Capítulo 7
Mason
A las seis y cuarto de la mañana ya he revisado dos informes, hablado con tres capataces y recorrido media propiedad y a las seis y veinte sigo pensando en Lilly Collins, algo que considero una falta grave de profesionalidad por mi parte.
El Rancho Steele funciona gracias a las rutinas.
Los caballos necesitan horarios, los trabajadores necesitan instrucciones, los proveedores necesitan respuestas y el ganado tiene la irritante costumbre de seguir necesitando atención, incluso cuando tu vida personal acaba de convertirse en una comedia escrita por alguien con muy mala leche.
Normalmente el trabajo siempre me ayuda a mantenerme centrado, pero hoy no.
Porque en cuanto termino una tarea Lilly aparece de nuevo en mi cabeza discutiendo con Nathan, sentada frente a mí en el desayuno intentando fingir que tiene todo bajo control, observando el rancho desde la ventana de su habitación… Lilly está en todos lados.
—Jefe —. La voz de Ben Cooper me devuelve al presente.
—¿Qué pasa?
—Te he preguntado dos veces por los corrales del norte.
—Perdona.
—¿Seguro que sigues aquí? —me pregunta Ben arqueando una ceja.
—Depende del momento.
—Mala señal —dice ajustándose el sombrero.
—Lo sé.
—¿Cómo lleva Lilly todo esto? —quiere saber apoyándose contra la cerca.
—¿Desde cuándo te interesa mi vida privada?
—Desde que todo el pueblo lleva hablando de ella dos días.
—Fantástico.
—Tampoco ayuda que Bonnie haya convertido vuestra boda en el entretenimiento oficial de Wild River —me cuenta con una sonrisa.
—Bonnie debería tener prohibido acercarse a cualquier información.
—Llegas unos veinte años tarde para eso.
Resoplo, Ben se ríe y yo vuelvo a centrarme en el trabajo porque es la única estrategia de supervivencia que conozco.
Al menos durante los siguientes diez minutos, porque después levanto la vista hacia la casa principal y la veo caminando junto a mi madre por uno de los senderos interiores del rancho.
Las dos hablan mientras avanzan despacio entre los jardines.
Mi madre gesticula, Lilly escucha y luego responde algo que provoca una carcajada en Margaret.
Me quedo observándolas durante un buen rato.
—Ahí está el problema —dice Ben sin ni siquiera intentar disimular.
—¿Qué problema?
—Ese.
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes.
—Vuelve al trabajo —le suelto.
—Ya estoy trabajando.
—Lárgate —le ordeno con una sonrisa.
—Con mucho gusto —. Se aleja riéndose.
Yo vuelvo a mirar a Lilly desde donde estoy y eso es precisamente lo que me preocupa, porque Lilly encaja aquí y no debería hacerlo.
Después de diez años fuera, debería parecer una visitante o una desconocida que está aquí de paso.
Sin embargo, mientras la observo caminar por el rancho junto a mi madre, resulta fácil imaginar que nunca se marchó.
Media hora después, mientras reviso una documentación en la oficina principal, alguien llama a la puerta.
—Adelante.
—Tenemos un problema —dice Tom Evans asomando la cabeza.
—Eso suele ser una introducción horrible.
—No es grave.
—Eso suele significar que sí lo es —resoplo.
Tom entra con una carpeta bajo el brazo y cara de frustración.
—Han cambiado la fecha de la inspección veterinaria.
—¿Otra vez? —le pregunto mirándole a la cara.
—Otra vez —asiente con la cabeza.
—Perfecto —ironizo.
—También hay que reorganizar el transporte de los caballos.
—Vamos a verlo —le digo levantándome de la silla.
Salimos al exterior y Tom empieza a explicarme horarios, camiones y permisos mientras caminamos hacia uno de los establos.
Es un problema administrativo y aburrido.
Exactamente el tipo de problema que debería ocupar toda mi atención, aunque no lo consigue, porque cuando doblamos una esquina veo a Lilly hablando con dos trabajadoras junto a un tablón de anuncios.
No parece perdida, ni incómoda, sino interesada.
Tom sigue hablándome y yo intento escuchar, pero fracaso.
—¿Me estás escuchando? —me pregunta Tom.
—Sí —miento.
—Acabo de preguntarte si prefieres mover la salida al jueves o al viernes.
—Al jueves.
—Era una pregunta trampa —me dice Tom poniendo los brazos en jarras.
—¿Qué?
—Sabía que no estabas escuchando.
—Tom.
—Está justo detrás de mí, ¿verdad?
—Déjalo —le ordeno.
—No pienso hacerlo.
En ese momento Lilly se acerca y, para mi desgracia, viene acompañada por una de las responsables administrativas del rancho, que al verme parece aliviada.
—Menos mal que te encuentro —me dice la administrativa.
—Eso nunca es buena señal —le respondo.
—Tenemos un problema con los turnos de recepción para el festival.
—Pensaba que ese tema estaba resuelto.
—Yo también.
—Pues no lo está —. Lilly señala la hoja que lleva en la mano.
