—¿Qué? He dicho monísimos, no totalmente enamorados.
Mason tose y yo le quito uno de los vasos a Bonnie, porque necesito hacer algo con las manos que no sea estrangularla.
—Qué moderada —añade Mason.
—Estoy trabajando en mí misma —asiente ella sin dejar de sonreír.
Walter Jenkins pasa por nuestro lado con un plato lleno de costillas y una mirada de desaprobación general.
—Hacéis mucho ruido para no querer llamar la atención.
—Buenos días, Walter —le saluda Mason.
—Son casi las doce —puntualiza.
—Entonces buenas casi tardes —le responde Mason.
—Eso no existe.
Walter se marcha gruñendo algo sobre la juventud.
Teniendo en cuenta que Mason y yo sumamos suficientes años para tomar decisiones lamentables con conocimiento de causa, supongo que su concepto de juventud es flexible.
Justo en ese momento, Hank Miller aparece corriendo desde el otro extremo de la plaza con una carpeta bajo el brazo y el sombrero ladeado.
—¡Rose! ¡Tenemos un pequeño problema con los premios! —grita Hank mientras aparece entre la multitud con una carpeta bajo el brazo.
Rose se vuelve hacia él y suspira.
—Define pequeño.
—Bueno... —. Hank se rasca la nuca.
—Hank —. Rose estrecha los ojos.
—Depende de cuánto aprecies las cintas azules.
Bonnie se tapa la boca para no reírse.
—¿Dónde están? —pregunta Rose.
—En mi coche —. Hank señala hacia el aparcamiento.
—¿Y tu coche? —insiste Rose.
—Esa es la parte problemática —. Hank mira a su alrededor.
Bonnie se ríe, Mason se pasa una mano por la mandíbula para ocultar una sonrisa y yo intento no reírme, aunque fracaso un poco.
Wild River es absurdo, invasivo y capaz de convertir la pérdida de unas cintas en un drama municipal, pero también es un lugar lleno de vida.
—No pongas esa cara —dice Mason mientras Rose arrastra a Hank hacia el aparcamiento.
—¿Qué cara? —le pregunto.
—La de alguien que está a punto de admitir que le gusta esto.
—No sé de qué hablas —disimulo.
—Mientes fatal.
—Empiezo a odiar que digas eso —admito.
—Pues yo empiezo a disfrutarlo.
Le dedico una mirada que debería ser ofensiva, aunque él parece disfrutarla. Lo cual demuestra que, como sistema de defensa, mi mirada ha perdido eficacia.
Nos separamos unos minutos después, porque Mason tiene que hablar con su hermano Thomas, que es el director de operaciones del rancho, junto al puesto del Rancho Steele y yo aprovecho para comprar limonada en un intento de parecer una mujer normal que no está casada accidentalmente, atrapada por una cláusula testamentaria, ni pendiente de cómo su marido provisional sonríe cuando cree que nadie lo mira.
—No me lo puedo creer.
Escucho que alguien dice a mi espalda y me giro para saber quién es. Durante un momento me cuesta ubicarlo. Después su sonrisa, sus ojos azules y la seguridad despreocupada que muestra encajan con un recuerdo del instituto.
—Eric Dawson —digo sorprendida.
—Lilly Collins —me responde con una sonrisa.
Nos abrazamos con la naturalidad de dos personas que compartieron pupitre, bailes de verano y un coqueteo adolescente tan breve como dramático.
—Estás muy cambiada —dice Eric al apartarse.
—Eso significa que antes estaba fatal.
—Para nada, solo significa que Seattle te ha sentado bien.
—Mucho mejor.
—Siempre supe que acabarías en una ciudad grande.
—Eso es mentira. A los diecisiete decías que acabaría dirigiendo el café de Rose, porque nadie más se atrevía a llevarle la contraria —le corrijo.
Eric se ríe y se mete las manos en los bolsillos.
—También habría sido una opción sólida.
—Probablemente mejor pagada emocionalmente que mi trabajo actual.
—¿Sigues en marketing?
—Sí, ya sabes… Campañas, presupuestos, clientes que creen que «viral» es algo que se puede pedir en un correo con asunto urgente… —me río al acabar de hablar.