—¿Y tú cómo lo sabes? —le pregunto mirándola ahora a ella.
—Porque he estado ayudando a revisar la organización.
Tom me observa con expresión divertida, pero yo lo ignoro.
—¿Ayudando? —inquiero arqueando las cejas.
—¿Te molesta?
—No, me sorprende —le respondo negando con la cabeza.
—Hay diferencia.
La hay y bastante, porque Lilly está señalando errores que nadie había detectado: conflictos de horarios, duplicidades, personas asignadas a dos tareas distintas al mismo tiempo. Es decir, pequeños detalles que alguien con experiencia organizativa encuentra en pocos minutos.
—Esto también está mal —añade Lilly señalando otra línea—. Y esto.
—Vaya —resoplo.
—Tiene razón —afirma Tom estudiando el papel.
—Sí.
—¿Lo sabías?
—Acabo de verlo.
—Claro.
Lilly intenta ocultar una sonrisa, pero fracasa y yo descubro una faceta de ella que nunca había visto: la profesional, la de la mujer que trabaja en una gran ciudad y soluciona problemas porque está acostumbrada a hacerlo.
Esa observación me resulta incómodamente atractiva, algo que tampoco ayuda en absoluto.
El encuentro privado ocurre al final de la tarde por accidente o eso me digo para sentirme mejor conmigo mismo.
Estoy revisando una cerca próxima al río cuando encuentro a Lilly sentada sobre un tronco caído observando el agua. No parece haberme oído llegar, porque tiene una expresión mucho más tranquila que la que luce desde que regresó a Wild River.
—Pensaba que los habitantes de Seattle odiabais la naturaleza.
—Pensaba que los habitantes de Montana no podían pasar cinco minutos sin burlarse de alguien —dice levantando la cabeza para mirarme.
—Tienes un argumento sólido.
Sonríe y por primera vez desde que empezó este desastre hablamos sin discutir. No sé muy bien cómo sucede, simplemente ocurre.
—¿Vienes mucho aquí?
Su pregunta me sorprende.
—Desde niño.
—Tu abuelo también venía.
—Sí, a veces había venido con él aquí a pescar.
—Le echas de menos.
No es una pregunta y supongo que por eso ella tarda unos segundos en responder.
—Más de lo que esperaba.
No digo nada no porque no tenga respuesta, sino porque considero que esta vez no la necesita y eso cambia algo entre nosotros. Algo pequeño, pero importante. Justo en ese momento suena mi teléfono. Es Rose Callahan, algo que nunca es una buena señal.
—No contestes —me dice Lilly.
—Me encontrará igualmente —le respondo negando con la cabeza, acepto la llamada y pongo el manos libres para que ella también pueda escuchar lo que sea que tenga que decirme.
—Rose.
—¿Qué tal Mason? ¿Y Lilly?
—¿Qué quieres?
—Hablarte del festival de verano.
—No.
—Sí, Mason.
—No voy a ir.
—Claro que vas a ir —insiste ella.
—Yo tampoco voy —interviene Lilly acercándose al teléfono.
—Magnífico —. Rose parece encantada—. Así podréis ir juntos.
—No vamos a ir juntos —insiste Lilly.
—Claro que sí.
—No puedes obligarnos —añado yo.
—Cariño, llevo cuarenta años organizando eventos en este pueblo. Créeme cuando te digo que sí puedo.
La llamada termina antes de que ninguno de los dos pueda protestar otra vez.
—La odio un poco —afirma Lilly.
—Eso es imposible.
—Tienes razón.
—Rose es inmune al odio.
—Es una habilidad preocupante.
Durante unos segundos ninguno se mueve mientras el agua en el río sigue avanzando entre las piedras junto a nosotros y el viento agita suavemente las ramas de los árboles. La situación no resulta incómoda y eso es lo peor, porque empiezo a acostumbrarme a su compañía.
—¿Te gustaba vivir en Seattle? —le pregunto antes de que pueda detener las palabras en mi garganta.
—Mucho —me responde observándome con cierta sorpresa.
—Esa no parece una respuesta completa.
—Me gustaba que nadie supiera quién era —me confiesa bajando la vista hacia el agua.
—Eso es extraño.
—¿Por qué?
—Porque aquí todo el mundo te quería.
Ella deja escapar una risa breve.
—Ese es precisamente el problema.
No le respondo, porque entiendo lo que quiere decir. Wild River puede ser acogedor, pero también asfixiante, sobre todo para alguien que lleva años intentando construir una vida propia lejos de aquí.
—¿Y tú?
Ahora es ella quien pregunta.
—¿Qué pasa conmigo?
—Nunca te marchaste.
—No.
—¿Nunca quisiste hacerlo?
La pregunta me obliga a pensarlo, porque hace años que no me la formulo.
—Alguna vez —admito.
—¿Y?
—Siempre terminaba encontrando una razón para quedarme.
—Qué romántico.
—No, para nada.
—Ya me lo imaginaba.
Su sonrisa vuelve a aparecer y me doy cuenta de que estoy disfrutando de esta conversación con ella sin esperar el momento en que acabará convirtiéndose en una discusión. Eso debería preocuparme muchísimo.
La cena transcurre con relativa normalidad. Lo cual, en esta casa, significa que mi madre controla la conversación con la eficacia de un general veterano, mientras Cole, que está instalado en casa durante unos días, intenta provocar a todo el mundo por puro entretenimiento.
—¿Ya os he dicho que vais a ganar el premio al matrimonio más rápido de la historia del condado? —pregunta Cole sirviéndose otra ración de patatas.
—Sí —le respondo.
—Tres veces —le contesto.
—Cuatro —me corrige Lilly.
—Me gusta insistir —nos confirma Cole.
—Lo sabemos —le contesto.
—Come y calla —me dice mi madre lanzándome una mirada asesina.
—Esa frase resume toda mi infancia —digo yo.
—Y no funcionó —responde Cole sonriente y yo también sonrío. Incluso Lilly parece divertirse y ahí aparece otro problema, porque verla reír me resulta demasiado agradable.
Más tarde, cuando la casa empieza a quedarse tranquila, bajo a la cocina en busca de un café, porque llevo veinte minutos intentando leer unos informes y no he entendido una sola línea.
Tengo claro que la culpa no es del informe.
La culpa tiene ojos verdes y ocupa una habitación al final del pasillo de esta misma casa.
Cuando entro en la cocina encuentro a Lilly allí, apoyada junto a la encimera con una taza entre las manos. Lleva ropa cómoda, el pelo recogido en una coleta y parece tan sorprendida como yo.
—Pensaba que dormías.
—Yo pensaba lo mismo de ti —me responde dando un sorbo a su taza, que descubro que es una infusión por el olor.
—Ha sido un día complicado.
—Eso es una forma elegante de describirlo.
La distancia entre nosotros no es grande, aunque la cocina tampoco ayuda, porque es un espacio pequeño y demasiado íntimo para mi tranquilidad mental.
—¿No puedes dormir? —le pregunto antes de que pueda callarme.
—Estoy viviendo en el Rancho Steele, casada contigo y atrapada aquí seis meses.
—Pues sí…
—¿Y tú?
—Más o menos lo mismo.
Ambos nos reímos a la vez y Lilly deja la taza sobre la encimera mientras que yo he acabado de servirme el café de la mía.
Nos movemos al mismo tiempo y chocamos el uno con el otro.
Mi mano acaba sobre su cintura para evitar que pierda el equilibrio y la suya apoyada en mi pecho.
La proximidad es inmediata y abrumadora.
Conozco el color exacto de sus ojos, el perfume que utiliza, la pequeña peca junto a su mandíbula y de pronto recuerdo el beso, la tarde junto al río, el desastre… Todo.
—Mason —susurra y tengo la sensación de que mi nombre suena distinto cuando lo pronuncia así.
—¿Sí?
—Creo que estamos rompiendo una de las reglas.
—Probablemente.
Sin embargo, no nos movemos, al menos, inmediatamente, porque durante unos segundos resulta difícil recordar por qué deberíamos hacerlo.
De repente se escucha el ruido de una puerta cerrándose en el pasillo y unos pasos que se acercan y los dos reaccionamos al mismo tiempo.
Nos separamos muy rápido. Cole entra en la cocina un segundo después, observa la escena y sonríe.
—Buenas noches —nos dice con una sonrisa cargada de intención.
—Cole —le respondo yo a modo de saludo.
—Qué casualidad encontraros aquí.
—He venido a buscar un café.
—Yo también.
—Perfecto —asiento con la cabeza.
Cole tarda exactamente medio segundo en comprender que acaba de interrumpir algo y, como no podía ser de otra forma, disfruta de cada instante. Abre la nevera con parsimonia para añadir un poco de leche a su café.
—No dejéis que siga interrumpiendo vuestra fascinante conversación matrimonial —dice cuando se ha preparado el café.
—Fuera —me río.
—Qué agresividad —responde antes de dar un sorbo a su taza.
—Cole.
—Ya me voy —dice y desaparece de la cocina todavía sonriendo.
Lilly se pasa una mano por el pelo y yo por la nuca, aunque ninguno parece encontrar nada inteligente que decir. Lo cual quizá sea la prueba más clara de que tenemos un problema.
Más tarde, ya en mi habitación, intento concentrarme en los informes pendientes, pero fracaso.
Vuelvo a intentarlo, pero fallo otra vez.
Resoplo y apoyo la cabeza contra el respaldo de la silla y miro por la ventana.
Las luces del Rancho Steele brillan a lo lejos, mientras en una habitación del ala oeste de esta misma casa está Lilly.
Resoplo de nuevo, porque hace apenas unos días la idea de convivir con ella seis meses me parecía una condena.
Ahora, en cambio, el problema es otro, porque sigo sin querer este matrimonio, ni esta situación, ni ninguna de las complicaciones que han llegado con ella.
Pero hay algo que ya no puedo negar: la convivencia está cambiando cosas y lo más inquietante de todo es que empieza a parecerse menos a una obligación y más a algo que ya no tengo tanta prisa porque acabe.