—Suena terrible.
—Lo es, pero me gusta bastante —le explico encogiéndome de hombros.
Eric ladea la cabeza y me observa de una manera que, por suerte, no me resulta incómoda.
Es agradable hablar con alguien que recuerda una versión de mí menos complicada, aunque esa versión llevara hierros en los dientes, botas horribles y una seguridad en opiniones que apenas había tenido tiempo de formar.
—Siento lo de tu abuelo.
La frase cambia algo, pero no lo rompe.
—Gracias.
—Era uno de los buenos.
—Sí.
Eric asiente mirando hacia la plaza.
—Me alegra que hayas vuelto, aunque sea por una razón horrible.
—No he vuelto exactamente —le aclaro poniéndome un mechón detrás de la oreja,
—Ya. Eso dicen todos al principio.
—No empieces tú también.
—Solo digo que este pueblo tiene formas extrañas de hacer que la gente regrese.
—Más bien de secuestrarla... —bromeo.
—Eso también.
Nos reímos y, por primera vez en horas, tengo la sensación de que la conversación es fácil, sin tensión encubierta, ni un anillo que pese demasiado en mi mano.
—Creo que tu marido está intentando decidir si me odia —me dice Eric mirando lo que tengo a mi espalda y su sonrisa cambia.
El cuerpo se me tensa antes de que mi cerebro pueda fingir indiferencia.
—Mason no está intentando nada.
—Está justo detrás de ti con cara de propietario de terreno invadido.
—Qué frase tan desafortunada en esta familia —le digo con una sonrisa.
Me giro y veo que Mason está junto al puesto del rancho con su hermano Thomas a su lado.
En teoría escucha lo que Thomas le cuenta, pero en la práctica mira hacia nosotros con una concentración que no tiene nada que ver con ganado, proveedores ni problemas logísticos.
Cuando nuestros ojos se cruzan, él aparta la mirada.
—Sigue siendo pésimo fingiendo —me dice Eric inclinándose un poco hacia mí.
—¿Perdona?
—Antes también lo era.
—¿Antes?
—En el instituto, cuando fingía que no le importaba que bailaras con otros.
—Eso no pasó —. Me giro hacia Eric con rapidez.
—¿Lo de que bailaras con otros o lo de que le importara?
—Lo segundo.
Eric sonríe con una paciencia irritante.
—Lilly, medio pueblo lo sabía —me explica.
—Medio pueblo cree saber muchas cosas.
—También es verdad —asiente con la cabeza.
—Mason y yo no éramos nada —le aclaro.
—Eso era justo lo que lo hacía tan entretenido.
Lo miro sin decir nada y Eric levanta las manos en señal de rendición.
—Vale, vale. No he dicho nada —se ríe.
—Has dicho bastante.
—Soy un hombre sincero.
—Eres un hombre con un instinto de supervivencia defectuoso.
—Probablemente —se vuelve a reír y yo le sigo.
Eric se despide poco después, porque debe ayudar en el puesto de su familia, y yo regreso hacia Mason con una pregunta dando vueltas en mi cabeza.
—¿Todo bien con tu amigo? —me pregunta Mason, que sigue fingiendo interés por las cajas del Rancho Steele.
—Eric.
—Sé cómo se llama.
—¡Qué memoria!
—El pueblo es pequeño.
—Claro, eso explica que lo miraras como si hubiera intentado robarte un caballo.
Thomas, que hasta ese momento había permanecido junto a nosotros revisando el papel que tiene entre las manos, suelta una tos sospechosa y decide que existe una emergencia en el otro extremo del puesto.
—No lo miraba así.
—Ah, ¿no? Y entonces, ¿cómo lo mirabas? —insisto.
—Normal.
—Mason, estás celoso.
—No, para nada —niega con la cabeza.
—Has usado el mismo tono que utiliza Walter cuando niega que le gusten las tartas de Rose.
—Eso es ofensivo.
—Para Walter, quizá.
Mason se cruza de brazos y eso me confirma que he dado en el clavo.
—No me importa con quién hables —disimula.
—Qué frase tan madura.
—Es la verdad —añade alzando una ceja.
—Seguro…
—No estaba celoso.